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AUNQUE ESTA NOCHE EL MUNDO OLVIDE NUESTRO AMOR
오늘 밤, 세계에서 이 사랑이 사라진다 해도
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CAPÍTULO 18
El mirador de Namsan y el dilema de la perspectiva
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El mirador secundario de las colinas de Namsan permanecía semi desierto a las cinco de la
tarde. A esa altura, el viento soplaba con una frescura que no existía en las congestionadas
calles del centro de Seúl, agitando las hojas verdes de los pinos y trayendo consigo el
aroma limpio de la tierra húmeda de los senderos forestales. Desde la barandilla de
hormigón, la ciudad se extendía como un inmenso mar de bloques de apartamentos grises y
torres de cristal que parpadeaban bajo la luz oblicua y madura del sol de julio.
Kim Jae Won y Han Seo Yun compartían el banco de madera más alejado de la plataforma
central, manteniendo el espacio exacto de las dos baldosas de separación. Habían subido
por el camino lento, deteniéndose cada cien metros para que la respiración de Jae Won no
se descompasara debido a la pendiente del terreno.
Seo Yun sostenía su pequeño cuaderno azul abierto sobre las rodillas, con un bolígrafo de
gel apoyado en el margen de la página correspondiente al día de hoy. No miraba el
panorama general de la ciudad; sus ojos fijos estaban concentrados en la línea del
horizonte donde el río Han cortaba el distrito de Mapo en dos mitades perfectas.
—La perspectiva desde aquí arriba es engañosa —comentó ella en voz baja, trazando una
línea recta imaginaria en el aire con la punta del bolígrafo—. En las notas de esta mañana
leí que nuestra heladería está ubicada a pocas calles de la estación central, pero desde
este punto, todo el distrito parece un bloque homogéneo de cemento donde es imposible
distinguir un local de azulejos blancos. Si la Seo Yun de mañana lee que estuvimos en
Namsan, sabrá el nombre del mirador, pero no podrá recrear la sensación de este viento
que me golpea la cara.
Jae Won apoyó la espalda contra el respaldo de madera del banco, con las manos
entrelazadas sobre el regazo. Su rostro mostraba el cansancio del ascenso, pero sus ojos
permanecían tranquilos, fijos en la fijeza analítica de la chica.
—Ese es el dilema de la perspectiva, Seo Yun —respondió él de manera pausada, dejando
que el sonido del viento llenara los espacios entre sus frases—. Cuando estás abajo, en
medio del pasillo o de la calle, solo puedes ver lo que tienes a un metro de distancia; el dato
inmediato. Aquí arriba, en cambio, puedes ver el sistema completo, pero pierdes el detalle
del suelo. Tu diario funciona de la misma manera. Te da la estructura general de tu vida, el
mapa para no perderte, pero no puede retener el matiz exacto de la tarde.
Seo Yun cerró el cuaderno con un movimiento lento, guardándolo en su bolso antes de girar
la cabeza para observarlo de frente.
[ Al despertar hoy, este chico era solo un párrafo escrito en tinta azul que describía un plan
secreto para las vacaciones. Ahora, tras caminar a su lado por el sendero de los pinos y
escuchar el compás pausado de su respiración, entiendo por qué la Seo Yun de anoche
insistió tanto en subrayar su nombre en color rojo. Hay algo en su postura, una quietud que
no busca convencer a nadie, que me hace sentir que el vacío de la mañana no es tan
peligroso si él sigue estando al final del recorrido del mapa. ]
—¿Por qué insistes tanto en mantener este circuito de paseos, Jae Won? —preguntó ella
en un susurro, y por primera vez hubo una inflexión de curiosidad genuina en sus pupilas
claras—. Sabes que mañana por la mañana tendré que volver a aprender tu nombre desde
cero, y que todo este esfuerzo por subir la colina se convertirá en una página más de texto
escrito que archivaré en el armario.
Jae Won desvió la mirada hacia los edificios del distrito de Mapo, viendo cómo las primeras
luces de los carteles comerciales comenzaban a encenderse en la distancia crepuscular.
—No lo hago para que lo recuerdes mañana —confesó él con una sonrisa sutil, contenida y
melancólica—. Lo hago para que la Seo Yun de hoy tenga una buena tarde. Tu vida se
compone de fragmentos de catorce horas de luz, Seo Yun. Si logramos que esas catorce
horas estén llenas de viento fresco y paseos lentos, no importa que la medianoche borre el
registro de tu cerebro. Habrás tenido un día real, un día que valió la pena vivir, aunque la
chica de mañana tenga que heredar un lienzo en blanco.
Seo Yun no respondió. Se limitó a mirar sus propias manos sobre el uniforme de verano,
viendo cómo la luz dorada del crepúsculo se desvanecía lentamente en sus nudillos,
dejando solo una sombra alargada que unía sus siluetas en la madera del banco.
── La altura del mirador permite ver el mapa completo de la ciudad, pero el verdadero
secreto radica en los detalles pequeños que el olvido intentará borrar al caer el sol.
── Continúa en el Capítulo 19: El cuaderno lleno y la advertencia de la tinta roja

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