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Campos Marchitos (Novela) – Capítulo 250

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Capítulo 250

El aire en el jardín se volvió repentinamente pesado.

Talya se detuvo en seco, su mano aferrando con fuerza el borde de su vestido. Sus ojos, antes serenos, ahora escaneaban los alrededores con una mezcla de ansiedad y confusión.

—Kan… ¿sientes eso? —susurró, aunque sabía que él no podía responder con palabras.

Él sí lo sentía.

Sus orejas se erguieron inmediatamente, captando sonidos que el oído humano apenas podría registrar. El crujido de ramas rotas a lo lejos, el susurro del viento cambiando de dirección, y algo más… un ritmo constante, pesado, como de botas marchando sobre la tierra húmeda.

No eran los guardias del ducado. Su paso era diferente: más agresivo, menos disciplinado.

*'Intrusos.'*

La palabra resonó en su mente con claridad aterradora.

Miró a Talya. Ella parecía estar a punto de llamar a los sirvientes, pero él sabía que si gritaba ahora, podría alertar a los intrusos de su posición exacta. O peor aún, podrían usarla como rehén si descubrían que estaba sola en esta parte del jardín.

Sin pensarlo dos veces, se interpuso entre ella y la dirección de donde provenían los sonidos.

Un gruñido bajo y amenazante salió de su garganta, un sonido que no pretendía hacer, pero que su cuerpo produjo instintivamente.

Talya parpadeó, sorprendida por su comportamiento inusual.

—¿Kan? ¿Qué sucede?

Él no dejó de mirar hacia los arbustos densos que bordeaban el muro exterior del jardín. Su cuerpo estaba tenso, listo para saltar o atacar si era necesario. Aunque era pequeño, su presencia irradiaba una advertencia clara.

De repente, una rama se quebró con fuerza.

Talya dio un paso atrás, llevándose una mano a la boca para sofocar un grito.

De entre las sombras de los árboles, emergió una figura encapuchada. No llevaba el uniforme de los guardias ducales, sino ropas oscuras y desgastadas, típicas de mercenarios o ladrones.

La figura se detuvo al verlos, y por un segundo, hubo silencio.

Luego, el intruso sonrió, una expresión cruel que heló la sangre de Kan.

—Vaya, vaya. Parece que hemos tenido suerte. La esposa del Gran Duque, sola y desprotegida.

Talya palideció, pero mantuvo la compostura tanto como pudo.

—¿Quiénes son ustedes? ¿Cómo se atreven a entrar en los terrenos del Ducado de Azora?

El hombre ignoró su pregunta y dio un paso adelante, sacando una daga corta de su cinturón.

—No necesitamos presentaciones, Milady. Solo necesitamos que venga con nosotros tranquilamente. Si coopera, nadie saldrá lastimado.

Kan sintió cómo la rabia hervía en su interior.

*'¡Nadie tocará a Talya!'*

Su instinto animal tomó el control total. Sin esperar a que el hombre se acercara más, Kan se lanzó hacia adelante con una velocidad que sorprendió incluso a sus propios sentidos humanos atrapados en este cuerpo.

El mercenario apenas tuvo tiempo de reaccionar. Kan mordió con fuerza la muñeca que sostenía la daga.

—¡Agh! ¡Maldita bestia!

El hombre gritó de dolor y soltó el arma, que cayó al suelo con un ruido metálico. Kan no se detuvo allí. Giró sobre sus patas traseras y lanzó un zarpazo a las piernas del hombre, haciéndolo perder el equilibrio y caer de rodillas.

Talya observaba la escena con los ojos muy abiertos, paralizada por el shock. Nunca había visto a Kan actuar con tal ferocidad.

—¡Kan! —exclamó ella, encontrando finalmente su voz.

El mercenario, ahora enfurecido y sangrando, intentó levantarse para atacar al lobo con su otra mano libre. Pero Kan ya estaba preparado. Saltó hacia su pecho, usando todo su peso para derribarlo completamente.

En ese momento, se escucharon voces de alarma desde la entrada principal del jardín.

—¡Milady! ¡Estamos aquí!

Los guardias ducales, alertados por el ruido de la lucha, corrían hacia ellos con espadas desenvainadas.

Al ver llegar el refuerzo, el mercenario maldijo entre dientes. Sabía que no podía vencer a los guardias entrenados, especialmente con una herida en la muñeca y un lobo furioso encima de él.

Con un esfuerzo desesperado, empujó a Kan hacia un lado y se puso de pie tambaleándose.

—Esto no ha terminado —gruñó, mirando a Talya con odio—. El Gran Duque pagará caro por esto.

Antes de que los guardias pudieran rodearlo, el hombre arrojó una pequeña bomba de humo al suelo.

Una nube densa de humo gris explotó, cubriendo el área inmediata.

—¡Cuidado! —gritó el capitán de la guardia, deteniendo a sus hombres para no entrar ciegamente en la nube tóxica.

Cuando el humo se disipó unos segundos después, el mercenario había desaparecido. Solo quedaban las huellas de sus botas en el barro y la daga que Kan había hecho caer.

Talya temblaba visiblemente, abrazándose a sí misma para contener el miedo.

Kan se acercó a ella lentamente, bajando la cabeza en señal de disculpa por haberla asustado, aunque también con orgullo por haberla protegido.

Ella se arrodilló frente a él, ignorando la suciedad en su vestido, y lo abrazó con fuerza.

—Gracias, Kan… Gracias a los cielos que estabas aquí.

Sus lágrimas mojaron el pelaje gris de su cuello, pero él no se movió. Simplemente permaneció quieto, ofreciendo su calor y su presencia como un escudo contra el mundo exterior.

El capitán de la guardia se acercó con cautela, inclinándose respetuosamente.

—Milady, ¿se encuentra bien? ¿Ha sido herida?

Talya negó con la cabeza, aunque su voz aún temblaba.

—Estoy bien. Gracias a Kan. Él… él me protegió.

El capitán miró al lobo con nueva admiración y respeto.

—Esta bestia tiene un espíritu noble. Informaré al Gran Duque de inmediato. Aseguraremos el perímetro y rastrearemos a esos intrusos.

Mientras los guardias comenzaban a organizar la búsqueda, Talya se puso de pie, sosteniéndose ligeramente en el brazo de Kan para mantener el equilibrio.

Sus ojos estaban fijos en la daga abandonada en el suelo.

Kan siguió su mirada. En el mango de la daga, apenas visible bajo la luz del sol, había un símbolo grabado: una serpiente enrollada alrededor de una espada rota.

Su corazón se detuvo por un instante.

Reconocía ese símbolo.

Era la marca de la "Sombra Negra", una organización de asesinos y mercenarios que operaba en las sombras del reino. En su vida anterior, habían sido los responsables de muchos de los conflictos que desestabilizaron el ducado, incluidos los atentados contra la vida de Talya.

*'Así que ya han comenzado…'*, pensó Kan con frialdad.

Si la Sombra Negra ya estaba actuando, significaba que los eventos que conducían a la tragedia estaban avanzando más rápido de lo que recordaba.

No tenía tiempo que perder.

Talya lo miró, notando su tensión.

—Kan, ¿qué ocurre? Pareces… preocupado.

Él levantó la vista hacia ella, sus ojos amarillos brillando con una determinación feroz.

No podía hablar, pero le prometió en silencio que descubriría quién estaba detrás de este ataque y lo detendría, sin importar el costo.

Porque esta vez, él conocía al enemigo. Y el enemigo no sabía que el lobo que tenían delante era mucho más que una simple bestia.

Era su guardián, su protector, y su venganza viviente.

—Vamos adentro, Kan —dijo Talya suavemente, acariciando su cabeza—. Necesitamos descansar. Hoy ha sido un día demasiado largo.

Él asintió levemente y la siguió de vuelta hacia la mansión, su mente ya trabajando en un plan.

La batalla por el futuro de Talya había comenzado oficialmente.

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