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AUNQUE ESTA NOCHE EL MUNDO OLVIDE NUESTRO AMOR
오늘 밤, 세계에서 이 사랑이 사라진다 해도
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CAPÍTULO 1
La apuesta del tercer piso
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El pasillo del tercer piso del Instituto Hansung siempre olía a tiza húmeda, a cera para pisos
barata y a la madera vieja y agrietada de los casilleros que habían albergado las
pertenencias de generaciones de estudiantes. A esa hora de la tarde, justo cuando las
clases del bloque vespertino terminaban y la mayoría de los alumnos corría hacia los clubes
o las academias complementarias, el sol de primavera entraba de costado por los
ventanales altos. El efecto era casi hipnótico: la luz partía el suelo de linóleo gastado en
franjas doradas y sombras largas, dándole al lugar un aspecto suspendido en el tiempo.
Kim Jae Won miraba las motas de polvo flotar perezosamente en uno de esos rayos de luz.
Tenía la espalda apoyada contra la pared de concreto pintado, justo al lado de la pesada
puerta de hierro de la escalera de incendios, donde la corriente de aire era un poco más
fresca y el bullicio se atenuaba. Su postura era la de alguien que intentaba pasar
desapercibido, una habilidad que había perfeccionado con los años.
—Si pierdes, vas y se lo dices ahora mismo —dijo Jeong Tae Hun, rompiendo la calma del
espacio al apoyar los dos brazos sobre el marco de la ventana de aluminio con una sonrisa
ruidosa y exagerada. —Sin vueltas, Jae Won. "Me gustas, sal conmigo". Así de simple, tal
como lo acordamos en el almuerzo. Una palabra detrás de la otra.
Jae Won no respondió de inmediato. Sintió un leve y familiar vuelco en el centro del pecho,
ese recordatorio sordo, constante y molesto de que su propio cuerpo tenía un ritmo
diferente al de los demás, uno que no permitía agitarse ni tomarse las cosas a la ligera. Su
corazón, afectado por una insuficiencia cardíaca hereditaria que limitaba sus días y
marcaba su vida con un límite de tiempo invisible, trabajaba más de la cuenta incluso
cuando se limitaba a estar de pie escuchando las ocurrencias de su único amigo. Los
médicos habían sido claros: nada de esfuerzos físicos, nada de emociones fuertes. Por eso
había renunciado a los sueños, a los planes a largo plazo y a cualquier intento de encajar
de verdad en el mundo.
[ A veces pienso que Tae Hun hace tanto ruido porque sabe que mi silencio es demasiado
pesado. Habla por los dos porque intuye que, si nos quedamos callados, el peso de mi
futuro truncado terminaría por aplastar la conversación. ]
—Es una tontería, Tae Hun —murmuró Jae Won, manteniendo la voz baja, arrastrada y
monocorde, típica de quien pasa la mayor parte del día encerrado en sus propios
pensamientos sin interactuar con el entorno. —Mírala. Ella ni siquiera sabe quién soy.
Probablemente ni siquiera sabe que compartimos el mismo piso de casilleros.
—Por eso mismo es el desafío perfecto —insistió Tae Hun, dándole un golpe amistoso en el
hombro, aunque midiendo la fuerza del impacto de manera casi imperceptible, un hábito
que delataba cuánto le importaba la salud de su amigo a pesar de su fachada extrovertida.
—Una apuesta es una apuesta, no te eches atrás ahora. Lanzamos el dado en la cafetería y
cayó en cuatro. Perdiste limpiamente. Ahora camina, antes de que decida irse a casa y
pierdas tu oportunidad de ser un hombre de palabra.
Jae Won dejó escapar un largo suspiro que empañó levemente el vidrio de la ventana. Miró
hacia el fondo del pasillo, donde la luz dorada comenzaba a desvanecerse en un tono
anaranjado más denso.
Allí estaba ella.
Han Seo Yun caminaba con pasos lentos, medidos, como si cada avance sobre el suelo
requiriera una deliberación consciente. Sostenía un cuaderno de tapas oscuras fuertemente
apretado contra el pecho, usando ambas manos como si fuera un escudo contra el resto del
mundo. Su uniforme escolar estaba perfectamente alineado, sin una sola arruga, y el
cabello negro y lacio le caía sobre los hombros con una simetría tan exacta que parecía casi
irreal. Era innegablemente hermosa, pero poseía una belleza que mantía a la gente a una
distancia prudencial; una serenidad fría, distante y casi clínica que nadie en el Instituto
Hansung había logrado descifrar hasta el momento. Caminaba sola, siempre sola, envuelta
en un aura de misterio que la hacía parecer un fantasma elegante recorriendo la escuela.
Jae Won se separó lentamente de la pared. Sus zapatillas, gastadas por el uso, apenas
hicieron un leve quejido contra el suelo. Cada paso que daba hacia ella se sentía
extrañamente ligero, desprovisto de la ansiedad típica que un chico de diecisiete años
experimentaría al declararse a la estudiante más inalcanzable del instituto. Quizás esa
ligereza provenía del hecho de que el "no" estaba completamente asegurado. Para alguien
cuya existencia ya tenía una fecha de caducidad escrita en los expedientes de un hospital,
el rechazo de una chica bonita no tenía el menor impacto. No había orgullo que proteger, ni
expectativas que romper. Una humillación menor en medio del pasillo escolar era solo un
punto invisible, una anécdota irrelevante en una rutina gris.
Caminó con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta del uniforme, manteniendo la
respiración controlada para evitar que su corazón comenzara a quejarse antes de tiempo.
Se detuvieron justo en la intersección del pasillo del tercer piso, en el punto exacto donde la
luz del sol daba de lleno y hacía que las partículas de polvo parecieran chispas flotantes.
Seo Yun se detuvo en seco al notar que él le cerraba el paso de manera sutil pero decidida.
No se asustó, ni dio un paso atrás. Simplemente levantó la mirada con una lentitud que a
Jae Won le pareció casi eterna. Sus ojos eran claros, profundos, pero tenían una cualidad
extraña: estaban vacíos. Era una mirada que parecía atravesarlo, como si estuviera
observando una pintura en la pared detrás de él en lugar de registrar su presencia física.
—¿Sí? —preguntó ella finalmente. Su voz fue corta, precisa, carente de cualquier inflexión
emocional. No había molestia, pero tampoco curiosidad.
Jae Won apretó los puños dentro de los bolsillos para ocultar que las yemas de sus dedos
se habían vuelto frías por la repentina falta de circulación. Miró esos ojos vacíos y, sin
preámbulos, pronunció las palabras de la apuesta.
—Me gustas —dijo Jae Won, sosteniendo la mirada con una firmeza que lo sorprendió a sí
mismo, aunque su tono carecía por completo de la urgencia o la pasión de un verdadero
pretendiente. —Sal conmigo.
El silencio que se apoderó del pasillo tras sus palabras fue tan denso que pareció tragarse
el bullicio lejano de los estudiantes que jugaban en el patio exterior. El tiempo pareció
congelarse en ese rincón del tercer piso. Desde el fondo del corredor, medio oculto detrás
de una columna, Tae Hun contenía el aliento, esperando el inevitable desenlace. Jae Won
se preparó mentalmente para la respuesta lógica: una mirada de desprecio absoluto, una
risa incómoda por lo absurdo de la situación, o simplemente que ella lo esquivara por un
lado para continuar su camino, dando por terminada la mala broma de la tarde.
Sin embargo, Han Seo Yun no se movió. No apartó los ojos de él. Se le quedó mirando
fijamente, analizando sus facciones con una atención meticulosa. Recorrió con la mirada la
línea de su mandíbula, el cuello ligeramente desalineado de su camisa de uniforme, la
forma en que sosteneía los hombros y la dirección de su mirada. Fue una evaluación larga,
silenciosa y casi científica, como si estuviera intentando memorizar cada detalle de un
paisaje complejo que temía olvidar al dar la vuelta a la esquina.
Pasaron cinco segundos. Luego diez. El reloj del pasillo emitía un tictac rítmico que parecía
golpear directamente en el pecho de Jae Won.
Finalmente, Seo Yun bajó la vista por un breve instante hacia el cuaderno que presionaba
contra su pecho, apretó los dedos alrededor de las tapas, y luego volvió a clavar sus ojos
claros en los de él.
—Está bien —dijo ella de repente.
Jae Won parpadeó, perdiendo por completo la postura apática y contenida que había
ensayado mentalmente durante todo el trayecto por el pasillo. La sorpresa fue un golpe
directo.
—¿Qué? —la palabra se le escapó de los labios antes de que su cerebro pudiera filtrarla o
detenerla.
—Dije que está bien —repitió Seo Yun, sin cambiar un solo músculo de su rostro. No había
el menor rastro de timidez en sus mejillas, ni el rubor característico de una estudiante que
acaba de recibir una propuesta sentimental. Su expresión seguía siendo una página
completamente en blanco, un enigma absoluto. —Saldré contigo. Pero habrá tres
condiciones que deberás cumplir estrictamente.
Jae Won la miró, con la boca sutilmente abierta, incapaz de articular una sola respuesta
coherente. Se sintió de pronto atrapado, no por la emoción del éxito, sino por la fijeza casi
magnética de esos ojos que parecían ocultar un abismo de secretos inconfesables.
· · ·
Al final de la tarde, el autobús número 14 avanzaba con lentitud por las congestionadas
calles de Seúl, yendo casi vacío a esa hora de la ruta. Jae Won se encontrara sentado en
su lugar de siempre: el asiento del fondo, en el lado derecho, justo donde el vidrio de la
ventanilla vibraba de manera rítmica contra su frente apoyada.
El sol ya se estaba ocultando por completo detrás de los imponentes bloques de
apartamentos del distrito de Mapo, tiñendo las nubes y el cielo de un tono violáceo, denso y
profundamente sombrío. Sus dedos se deslizaron de manera inconsciente hacia el bolsillo
de la chaqueta, tocando la pantalla fría del teléfono móvil. No tenía su número de contacto.
No sabía absolutamente nada de ella, salvo su nombre y el hecho inexplicable de que, a
partir de la mañana siguiente, al cruzar la puerta de metal del instituto, sus vidas estarían
unidas por un acuerdo extraño que ninguno de los dos terminaba de comprender de la
misma manera.
[ ¿Por qué aceptó algo así? Una chica como ella, que parece ignorar a todo el mundo… no
tiene ningún sentido lógico. ¿Qué busca en alguien como yo? ]
Cerró los ojos con fuerza, aislando el ruido del motor ronco del autobús y los frenazos
intermitentes en el tráfico, mientras en la oscuridad de su mente su propio corazón seguía
latiendo en un compás lento, defectuoso y cansado, completamente ajeno a la extraña
sacudida que el destino le había preparado esa tarde.
── El destino suele jugar con dados cargados, pero nadie avisa cuando el juego es una
trampa.
── Continúa en el Capítulo 2: Las tres condiciones y el sabor a vainilla

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