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Campos Marchitos (Novela) – Capítulo 258

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Capítulo 258
A la mañana siguiente, cuando Teuran entró en la habitación con la bandeja del desayuno y el frasco habitual de analgésico, Talia ya estaba sentada en el borde de la cama, vestida y con el cabello peinado.

Kan permanecía a su lado, sentado con postura erguida y alerta, como si supiera que aquel momento marcaría un antes y un después.

Teuran se detuvo en seco al verla. La diferencia era sutil pero innegable: ya no había esa mirada vidriosa y distante de los últimos meses, ni la tensión defensiva que siempre precedía a sus arrebatos. Sus ojos estaban claros, serenos, y sostenían la mirada de la sanadora sin evasivas ni hostilidad.

«Su Alteza…», comenzó Teuran con cautela, dejando la bandeja sobre la mesa. «He traído su medicina».

Talia negó con la cabeza suavemente.

«No la necesito hoy, Teuran».

La mujer parpadeó, sorprendida, y miró instintivamente hacia Kan, buscando confirmación en su postura. El lobo no mostró señales de alarma; simplemente mantuvo su posición tranquila junto a ella.

«Pero Su Alteza, el dolor…», insistió Teuran con voz temblorosa.

«El dolor estará ahí», respondió Talia con calma. «Pero ya no lo usaré para silenciar lo que necesito escuchar».

Hizo una pausa, respirando hondo antes de continuar con voz firme pero amable:

«Quiero reducir la dosis gradualmente. Bajo tu supervisión, por supuesto. Pero necesito dejar de depender del analgésico original. Mi cuerpo y mi mente necesitan recordar cómo existir sin él».

Teuran bajó la vista hacia el frasco en sus manos, y por un momento, Barkas vio en su rostro una mezcla de alivio profundo y temor genuino. Sabía que el camino sería difícil, que habría días de sufrimiento intenso, pero también reconoció en las palabras de Talia algo que llevaba mucho tiempo ausente: agencia.

Finalmente, la sanadora asintió lentamente y guardó el frasco en su bolsillo.

«Como usted ordene, Su Alteza. Prepararé tónicos de soporte y remedios suaves para manejar los síntomas de abstinencia. No estará sola en esto».

Talia sonrió, y fue una sonrisa auténtica, pequeña pero real.

«Lo sé».

Desayunó con lentitud, saboreando cada bocado con una atención que no había mostrado en meses. Kan observaba cada movimiento, sintiendo cómo la energía de la habitación se transformaba: ya no era un espacio de supervivencia desesperada, sino un lugar donde la vida comenzaba a reclamar su territorio.

Cuando terminó, Talia se volvió hacia él y le acarició la cabeza.

«¿Me acompañas al jardín? Esta vez no busco nada fuera de mí. Solo quiero estar presente».

Él se levantó de inmediato y caminó a su lado, ajustando su paso al de ella. Ya no necesitaba sostenerla físicamente; ahora caminaban juntos como iguales, compartiendo el peso y la luz del nuevo día.

Salieron al jardín bajo un sol pálido pero constante. El aire seguía siendo fresco, pero ya no mordía; acariciaba.

Talia se detuvo bajo el mismo árbol de ayer, cerró los ojos y respiró profundamente. No buscaba visiones ni memorias perdidas. Simplemente sentía: la brisa en su piel, el latido de su propio corazón, la presencia cálida de Kan contra su pierna.

Y en esa quietud, Barkas comprendió que la verdadera flor no era la que brillaba en el bosque.

Era esta: la capacidad de estar aquí, ahora, entera y consciente, sin necesidad de escapar.

Permanecieron así durante largo rato, bañados por la luz tenue de la mañana, mientras el mundo seguía girando a su alrededor.

Porque la sanación no era un destino lejano.

Era este instante. Este respiro. Esta compañía inquebrantable.

Y eso, por fin, era suficiente.

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