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AUNQUE ESTA NOCHE EL MUNDO OLVIDE NUESTRO AMOR
오늘 밤, 세계에서 이 사랑이 사라진다 해도
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CAPÍTULO 24
El cuaderno verde oliva y el nuevo inventario de los días
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La luz de la primera mañana de agosto entró en la habitación con un brillo blanco y cegador
que atravesó las rendijas de la persiana americana, proyectando franjas paralelas sobre el
suelo de madera clara. Han Seo Yun abrió los ojos lentamente, experimentando la conocida
y flotante sensación de vacío en el estómago. Miró el techo liso, un lienzo en blanco que no
le devolvía ninguna pista sobre su propia identidad.
Giró la cabeza hacia la mesita de noche de manera mecánica. El teléfono móvil estaba en
su sitio, pero al lado no se encontraba el familiar cuaderno azul de tapas gastadas. En su
lugar, un tomo de cubiertas verde oliva y olor a papel fresco reposaba sobre la madera.
Se incorporó en la cama, sintiendo un leve escalofrío al rozar el suelo descalza. Tomó el
cuaderno verde con dedos ligeramente temblorosos. Al abrir la primera página, escrita con
letras grandes, firmes y subrayadas en tinta roja por su propia caligrafía de la noche
anterior, leyó la instrucción de traspaso: "Sufres amnesia anterógrada. Tu diario anterior
está completo y escondido en el cajón inferior del armario, debajo de las mantas de
invierno. Este es tu nuevo registro. Lee las páginas de transferencia antes de vestirte".
Seo Yun pasó la hoja, encontrando un resumen detallado que sintetizaba semanas enteras
de existencia artificial. Los nombres de sus padres, las rutinas del instituto, el papel de Ji
Min como memoria externa y, finalmente, un bloque extenso dedicado a un solo nombre:
Kim Jae Won.
"Kim Jae Won es tu novio simulado debido a una apuesta escolar de mayo. Su corazón
sufre de una insuficiencia hereditaria seria; su andar es lento y su rostro suele estar pálido.
Cumple tres condiciones estrictas con él: comunicación mínima, pasar por extraños en el
instituto y no enamorarte bajo ninguna circunstancia. Confía en él. Hoy debes encontrarte
con él a las cuatro de la tarde en la heladería de Mapo. Usa zapatos cómodos".
Seo Yun cerró el cuaderno verde oliva y se llevó una mano fría a la frente, apretando las
sienes con fuerza. Intentó buscar el contorno del rostro de ese chico, Jae Won, o el sabor
del helado de vainilla en su memoria biológica. No había nada. Solo una neblina espesa,
silenciosa y compacta que borraba cualquier rastro del mes de julio.
[ Soy una extraña que acaba de heredar un cuaderno verde y un novio de salud frágil. La
chica de anoche insiste en que debo confiar en él, en que su quietud es real y que defiende
mi presente. Tengo que creer en la tinta roja de este papel nuevo para no desmoronarme
antes del almuerzo. ]
Se vistió con una blusa ligera de verano y una falda plisada de color gris, asegurándose de
meter el cuaderno verde en el bolso junto a los bolígrafos de gel azul. Al bajar al comedor,
su madre la observó desde la cocina con una mirada inquisitiva que Seo Yun logró sortear
manteniendo la fachada plana y regular que sus notas le exigían adoptar frente a la familia.
A las tres y cincuenta y cinco de la tarde, Seo Yun empujó la puerta de vidrio de la heladería
de Mapo. El zumbido ruidoso del aire acondicionado la recibió de inmediato, junto al aroma
dulce de los jarabes artificiales. Caminó hacia la mesa de la esquina más alejada, la que
daba al gran ventanal de la avenida.
Kim Jae Won ya estaba allí. Vestía una camisa de lino azul pálido que hacía que su piel se
viera aún más translúcida bajo las luces fluorescentes del local. Sostenía una cuchara de
plástico entre los dedos, observando un envase de cartón que contenía helado de vainilla
medio derretido.
Seo Yun se detuvo frente a la mesa, manteniendo la distancia reglamentaria de las dos
baldosas. Lo miró fija, analítica y tridimensionalmente durante tres segundos exactos, el
tiempo que su cerebro necesitaba para encajar el párrafo del cuaderno verde oliva con la
persona física que levantaba la vista para recibirla con una sonrisa sutil y contenida.
── Las cubiertas cambian de color pero las reglas permanecen escritas con la misma tinta,
obligando a la mente a reescribir el inventario de los días sobre un papel que aún huele a
estreno.
── Continúa en el Capítulo 25: El banco de madera y el ritmo de la respiración corta

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