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AUNQUE ESTA NOCHE EL MUNDO OLVIDE NUESTRO AMOR
오늘 밤, 세계에서 이 사랑이 사라진다 해도
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CAPÍTULO 8
El secreto de las dos baldosas y el café frío
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El sol de la tarde se filtraba entre los cables de alta tensión y los tejados bajos de las casas
residenciales de Mapo, proyectando una cuadrícula de líneas anaranjadas sobre la acera
gris. Hacía viento, una brisa constante que arrastraba el olor metálico de las vías del tren
subterráneo cercano y el aroma dulce de las pastelerías que abrían sus puertas para el
turno nocturno.
Kim Jae Won caminaba despacio, con las manos profundamente metidas en los bolsillos de
su chaqueta del uniforme. A su lado, Han Seo Yun mantenía una marcha paralela exacta.
Desde que habían salido del taller de artes plásticas, una distancia física muy precisa
—equivalente a dos baldosas de hormigón— se había mantenido de manera ininterrumpida
entre sus cuerpos. Ninguno de los dos acortaba el espacio, pero tampoco permitían que se
ampliara. Era un acuerdo mudo, una línea de seguridad invisible que protegía la frágil
realidad en la que ambos coexistían.
—Tu diario de hoy… —comenzó Jae Won, quebrando el silencio sin desviar la mirada del
camino peatonal frente a él—. ¿Tenía una descripción detallada sobre cómo debías
tratarme, o tuviste que improvisar basándote en la caligrafía?
Seo Yun acomodó la correa de su bolso sobre el hombro izquierdo con un movimiento
pausado. Sus ojos claros registraron el paso de un automóvil negro antes de responder.
—Las notas de ayer eran precisas en cuanto a los hechos objetivos —dijo ella, con esa voz
baja y contenida que parecía no querer gastar más aire del necesario—. Decían que sabías
lo de mi memoria y que compartías una limitación similar debido a tu corazón. Pero no
explicaban la perspectiva. Al despertar esta mañana, eras solo un párrafo escrito en tinta
azul. Tuve que pasar toda la tarde en el aula de dibujo observando la forma de tus hombros
para entender por qué la Seo Yun de ayer había decidido confiar en ti.
Jae Won asintió sutilmente. Sintió un latido pesado y torpe en el centro del pecho, esa
advertencia biológica que su médico llamaba recordatorio de esfuerzo. Disminuyó el paso
un milímetro, y Seo Yun, con una sincronización matemática que denotaba lo mucho que se
fijaba en sus movimientos, redujo el suyo de inmediato, manteniendo la distancia de las dos
baldosas intacta.
Se detuvieron frente a una pequeña máquina expendedora de bebidas empotrada en la
pared de un callejón estrecho. Las luces de los botones parpadeaban con un zumbido
eléctrico de baja frecuencia. Jae Won sacó unas monedas de su bolsillo, las introdujo en la
ranura con dedos fríos y presionó dos veces el botón del café en lata precocinado.
Las latas metálicas cayeron con un estrépito sordo en el depósito inferior. Tomó ambas, le
entregó una a ella sosteniéndola por el extremo superior para evitar el contacto físico
directo, y abrió la suya. Para cuando se sentaron en el borde de una jardinera de hormigón
que contenía un arbusto seco, el líquido ya se había entibiado, perdiendo el calor artificial
de la máquina.
Seo Yun sostuvo la lata entre sus dos manos, frotando las palmas contra el metal frío. No
bebió de inmediato. Se limitó a mirar el reflejo distorsionado de los carteles comerciales en
la superficie pulida del aluminio.
—El café frío tiene un sabor plano —comentó ella en un susurro, dando un pequeño sorbo
que apenas humedeció sus labios—. Pero es el único sabor que puedo registrar con
claridad en este momento. Mi mente borra los rostros, las conversaciones y los lugares,
pero el paladar parece retener las sensaciones físicas un poco más de tiempo durante el
día. Si cierro los ojos ahora mismo, todavía puedo percibir un rastro del helado de vainilla
del otro día, aunque no recuerde el nombre del local ni la ropa que llevaba puesta.
Jae Won bebió de su lata, sintiendo el líquido amargo descender por su garganta. Miró el
perfil de Seo Yun: la simetría exacta de su cabello negro, la fijeza de sus pupilas y la rigidez
sutil de sus dedos alrededor del metal.
[ Es una paradoja cruel. Ella intenta retener el mundo a través de los sentidos porque sabe
que los datos del papel son fríos y carecen de vida. Yo, en cambio, intento no sentir
demasiado para que mi corazón no se agite y me arrebate el poco tiempo que me queda
hacia adelante. Ella busca el calor en las cosas efímeras; yo busco la quietud en las cosas
permanentes. ]
—Entonces, recordar no es solo una cuestión de datos escritos —concluyó Jae Won,
dejando la lata vacía a un lado sobre el hormigón—. Es una cuestión de residuos. Si
dejamos suficientes marcas físicas en nuestro camino, la Seo Yun de mañana tendrá un
mapa más claro para caminar, incluso si el diario se pierde.
Seo Yun levantó la vista, mirándolo con una fijeza que pareció romper la distancia de
seguridad por un instante. Una sonrisa diminuta, casi invisible en los márgenes de sus
labios, apareció antes de que volviera a ocultar su rostro tras la lata de café.
── Dos baldosas de distancia son suficientes para proteger un secreto, pero demasiado
espacio para retener el calor de un café que se enfría bajo el viento de la tarde.
── Continúa en el Capítulo 9: La llamada de las siete y el peso de las notas

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