Capítulo 254
Marisin frunció el ceño con una expresión compleja ante la súplica desesperada de Talia, pero finalmente asintió con pesadez.
«…Entendido. Prepararé el medicamento de inmediato».
La sanadora salió de la habitación con pasos apresurados, y Talia se dejó caer sobre la cama, jadeando mientras el dolor volvía a arremeter contra su cuerpo con ferocidad renovada.
Kan se acercó a ella y apoyó su cabeza contra su costado, emitiendo un gemido bajo lleno de angustia. Ella acarició su pelaje con dedos temblorosos, intentando transmitirle calma aunque ella misma estuviera al borde del colapso.
«No pasa nada, Kan… Estoy bien», murmuró, aunque su voz sonaba hueca incluso para sus propios oídos.
Él sabía que mentía. Podía sentir cómo su corazón latía desbocado, cómo su piel ardía bajo el tacto, cómo cada respiración era una batalla silenciosa contra la agonía. Pero no podía hacer nada más que estar allí, ser su ancla en medio de la tormenta.
Poco después, Marisin regresó con una taza humeante. El líquido oscuro desprendía un olor amargo y penetrante que hizo que Barkas retrocediera instintivamente.
Talia tomó la taza con ambas manos y bebió sin dudarlo, cerrando los ojos con fuerza mientras tragaba.
Casi de inmediato, su cuerpo se relajó. Los músculos tensos se aflojaron, su respiración se volvió más pausada, y una expresión de alivio reemplazó al sufrimiento en su rostro.
Pero Barkas notó algo más: sus pupilas se dilataron ligeramente, y su mirada perdió ese brillo agudo que siempre la caracterizaba, volviéndose vidriosa y distante.
Ella sonrió débilmente y extendió la mano hacia él.
«Ven aquí, Kan».
Él obedeció, acercándose con cautela. Ella lo abrazó con fuerza, hundiendo su rostro en su pelaje.
«Gracias por quedarte conmigo», susurró contra su cuello. «Sin ti… no sé qué haría».
Barkas cerró los ojos, sintiendo la humedad de sus lágrimas empapar su pelaje. Sabía que esas palabras nacían de la gratitud genuina, pero también de la dependencia forjada por el veneno que corría por sus venas.
Y eso le dolía más que cualquier herida física.
* * *
Las horas siguientes transcurrieron en una calma artificial.
Talia permaneció recostada, con Kan a su lado, hablando en voz baja sobre recuerdos del pasado, sobre días más felices antes de que la enfermedad y los medicamentos consumieran su vida.
Sus palabras eran dulces, nostálgicas, pero había una cualidad etérea en ellas, como si estuviera narrando la historia de otra persona.
Barkas escuchaba en silencio, memorizando cada palabra, cada sonrisa, cada gesto, sabiendo que esos momentos de lucidez eran prestados, efímeros como el rocío matinal.
En algún momento, Talia comenzó a divagar. Sus frases perdieron coherencia, sus ojos se entrecerraron, y su voz se convirtió en un murmullo ininteligible.
El medicamento estaba haciendo efecto, sumergiéndola en un sueño profundo y antinatural.
Barkas se quedó velando su descanso, observando cómo su pecho subía y bajaba con ritmo lento pero irregular.
Teuran entró en la habitación en silencio, llevando consigo una manta adicional. Cubrió a Talia con delicadeza y luego se dirigió a Barkas, acariciando suavemente su cabeza.
«Descansa tú también», susurró la mujer. «Yo vigilaré esta noche».
Él negó con la cabeza, negándose a apartar la vista de Talia ni por un instante.
Teuran suspiró con tristeza, comprendiendo su determinación, y se retiró a un rincón de la habitación para montar guardia desde la distancia.
La noche avanzó lentamente, envuelta en silencio y sombras.
Barkas permaneció inmóvil junto a la cama, sus sentidos alerta a cada cambio en la respiración de Talia, a cada movimiento involuntario de su cuerpo.
Y mientras la luna ascendía en el cielo exterior, él hizo un juramento silencioso en la oscuridad:
No importaba cuánto tiempo tomara, no importaba cuántas veces tuviera que verla sufrir, nunca dejaría de buscar una manera de liberarla de esa prisión de dolor y dependencia.
Aunque eso significara enfrentar verdades que ninguno de los dos estaba listo para aceptar.

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