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AUNQUE ESTA NOCHE EL MUNDO OLVIDE NUESTRO AMOR
오늘 밤, 세계에서 이 사랑이 사라진다 해도
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CAPÍTULO 2
Las tres condiciones y el sabor a vainilla
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El aula de música del quinto piso permanecía sumida en una penumbra grisácea cuando las
últimas actividades del club de orquesta terminaron. Era un espacio amplio, de techos altos,
cuyas paredes estaban cubiertas por paneles acústicos de corcho gastado que
amortiguaban cualquier sonido del exterior. Por lo general, la pesada llave de bronce solía
quedar puesta en la ranura exterior de la cerradura para que los alumnos rezagados
pudieran practicar de noche, pero esa tarde el pasillo adyacente estaba completamente
desierto. El único rastro de vida era el eco sutil de los pasos de Han Seo Yun, que resonaba
de manera limpia contra el suelo de parqué antes de que ella decidiera sentarse en la
banqueta de madera de un viejo piano vertical.
No levantó la tapa del teclado. Tampoco intentó presionar ninguna tecla. Solo deslizó las
yemas de sus dedos sobre la superficie pulida y fría de la madera, como si estuviera
midiendo la textura del objeto, buscando una estabilidad que su propia mente parecía
negarle a esas horas de la tarde.
Kim Jae Won entró poco después. Empujó la puerta con lentitud, asegurándose de volver a
encajar el pestillo con un clic imperceptible para no llamar la atención de los conserjes que
ya recorrían los pisos inferiores. El esfuerzo físico de subir las escaleras del bloque central a
un paso más rápido de lo habitual le había pasado factura de inmediato: sentía una
opresión familiar y molesta en el centro del pecho, un tirón sordo que le exigía detenerse de
inmediato. Apoyó la espalda contra la puerta cerrada, entrelazando las manos por delante y
esperando pacientemente a que su ritmo cardíaco regresara a un compás manejable. Su
respiración, entrecortada por un instante, fue el único sonido que alteró el silencio del aula.
Seo Yun levantó la vista lentamente al notar su presencia. Sus ojos oscuros lo examinaron
sin prisa, carentes de la hostilidad defensiva que la mayoría de los estudiantes mostraba
ante los extraños, pero también desprovistos de la calidez o la timidez que lógicamente se
esperaría de una chica que acababa de aceptar una confesión amorosa hacía apenas unas
horas.
—Si realmente vamos a llevar esto adelante, necesitamos establecer algunos límites claros
desde el principio —dijo ella, sacando un bolígrafo de gel azul y un cuaderno pequeño de
tapas de cuero de su bolso escolar. Su tono de voz era plano, regular, desprovisto de
modulaciones, casi como si estuviera dando lectura a las cláusulas de un contrato comercial
o un inventario escolar.
Jae Won se separó de la puerta y caminó unos pasos, cruzándose de brazos mientras se
apoyaba en el borde de la mesa metálica del profesor, justo a un lado de los estantes de
partituras.
—Te escucho —respondió él, asintiendo levemente con la cabeza.
—La primera regla —comenzó Seo Yun, levantando un dedo índice y clavando su mirada
directamente en el rostro de él— es la comunicación mínima. No quiero mensajes de texto
largos por la noche, ni llamadas telefónicas para saber cómo estuvo mi día o qué estoy
haciendo. Si hay algo verdaderamente importante que debamos coordinar, me lo dices en
persona al salir de las clases, justo aquí. Nada de redes sociales.
Jae Won procesó la demanda en silencio. Para alguien que rara vez utilizaba su teléfono
móvil para interactuar con otras personas y que pasaba los fines de semana en absoluto
aislamiento, aquella condición no representaba ningún sacrificio real. Era, de hecho, un
alivio.
—Entendido —dijo de manera simple.
—La segunda regla —continuó ella, anotando una palabra rápida en el margen del
cuaderno— es que dentro del perímetro del instituto somos completos extraños. No me
busques durante los descansos en el patio, no camines a mi lado en los pasillos de las
aulas y ni siquiera me saludes si nos cruzamos de frente en la entrada. Nadie más en la
escuela debe notar que existe una relación entre nosotros.
Jae Won arqueó una ceja sutilmente, pero no objetó. Comprendía el deseo de mantener el
perfil bajo; después de todo, él mismo odiaba ser el centro de atención o el blanco de los
rumores del salón.
—Me parece bien. ¿Y cuál es la tercera?
Seo Yun detuvo el avance del bolígrafo. Guardó la punta con un clic seco que pareció vibrar
con fuerza en el aula vacía. El silencio entre los dos se volvió denso, casi tangible, roto
únicamente por el zumbido distante y monótono del sistema de ventilación del edificio.
—La tercera condición es la más importante de todas, Kim Jae Won. No debes enamorarte
de mí. Bajo ninguna circunstancia permitida. Tienes que mantener tus sentimientos
completamente al margen de esto.
Jae Won se quedó congelado un instante, mirándola fijamente para ver si había algún rastro
de ironía o vanidad en su rostro, pero la expresión de Seo Yun seguía siendo una máscara
perfecta de seriedad. Entonces, una pequeña risa involuntaria se le escapó del pecho, una
exhalación corta que carecía de verdadera alegría o diversión. Pensó de inmediato en los
frascos de medicamentos recetados que se acumulaban en el cajón inferior de su mesita de
noche, en las severas advertencias que el especialista del Hospital General de Seúl le
repetía en cada revisión trimestral, y en ese límite invisible pero implacable que pesaba
sobre su propia existencia. Enamorarse de alguien requería una inversión de futuro, la
construcción de expectativas y planes a largo plazo; elementos de los que él carecía por
completo.
—No tienes absolutamente nada de qué preocuparte —respondió él, sosteniendo la mirada
clara de la chica con absoluta honestidad—. Te aseguro que eso no va a pasar.
· · ·
La primera cita oficial ocurrió dos días después, por la tarde, en una pequeña heladería
ubicada a pocas calles de la concurrida estación de Mapo. Era un local pequeño, decorado
con azulejos blancos e impersonales y luces fluorescentes demasiado brillantes que
ahuyentaban cualquier intento de intimidad o calidez, el tipo de lugar que los estudiantes
elegían solo para pasar el rato de paso hacia las academias.
Se sentaron en la mesa de la esquina más alejada, justo al lado del ventanal de vidrio que
daba a la avenida principal, observando el flujo constante de peatones y vehículos. Cuando
el empleado del local se acercó con una pequeña libreta para tomar el pedido, ambos
hablaron casi al unísono, interrumpiéndose mutuamente.
—Un helado de vainilla, por favor —dijo Jae Won.
—Vainilla para mí también, en envase de cartón —añadió Seo Yun un segundo después.
Se miraron fijamente durante un breve instante, sutilmente sorprendidos por la coincidencia
tan trivial pero exacta. Cuando los envases llegaron a la mesa acompañados por dos
pequeñas cucharas de plástico blanco, el sabor dulce, denso y frío fue lo único que llenó el
espacio físico entre ellos durante los siguientes diez minutos. Ninguno de los dos hacía el
menor esfuerzo por romper el hielo de forma artificial o forzar una conversación
intrascendente sobre las clases o los profesores.
[ Es una sensación extraña. Con cualquier otra persona de la clase, un silencio tan
prolongado en una primera cita se sentiría insoportable, una presión social que me obligaría
a buscar palabras vacías. Con ella, en cambio, el silencio se siente como el único estado
natural posible. Como si el espacio no necesitara ser llenado con nada más. ]
Seo Yun observaba la cuchara entre sus dedos largos, moviéndola en círculos concéntricos
sobre la superficie del helado que ya comenzaba a derretirse por los bordes debido al calor
del ventanal.
—¿Por qué me pediste salir de la nada ese día en el pasillo? —preguntó ella de repente, sin
levantar la vista del envase, manteniendo su tono habitual de voz baja.
Jae Won desvió la mirada hacia el tráfico exterior, viendo cómo los reflejos de los autos se
distorsionaban en el cristal. Decirle la verdad sin filtros —que todo había sido el resultado
directo de una apuesta absurda y madurada en el almuerzo con Tae Hun— se sentía
innecesariamente tosco y grosero ahora que compartían la misma mesa y el mismo sabor
de helado.
—No suelo tener muchas razones elaboradas para hacer las cosas —respondió Jae Won
con una franqueza que rozaba la apatía—. Mi corazón no funciona del todo bien; tengo una
insuficiencia cardíaca hereditaria bastante seria. Los médicos del hospital dicen que mi
tiempo es limitado y que no debería estresarme haciendo planes para el mañana. Supongo
que ese día en particular solo me desperté con ganas de hacer algo completamente
diferente a mi rutina, algo que rompiera el ciclo. Eso es todo.
Esperaba ver en ella la reacción habitual del resto del mundo: una mirada llena de
compasión forzada, la incomodidad palpable de no saber qué decir ante la mención de la
muerte, o el inicio de una serie de preguntas médicas invasivas. Sin embargo, Han Seo Yun
solo detuvo el movimiento de su cuchara de plástico y levantó los ojos, mirándolo con una
seriedad profunda, analítica y extrañamente comprensiva.
—Ya veo —murmuró ella, apoyando suavemente la barbilla sobre el dorso de su mano
izquierda—. Supongo que entonces nos encontramos en una situación bastante similar, Kim
Jae Won. Yo tampoco tengo mucho futuro por delante.
Jae Won frunció el ceño sutilmente, intentando descifrar el significado exacto detrás de esa
frase tan lapidaria, pero el rostro de Seo Yun se cerró de inmediato, transformándose una
vez más en esa hermosa y distante máscara de piedra inaccesible que no permitía ninguna
lectura adicional.
── Compartir el sabor de la vainilla es fácil; lo difícil es admitir que ambos estamos
saboreando el final antes de tiempo.
── Continúa en el Capítulo 3: El reflejo en el papel y la memoria de Ji Min

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