Capítulo 256
El regreso a la habitación fue más difícil que la salida.
Cada paso que Talia daba sobre las tablas de madera del pasillo parecía drenar la poca energía que había logrado reunir bajo la luz del amanecer. Su respiración se volvió superficial y entrecortada, y sus piernas temblaban con una debilidad que ya no podía ocultar tras una fachada de serenidad.
Kan caminaba pegado a su costado, ajustando su ritmo al de ella, listo para sostenerla si flaqueaba. No ladró ni mostró señales de alarma; simplemente era una presencia sólida y silenciosa, un pilar contra el cual ella podía apoyarse cuando su propio cuerpo fallaba.
Al cruzar el umbral de su dormitorio, Talia se detuvo y cerró los ojos, sintiendo cómo el aire viciado de la habitación cerrada reemplazaba la frescura del jardín. Era como volver a entrar en una tumba después de haber probado brevemente la vida.
«Ayúdame… a la cama», susurró.
Teuran acudió de inmediato, pasando un brazo por su cintura y guiándola con cuidado hasta el lecho. Cuando Talia se recostó, un suspiro escapó de sus labios, mezcla de alivio físico y resignación espiritual.
La sanadora la cubrió con las mantas y luego se retiró a preparar el tónico prometido, dejándolos solos en la penumbra matutina.
Kan saltó suavemente sobre la cama y se acurrucó junto a ella, apoyando su cabeza cerca de su corazón. Podía escucharlo latir: lento, cansado, pero constante.
Talia hundió los dedos en su pelaje y murmuró con voz apenas audible:
«Hoy ha sido… un buen día».
Él levantó la vista hacia ella, y en sus ojos azules no había juicio ni lástima, solo una aceptación profunda y absoluta. Sabía que "bueno" no significaba libre de dolor, sino libre de desesperanza. Y eso, en su mundo fracturado, era un milagro.
Permanecieron así durante un largo rato, en un silencio que no necesitaba palabras. El peso de su cuerpo contra el suyo era un recordatorio tangible de que no estaba sola, de que su existencia importaba más allá de su capacidad para funcionar o sonreír.
Pero entonces, Talia frunció el ceño ligeramente. Sus dedos se tensaron en su pelaje y su respiración cambió de ritmo.
«Kan…», dijo con tono inquieto. «Siento… algo otra vez».
Él se irguió de inmediato, alerta. No era el mismo tirón dulce del bosque. Esta sensación era diferente: fría, distante, como un eco lejano que resonaba en lo profundo de sus huesos.
Sus ojos se dirigieron hacia la ventana, ahora velada por la niebla creciente, y una sombra de confusión cruzó su rostro.
«No es la flor», murmuró. «Es… algo más antiguo».
Barkas sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Recordó la advertencia instintiva que había sentido en el claro, la certeza de que aquella belleza escondía verdades peligrosas. Pero esto era distinto. Esto no venía de afuera.
Venía de dentro de ella.
Talia giró la cabeza hacia él, y en su mirada había una mezcla de miedo y reconocimiento.
«Creo… que mi cuerpo está recordando algo que mi mente olvidó», dijo con voz temblorosa. «Algo que ocurrió antes de la enfermedad. Antes de todo esto».
Kan presionó su frente contra la suya, transmitiéndole calor y estabilidad. No podía entender las palabras, pero sentía la vibración de su angustia, la corriente subterránea de una memoria dormida que comenzaba a despertar.
Y supo, con la certeza que solo poseen aquellos que aman sin condiciones, que ese despertar sería tan doloroso como necesario.
Porque la sanación verdadera no consistía en olvidar el sufrimiento, sino en integrar todas las partes rotas, incluso aquellas que habían sido enterradas bajo capas de veneno y silencio.
Talia cerró los ojos y respiró hondo, aferrándose a su presencia como a un ancla en medio de una marea desconocida.
«Quédate conmigo», pidió en un hilo de voz. «Pase lo que pase… no me sueltes».
Él respondió con un gemido suave y hundió aún más su cabeza contra ella, jurando en el lenguaje mudo de su especie que nunca, jamás, la dejaría caer.
Y mientras la niebla exterior se espesaba contra los cristales, ambos permanecieron unidos en la penumbra, enfrentando juntos el misterio que habitaba en la carne y en la memoria de ella.
Porque algunos caminos hacia la luz solo pueden recorrerse en compañía.

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