En los límites de su soledad, una bestia salvaje había encontrado esperanza.
La más fuerte, pero de aspecto frágil, que ser vivo alguno había visto.
Dietfried Bougainvillea era esa clase de persona, la esperanza de la bestia.
Usaba lenguaje abusivo y poseía una actitud arrogante ante lo ajeno. Su espíritu era como la hoja desenvainada de una espada.
Tenía detalles adorables, pero una conciencia que le hacía arruinar todo lo que era suyo.
La bestia había encontrado a este hombre. Ambas almas, terriblemente ineptas, no encajaban, pero se las habían arreglado para acercarse.
Dado que pelear era lo único que la bestia hacía bien, había llevado a muchos enemigos del hombre al mar. El hombre, entonces, garantizó a la bestia el estilo de vida de una persona y se convirtió en su guardián.
Aunque nunca hicieron un trato, así funcionaron.
Mientras tanto, algo que podría considerarse ‘sentimientos’ comenzó a brotar en el rudo hombre. Algo peligroso, que debilitaba a quien lo poseía.
Esta emoción era innecesaria. Tenía que deshacerse de ella. Era mejor estar lejos de la bestia.
O eso pensaba el hombre. Pero la bestia se negó. ¿Podría separarse de ella o no?
La bestia y el hombre chocaron intensamente en ese punto, pero al final, el hombre cedió. Se volvió incapaz de dejar ir a la bestia, que le suplicó no dejarla sola.
Resignándose al hecho de que no la había apartado cuando debió, el hombre decidió convertir a la bestia en un ser humano.
¿Qué hacía que una persona se volviera humana?
***
El barco estaba en llamas.
Chispas se esparcieron por el océano en la oscuridad. Rugidos de ira de los marinos que salvaguardaban los mares resonaron, ahogados por las olas.
Inadecuados para una tarde tan hermosa, sus gritos fueron dispersados por las explosiones, fundiéndose con el mar.
En los combates marítimos, a diferencia de los terrestres, los restos apenas eran visibles a simple vista.
—¡LISTOS PARA DISPARAR!
Después de todo, las olas barrían con todo. Pánico, tristeza, las personas que una vez estuvieron allí e incluso el tiempo mismo no eran más que asuntos triviales para las grandes profundidades.
El mar lo eliminaba todo. Hasta lo más profundo.
Así de abismal y frío podía ser el llamado océano… lo tragaba todo.
—¡NO PARÉEEEEIS! ¡CONTRAATACAD, CONTRAATACAD!
La Guerra Continental se estaba intensificando. Los soldados eran forzados a pelear no solo en tierra, sino también en mar.
—¡VA A SACUDIR EL CASCO! ¡PREPARAOS!
—¡NO OS QUEDÉIS SIN DECIR NADA; SI NO QUERÉIS MORIR, MOVERSE!
—¡¡EMPEZAD A DISPARAR!!
Los buques de guerra de Leidenschaftlich —el orgullo de la nación militar— estaban bajo ataque de los buques enemigos.
—¡EL ENEMIGO ESTÁ DISPARANDOOOOO!
Por mera asunción, Leidenschaftlich finalmente probaría la amarga victoria de esta batalla naval, y el buque de guerra que ardía llegaría a salvo a la capital, Leiden. Pero esto no era parte de la historia que debía ser contada.
—¡PREPARAOS PARA EL GOLPEEEEE!
Lo que debía contarse en esta historia era que un hombre no había sido capaz de llamar por el nombre de una chica, que había sido llevada a una esquina en tal crítica situación.
En medio de la extremadamente turbulenta batalla naval, el capitán naval Dietfried Bougainvillea buscó desesperadamente con sus ojos a su posesión, una niña soldado. Al borde de su campo de visión, un ataque del buque enemigo era inminente.
¡Siendo tan ligera, caerá por la borda por el impacto del bombardeo!
Más que suficiente, Dietfried vislumbró su cuerpo flotando ligeramente en el aire, en el corazón del barco en llamas.
Y así, un inaudible grito salió de su garganta. Por supuesto.
Lo que quería gritar —su ‘nombre’— era algo que no existía. Después de todo, siempre la había llamado ‘tú’.
—Le daré un nombre algún día. ¿Debería darle uno ahora? Nah, puedo hacerlo después.
Mientras pensaba en ello, acabó llegando a este punto sin siquiera llamarla.
Eres mi… ¿Mi qué? ¿Tu herramienta? ¿Tu monstruo?
Tus pensamientos no guiaron tus palabras adecuadamente y solo el miedo a perderla continuaba brotando. Al final, la niña fue arrojada al mar ante los ojos esmeralda de Dietfried.
Los dos no eran buenos comunicándose, pero Dietfried ciertamente sentía que la niña había dicho algo en ese momento.
Como si: ‘No me importa si me abandonas’.
Así que Dietfried corrió.
—No jodas —Quiso decirle—. ¡Agárrate!
Cuando iba a caer, la niña, por reflejo, agarró la mano que se le tendió. Dietfried casi cae al oscuro mar con ella, pero esta vez, uno de sus subordinados lo agarró por la cadera, salvándole.
Aunque la niña soldado normalmente era capaz de matar a varios enemigos como un demonio, su cuerpo era demasiado delgado y ligero. Abrazándola, Dietfried fue incapaz de moverse por una docena de segundos por el exceso de temor.
—Hah, hah…
El temor de perder a su ‘herramienta’ le hizo temblar.
Tenía que seguir. La guerra aún no había acabado.
Para no perder a la niña o a sí mismo, Dietfried, el comandante, tenía que tomar la iniciativa. Sin embargo, su cuerpo no podía moverse tan pronto.
—Capitán.
Los dos se miraron de nuevo. Esta vez, sus ojos decían: ‘No me dejes’.
Incluso aunque ella había escogido la muerte hacía un momento, simple y llanamente.
Su excesivo egoísmo dio a Dietfried un intenso deseo de matarla, pero contrario a sus pensamientos, la abrazó con firmeza. Sus latidos se unieron.
Esto se convirtió en un hito para ambos.
No obstante, a partir de este momento, le llevó a Dietfried años acostumbrarse a ello.
Mientras tanto, la Gran Guerra, también llamada la Guerra Continental, había mostrado un rápido desarrollo y estaba llegando a su fin.
La peculiar existencia de esta niña soldado se convirtió en un borrón tras la guerra, pero como siempre, Dietfried continuó dándole órdenes a su herramienta. Explicó a aquellos a su alrededor que esto era porque no tenía tiempo de tomar una decisión entre la prisa del procesamiento de la posguerra, pero en realidad, la opción de dejarla ir ni siquiera se le había pasado por la cabeza.
Ya era un hecho que los dos actuaban juntos, sin importar adónde fueran o qué hicieran.
Tras ganar tiempo libre viviendo lejos del campo de batalla, la niña cultivó habilidades lingüísticas, aprendió educación general y comenzó a estudiar tácticas militares, convirtiéndose en poco tiempo en una competente secretaria.
—Capitán, la mansión de la que había hablado ya estaba vendida. Tenemos dos o tres opciones más, pero la luz del sol de la tarde que tanto le preocupa es pobre en ellas, por lo que creo que son inadecuadas. El presupuesto es abundante, por lo que tal vez sería mejor simplemente construir una.
—Tú, ¿quién te metió esa idea en la cabeza?
Como era de esperar, ella, que ya no podía ser considerada una simple soldado, todavía carecía de nombre.
Los dos estaban actualmente conversando mientras estaban sentados en una cama en el dormitorio de la Marina. Era de mañana y, como Dietfried no estaba preparado, la muchacha le peinaba diligentemente.
—Lord Gilbert dijo que quiere proporcionarle tierras propiedad de los Bougainvillea. Y Lord Hodgins dijo que puede presentarle a un excelente arquitecto de Leiden.
—¿Me estás diciendo que consiga un terreno que es propiedad de mi hermano pequeño?
Su especialidad era atar las trenzas que hacían rápidamente sus suaves y pálidos dedos con una cinta como toque final. Una vez decidido el peinado, terminarlo fue fácil.
Poco a poco, la muchacha preparó a Dietfried para el día.
—Según Lord Gilbert, Capitán, ha abandonado la totalidad de su reliquia familiar en este momento, por lo que quería que tuviera al menos esto.
—¿Tu ‘Lord Gilbert’?
—Su Lord Gilbert.
—¿Así que qué le dijiste?
—Que eso probablemente le enfadaría.
Silencio.
—Sin embargo, Lord Gilbert insistió, por eso se lo estoy reportando.
Dietfried miró a la chica. Ya habían estado juntos durante una cantidad decente de años, por lo que el solo hecho de que ella le dijera que había hecho tal propuesta era un error en sí mismo.
Ella también lo sabía. Aun así, lo había mencionado.
Los ojos de Dietfried le preguntaban ‘¿Por qué?’.
—¿Qué vas a hacer por mí ahora que estoy enojado tal como habías predicho?
—Hoy ya tengo conseguido un vino que estará disponible en una tienda de la ciudad. Iré a recogerlo más tarde. Es aquel que dijo que ‘quería beberlo pero no pudo encontrarlo’ durante la guerra.
Silencio.
—Al parecer, finalmente ha empezado a circular. Además, descubrí quién era el autor del cuadro que estaba mirando el otro día. Ya falleció, pero parece que su desconsolada familia guarda sus obras, por lo que será posible mostrárselas en nuestro próximo día libre.
Después de ponerse la chaqueta, Dietfried se giró y miró a la chica. Habló no con un tono de irritación, sino de mal humor:
—Oye, Tú, no vayas pidiendo permiso para un día libre cuando yo podría decir que no iré.
—Pero Capitán, usted dijo que estaba devastado por la pérdida de tantas obras de arte durante la guerra. Nunca ha adquirido ninguna obra del artista que le gustaba, ¿cierto?
La afligida familia parece vivir en la pobreza. Dijeron antes que, en lugar de alguien que comprara las obras de arte con solo unas pocas frases, era mejor que las tuviera alguien con un sentido estético incuestionable, por el bien de las generaciones futuras…
La chica mantuvo la boca cerrada en esa parte. Después de todo, Dietfried había presionado los extremos de la trenza contra sus labios sin decir nada.
Hacía mucho que había olvidado qué había desencadenado esto, pero Dietfried lo hacía cada vez que él le decía que ‘callara’. También podría considerarse como un pequeño juego suyo.
Los ojos de la muchacha, de un azul más vivo que el del mar, parpadearon lentamente mientras miraba a Dietfried.
—Está bien, así es. Tranquila.
Silencio.
—No necesito la tierra de los Bougainvillea. Vas a volver a ver a Gil de todos modos, ¿no? Luego dile cara a cara que no vuelva a decir eso nunca más.
Si es posible, compraré ese vino cada vez que llegue a la tienda, así que negocia con el propietario para hacer una compra regular bajo el nombre de Dietfried Bougainvillea… En cuanto a nuestro próximo día libre…
Silencio.
—¿Dónde vive esa afligida familia?
Silencio.
—Hey, dime.
La chica señaló en silencio la trenza que aún presionaba contra sus labios.
—En Lontano. Está en territorio nacional, así que podemos ir allí y regresar en el mismo día. En cuanto al transporte…
—Iré en mi nuevo coche. Además, no olvides preguntar al sastre de Sastrería Canaria si la chaqueta y pantalones que solicité están listos. Si lo están, iré mañana a hacer los últimos ajustes.
Los llevaré en mi próximo descanso. Obviamente vendrás.
No hagas plan ninguno con Gilbert.
—Entendido. He memorizado todo.
Cuando esta chica decía esto, era que en verdad había memorizado todo exactamente como Dietfried le había dicho. Lo único que Dietfried no discutía con ella era sobre lo que él decía o no.
En serio, es tan brillante que da miedo.
Eso se debió a que una vez tuvo experiencias extremadamente desagradables cuando le repitieron sus propias declaraciones con una voz peculiar. Era vagamente consciente de ello, pero este loro (más bien, esta chica) que Dietfried había recogido poseía una gran inteligencia.
Al principio no podía hablar correctamente y parecía incapaz de aprender a leer o escribir, pero como no quería que Dietfried la echara, no escatimó esfuerzos. Su desarrollo había sido visible y ahora era una pieza imprescindible para Dietfried.
—Cuéntame más tarde sobre su árbol genealógico. No tienes sentido de la belleza para los regalos, así que haré ese.
Los campos en los que Dietfried podía vencer a esta chica eran limitados. Cuando se trataba de habilidades de lucha, él, que se estaba debilitando con la edad, estaba en el mejor de los casos a la par de ella, de quien se podría decir que estaba en su mejor momento, pero dependiendo de la situación, sería completamente derrotado.
—Sí, no he cultivado conocimientos en esa área. —La chica rápidamente asintió, para nada empeñada en ganarle a Dietfried.
—Porque no tienes calidad artística.
—Exactamente, Capitán.
Aunque ella era esencial para él, habían llegado a este punto sin que él la nombrara. Según la suposición de Dietfried, la niña pronto cumpliría catorce años.
Tras confiarle a la muchacha sus diversas tareas, abandonó el dormitorio y se fue a trabajar al Ministerio de Marina.
***
Dietfried se dirigió a su oficina y sacó un cuaderno del cajón de su escritorio. Tal vez después de haber sido volteado una y otra vez, las esquinas del cuaderno estaban hechas jirones.
Lo más probable es que fuera un objeto que solía llevar consigo no después de la guerra, sino durante el tiempo de trabajo. Tenía escrita su fecha de servicio.
Dietfried, sintiendo por el silencio de los pasillos que nadie entraría, abrió el cuaderno.
En él, desde la primera hasta las siguientes docenas de páginas, había una lista de opciones de nombres. Desde nombres de niña hasta nombres neutros.
Se podría decir que no había seguido llamándola ‘Tú’ simplemente por obstinación infructuosa, sino que estaba pensando adecuadamente en ello y aún no había tomado una decisión.
Ni idea de cuál le gustará.
Dietfried no era un tipo de perfeccionista tan bueno.
Algunas de las opciones eran circulares, y cosas tales como las razones por las que dichos nombres eran buenos e incluso el folklore asociado a ellos estaban escritos aquí. Quizás el número de personas que hicieran algo tan meticuloso era escaso incluso entre padres que esperaban el nacimiento de un bebé.
Se siente como si ninguno de ellos fuera adecuado para ella.
El resultado de esta repetida negación era su actual situación. A menos que obtuviera buenos resultados, no podía dejar que la otra lo supiera.
Era esa clase de hombre, y además, una vez dejó el hogar familiar, desapareció sin rastro como si su paradero se hubiera desvanecido. Pero para cuando se convirtió en un oficial naval, la diferencia entre él y su familia se había ensanchado a un punto irreversible y su padre falleció.
Un problemático perfeccionista. Ese era Dietfried Bougainvillea.
¿Debería solo dejarle elegir?
Dietfried tenía determinación cuando se trataba de trabajo.
No, no puedo hacerlo tras pensarlo tanto. Yo soy quien debería dárselo.
Sin embargo, era un hombre que haría cosas sin sentido cuando se involucrasen sus sentimientos.
Debería al menos hacer esto por ella.
Nunca había hecho apropiadamente nada ni por su hermano menor, quien más le importaba en el mundo. No porque fuera tímido o de esa clase de perspectiva, sino porque era retorcido.
Su entorno familiar había sido un gran factor en cuanto a por qué se había convertido en esta clase de persona, pero la razón por la que aún no le había dado un nombre a la niña bajo su custodia incluso ahora, pasados años tras conocerse, era probablemente por el veneno que llevaba dentro. Siendo como era ella, la chica no hacía preguntas ni peticiones sobre lo de ser referida como ‘Tú’ tampoco.
Otras personas aparte de Dietfried la llamaban ‘Ondina’, como abreviación de ‘Ondina de Leidenschaftlich’, que era famosa por destruir buques enemigos, y que se había esparcido entre el personal militar. De hecho, pensaban que ese era su nombre.
A pesar de decirse que se apurara y decidiera un nombre para ella cada vez que se veían, el hermano menor de Dietfried, Gilbert, y su amigo, Hodgins, también habían establecido diálogo con ella llamándola ‘Ondina’ y ‘Pequeña Ondina’.
Ella solía ser vista como un arma sin nombre registrado en el ejército, pero a medio camino, se convirtió en el ‘Puño de los Bougainvillea’.
Nunca se le dio un nombre cuando interactuaba con terceros. Cuando contactó con la tienda para pedir el vino o con la familia del desconocido artista, por ejemplo, ella se presentaba como ‘la secretaria de Dietfried Bougainvillea’.
Esta era una mentira que Dietfried le había enseñado para que se la dijera a la gente con la que él no quería interactuar, así como para hacer una excusa y alejarlos. Ella había alcanzado el límite de sus habilidades al dominarlo.
Mientras mantenía una descuidada conversación con ella, para cuando la otra persona se encontraba pensando: ‘Pensando en ellos, ¿cuál era su nombre?’, la llamada ya había acabado.
El siguiente también terminaría con un ‘es la secretaria’. La chica no tenía ni amigos ni amante tampoco, así que Dietfried la trataba como su esencial.
Ella no se sentía incomodada por nada de eso. El único incómodo respecto a su nombre era Dietfried.
Ese día, en ese momento, en ese barco ardiendo, Dietfried no tenía nombre por el que llamarla. Si ella hubiera muerto entonces, ¿cómo pretendía referirse a ella cuando estuviera de luto?
‘Tú’. ‘Mocosa asquerosa’.
‘Ella’. ‘Monstruo’.
O quizás, ‘Sin nombre’.
Ninguno de esos era apropiado para una vida que él había tomado bajo su cuidado tras decidir que no la dejaría ir.
Dietfried se postró en el escritorio y soltó un raro suspiro. Era hora de que se aclarase la mente.
Incluso si eso se convertía en un mal final para él.
***
Unos diez días después, finalmente fue capaz de tener vacaciones en las que pudiera descansar.
Dietfried y la chica se despertaron temprano y fueron en coche a la ciudad de Leidenschaftlich llamada Lontano.
Lontano era una ciudad de arte. Había museos, teatros usados para obras y actuaciones de orquestas, y mercados de libros antiguos.
Se construyó de forma que la gente que disfrutaba con tales cosas se divirtiera fuera a donde fuera.
La estructura de la ciudad consistía en un castillo en su centro y casas reunidas en los alrededores. La casa del artista que Dietfried buscaba estaba en las afueras de la ciudad.
Solo una casa principal en la que, como mucho, dos o tres personas podrían vivir. La residencia no estaba relacionada con la artística ciudad… esa era la impresión que daba a aquellos que entraban.
—Solíamos servir al castillo en el centro de la ciudad. El dueño del castillo ya no está, así que… desde que se convirtió en una atracción turística, la ciudad se volvió rara, ya ve.
El que dijo esto mientras daba la bienvenida era la madre del artista. Dietfried quiso decir algo por las palabras de la mujer, que describió el exuberante estado actual de la ciudad como ‘rara’, pero se contuvo. El desarrollo de Lontano había empezado en una era moderna, así que desde el punto de vista de una familia que había estado residiendo en la ciudad desde siempre, su forma actual debía ser una herejía.
Cuando la señora que los saludó los guió al sótano, fueron finalmente capaces de ver las obras de arte. El sótano, que era mayormente una sala de almacenaje, tenía escasa luz y un fuerte olor.
Aparentemente, la señora había apartado todas las obras del fallecido artista, como si fuera demasiado duro para ella mirarlas.
Antes de que Dietfried se diera cuenta, él estaba diciendo: —Quiero llevarme tantas como sea posible.
No podía permitir que las pinturas que le habían causado tan fuerte impresión se perdieran en este sótano. Solo pensarlo hizo emerger este sentimiento. Era la sensación de salvar a alguien que estaba al borde de la muerte.
Tomó los cuadros que quería rescatar primero por el momento, y mientras hacía que la chica, que había traído como mula de carga, los sostuviera, la señora habló con débil voz:
—Capitán Bougainvillea…
Dietfried se esforzó para responder a esas palabras con una suave voz: —No es necesario llamarme por mi rango, Ma’am.
Ya no era joven, pero tampoco viejo. La señora bajó la mirada, pareciendo un poco avergonzada por ser llamada ‘ma’am’ por alguien como Dietfried, que exudaba el aura de un hombre adulto.
—Señor Bougainvillea, no puedo saber qué es bueno… del arte de mi hijo para usted.
Dietfried dijo las palabras exactas que diría al artista si este estuviera allí: —Aparte de su técnica y paleta de colores, su individualidad única es genial.
—¿Es tan bueno?
—Sublime.
Silencio.
La señora aún no parecía convencida. Después de todo, la gente decide la calidad de una obra basándose al final en sus propias impresiones y gustos, así que aquellos que declaran que no lo entienden muy bien no significa que sean mala gente.
Ella podría mostrar signos de entenderlo tras una larga explicación, pero Dietfried no sentía ganas de hacerlo. Lo que quería era tiempo para maravillarse con aquello que le gustaba, no por un momento de interacción con alguien cuyas ideologías eran diferentes a las suyas.
—Tengo una conocida en Leiden que rige un lugar donde podemos abrir una exhibición individual. Puedo presentársela, así que intentemos hablar con ella sobre el tema. Voy a llevarme los que quiero conmigo, pero se los entregaré apropiadamente una vez se celebre la exhibición.
Si va bien, las obras de su hijo durarán para siempre —Dietfried dijo, ante lo cual la cara de la mujer se distorsionó—. ¿No le gusta la idea? —Dietfried preguntó, que, como era de esperar, no pudo ignorar su muestra de reacción negativa, porque estaba completamente convencido de que ella estaría complacida.
La señora abrió y cerró repetidamente la boca, pero quizás no siendo capaz de decir las palabras adecuadamente, permaneció en silencio. Dietfried pacientemente se la quedó mirando mientras la urgía a hablar, y así, ella finalmente dijo su siguiente frase: —¿No cree que es un poco demasiado tarde?
Las palabras que murmuró en intervalos resonaron en el sótano con un tono vacío.
Estaban haciendo los preparativos para los bienes de un fallecido. Era normal que se sintiera un poco emocionada, Dietfried pensó, aceptándolo sin más.
—No. Nunca es demasiado tarde para hacer lo correcto. —Tras decir esto, Dietfried recordó lo ‘correcto’ que él mismo no había hecho aún, pero se contuvo y continuó con la conversación—. Dejarle las obras de su talentoso hijo a la posteridad es lo correcto. No es tarde siquiera para eso.
—Pero nunca siquiera he tenido interés en las cosas que ese niño hacía…
Eso fue algo chocante para que lo dijera una madre.
—¿Está realmente bien que alguien como yo trate de dejar las obras de mi hijo a la posteridad en este punto…?
Aparentemente, su hijo no había sido lo que ella aspiraba que fuera.
Había deseado un niño animado que pudiera hacer deporte y trabajo duro, pero en su lugar nació como un erudito introvertido, orgulloso de escribir y pintar. Desde su punto de vista como madre, era un niño ligeramente inferior.
Parecía que, al principio, ella había esperado que se convirtiera en lo que ella quería. Pero cuanto más crecía, más introvertido se volvía el niño, lo que creó una distancia entre ambos.
La señora no entendía el pensamiento de su hijo. Y aunque disfrutaba viendo a su hijo disfrutar ‘expresándose por sí mismo’, él nunca lo hizo con sus padres.
La señora se rindió a medio camino. ‘Esto no es el hijo que quería’. Eso fue todo.
Afortunadamente, tenía otros hijos, y así, les confió lo que ella quería que fueran.
Probablemente, estos sentimientos la habían alcanzado incluso sin decirle nada. Una vez que su hijo, que era un fallo en su punto de vista, dejó la casa, él raramente había regresado.
No tenía ni idea de qué clase de trabajo tenía. Orgulloso declaraba que estaba creando arte en su tiempo libre en el trabajo y que recientemente había empezado a venderla, pero como no tenía interés en esto, ella acabó dándole una fría respuesta.
Ese fue el contenido de su último intercambio, ella dijo, y recordó que su hijo lucía como si quisiera que ella lo elogiara.
Mientras tanto, la Guerra Continental se intensificó y la ciudad donde su hijo vivía fue bombardeada. Ella lo había buscado en su destrozada casa y lo esperó durante días, pero él no regresó.
Muchas familias se habían separado así en la Guerra Continental. Era algo común.
La señora intentó cortar sus sentimientos de algún modo, diciéndose que era la guerra, después de todo. A través de las lágrimas, llevó a casa sus restantes obras como si fueran memorandos de él.
Podrían al menos servirle de consolación. Sin embargo, mirarlos la hacía sentirse sofocada, como si la estuvieran estrangulando.
Los cuadros seguían quejándosele por ‘mirarlos’.
—Tenemos valor.
—No somos inútiles.
—¿Por qué no nos miras?
Sentía como si su pasado con su hijo estuviera mostrándose claramente. Su yo asustada, la señora dijo.
Por eso los arrojó al sótano sin un cuidado apropiado, incluso aunque ella misma los trajo consigo.
Dietfried, que no tenía una próspera relación con su familia, no encontró esta historia particularmente triste.
—Si solo… me hubiera esforzado más en comprenderlo…
Los asuntos de familia están por doquier, ¿eh?
Solo esta clase de fuerte sentimiento le llegaba. Si tuviera que compararla con su padre e imaginar que su padre le estaba diciendo esto a él, él podría haberse enfurecido y dicho: ‘¿Qué estás diciendo? Es demasiado tarde para eso’.
¿Qué puedo decirle a una mujer que está encadenada a su casa?
Dietfried había visto a su propia madre encadenada a su hogar y tratada como un accesorio mucho más de lo que él había sido. La señora ante él era un poco más joven que su madre, pero como esperaba, ya que era una ‘madre’, no podía pensar en tratarla fríamente.
—Incluso en una familia, es difícil entenderse los unos a los otros cuando sus vidas son diferentes. Ma’am, debería estar orgullosa de que incluso se las arregló para criar a sus hijos al punto de ser independientes durante la guerra.
Esto era algo que Dietfried podría decir debido a que no tenía una mala relación con su madre de entre sus familiares. No obstante, no se habían hablado mucho desde que él dejó el hogar.
—Pero este arte tiene valor, ¿cierto? Tenía talento, ¿cierto?
—Sí.
—Y aún así, no… lo alabé mientras estuvo vivo… Es tarde… Demasiado tarde. Obtener dinero de usted… y oír a alguien más decirme que mi hijo era genial cuando yo no lo entendí en absoluto… es demasiado… Sus palabras se detuvieron ahí. Sin embargo, Dietfried supuso su siguiente frase: —¿‘Deshonesto’?
La señora quedó un poco atónita por la precisión de su declaración. Aún así, había hablado de ello porque una parte de ella debía haber querido que Dietfried dijera eso.
—Sí, deshonesto… Demasiado deshonesta con mi hijo… —Sollozos empezaron a brotar de ella.
Dietfried mostró una actitud ligeramente dubitativa, pero entonces murmuró en un tono que se fundió por él: —Si puedo hablar por mí mismo, estaba distanciado de mis padres.
—¿Así que era igual en su hogar?
—Sí, mis familiares no eran más que problemáticos.
Silencio.
—Mi familia no me era necesaria… Es más, por mi vida, huí lejos. Es mi vida, así que quise vivir a mi gusto. Mientras lo hacía, mi padre falleció.
—Estaba sonriendo. La sonrisa se limitó a sus labios solo—.
Era el único que me entendía al menos en nuestro hogar.
Sin embargo, aquellos que eran cercanos a él serían capaces de decirlo.
—No lamento haber abandonado mi hogar.
La cara que estaba poniendo Dietfried era una de soledad.
—Pero finalmente he llegado a pensar que incluso tras dejar mi casa… Incluso después de que nuestros caminos se separaran, quizás podríamos al menos hacernos concesiones.
La joven, que había estado esperando a su lado todo el tiempo, estaba silenciosamente mirando a Dietfried mientras él hablaba sobre asuntos internos suyos a otra persona, algo que raramente hacía.
—Si pudiera volver atrás en el tiempo, probablemente haría unos cuantos compromisos. Incluso si pudiéramos tener una completa reconciliación… Y si no funcionase, entonces no podría evitarse. Las familias son solo una panda de extraños de todos modos. Es lo mejor mantener cierta distancia entre nosotros. Pero… tanto usted como yo tenemos lamentaciones, así que… —
Dietfried era igual que ella en que no podía sacar las palabras adecuadas. Se llevó la mano a la frente e hizo una cara como si le doliera la cabeza antes de decir—.
Incluso si es algo sentimental, es mejor hacerlo que no. En diez años, probablemente de nuevo se lamentará por hacerlo justo ahora.
Silencio.
—Lo único que podemos hacer ahora es seguir tomando decisiones sin parar de las que podremos o no arrepentirnos.
—¿‘Seguir tomando decisiones’?
—Sí, es una cuestión de cuán significativa es la decisión que podemos tomar hasta que podamos ver a los que han fallecido. Eso es todo lo que podemos hacer.
Quizás sus últimas palabras tocaron una fibra sensible, cuando la señora encogió los hombros y dejó escapar otro sollozo. La joven, que todavía sostenía los numerosos cuadros, se quedó mirándola, incapaz de ofrecerle siquiera un pañuelo.
Sin embargo, esta no era una forma irresponsable o insensible de observar a alguien.
—Tú, sal afuera.
Ella simplemente sabía que su señor era alguien que debía actuar en esos momentos, por lo que no hizo ningún movimiento imprudente.
—Sí, señor.
La joven obedeció obedientemente y salió del sótano como le dijeron, pero antes de irse, Dietfried la vio frotando la espalda de la señora, como si se lo estuviera haciendo a su propia madre. Un ligero cambio había aparecido en el rostro perpetuamente inexpresivo de la joven.
Después de cerrar los ojos como si algo los oscureciera, subió las escaleras y dio un paso adelante, de regreso a un mundo de luz.
***
Las obras conseguidas por Dietfried fueron expuestas en la galería de arte de Leidenschaftlich, convirtiéndose en exitosas exhibiciones que atrajeron a muchas personas.
La Guerra Continental causó a todos malos recuerdos. El artista había fallecido con ello.
Además, era también uno de los jóvenes escritores de Leidenschaftlich, así que había algo en él que resonaba con los corazones de la gente en tiempos de reconstrucción posguerra.
Para la señora, esta publicidad fue una complicada forma de hacer las cosas, pero ella aparentemente lo había aceptado, pues esto era mejor que no dejar que se vieran las obras.
Después de todo, ella dijo que había un límite en lo que los que quedaban atrás podían hacer por los que ya se fueron.
Dietfried había pensado que su intercambio con la señora acabaría allí, pero sorprendentemente, continuaron después de eso. Cuando se veían en reuniones de exhibiciones de arte, se hacían preguntas, insistentemente intentando educarla a ella en el campo del arte, y él dejaría algún tiempo para responderlas… ese era el nivel de su relación, pero esto era raro para alguien como él, que no quería tener lazos con nadie.
Quizás Dietfried había querido hacer algo así con su propia madre.
Año a año, ese fiero hombre que solía ser estricto con otra gente estaba volviéndose más amable. En cuanto a quién lo estaba influenciando, era probablemente la chica sin nombre.
***
—No tienes planes para mañana, ¿no?
Cierto día, Dietfried preguntó a la chica por su calendario de vacaciones.
—Desde el momento en que preguntas eso, Capitán, son polvo en el viento incluso si tuviera alguno.
—Aprendiendo cómo contraatacar, ¿eh?
Ella en realidad siempre había estado priorizándolo a él sobre todo, así que su respuesta era correcta.
Una vez llegó su día libre, Dietfried y la chica fueron a visitar cierto pedazo de tierra en Leiden.
Mirando la mansión que se asentaba al final de un camino alineado de lustroso verde, Dietfried mostró una sonrisa de satisfacción.
—Buena casa, ¿no?
La última búsqueda de una casa que el hombre poco hogareño había iniciado después de la guerra terminó poco después de ir a recoger los cuadros. Durante sus frecuentes visitas a la galería para asistir a la exposición, un marchante de arte que conocía le presentó a un hombre rico que conocían y que era dueño de una villa, aunque necesitaba una renovación completa.
Encajaba perfectamente con las condiciones que Dietfried había establecido. De hecho, era vieja, pero aún se podía vivir en ella una vez renovada.
También tenía una buena apariencia exterior, como se esperaba de la villa de un hombre rico. La ubicación también era excelente.
No estaba muy lejos de la capital y sus alrededores estaban cubiertos de vegetación. Parecía ser el tipo de hogar que añoraría cada vez que regresara de un campo de batalla.
En el jardín, donde se podía hacer un huerto y parterres sin problemas, había columpios de madera pero nadie se montaba en ellos. Debía haber niños en la casa.
Dietfried ordenó a la muchacha que se sentara. Suponiendo que era para comprobar la fuerza del columpio, se sentó obedientemente, pero por alguna razón, Dietfried también lo hizo.
El paisaje que pudo ver una vez sentado era terriblemente tranquilo y demasiado pacífico para dos oficiales militares que solían estar en un ciclo de matar o ser asesinado. Sin embargo, esto también era algo necesario.
—Una mansión, eh. —Dietfried habló intermitentemente sin mirar a la chica, solo mirando el paisaje—. Está hecha para que tú, yo y bastantes personas más podamos vivir en ella, aunque no tengo intención de invitar a nadie más.
Aparte de Gil. Elige la habitación que quieras más tarde.
Si tienes alguna decoración o mueble que se adapte a tus gustos, dímelo antes. O los elegiré yo mismo.
—No tengo.
—Bien. Eso es lo que pensé, así que ya los arreglé.
Silencio.
—Quizás al menos debería haberte preguntado cuál es tu color favorito. Bueno, si al final no te gustan, reemplázalos, lo que prefieras con tu propio salario.
—Capitán, ¿a partir de ahora volveremos a este lugar?
—Sí. Es nuestra residencia final.
Cuando dijo esto, la joven parpadeó, pareciendo sorprendida.
—¿'Nuestra'?
Dietfried respondió de manera evasiva: —Algún día te convertiré en una persona respetable.
Cada vez que Dietfried decía una frase, se hacía visible un cambio en la chica.
—Después de todo, no importa cómo lo mires, moriré antes que tú.
Ahora la chica se quedó sin aliento.
—Había estado pensando en qué dejarte.
Ahora los ojos de la chica estaban suplicantes.
No digas eso, decían.
—Sigue viviendo en ella después de que yo muera.
Y ahora, la chica había agarrado la manga de Dietfried y la estaba apretando.
—No quiero.
Lo más probable es que la chica hubiera podido disfrutar visitando la mansión, si él no hubiera mencionado esto. Nunca supo qué estaba pensando esta chica, pero ella expresó sus emociones de alguna manera.
En ese momento, ella estaba negando con la cabeza, tal como lo haría un niño pequeño.
—Capitán, no te dejaré morir —dijo como escupiendo dolorosamente.
Nadie podría decir cuándo vendría. Teniendo un futuro no lejano predicho para ella, incluso aunque era algo lejano, la chica ante él cayó en la desesperación.
Aunque ella nunca había dicho que estuviera ‘asustada’ en alguna de sus misiones, estaba inquieta hoy… el día en que se le garantizaba su última morada por su Señor.
La propiedad merecía su precio. Era una recompensa para ella tras una era de conflicto.
Ella debería estar feliz, pero no lo estaba.
Bienes y dinero. Estaban en una posición demasiado baja en su lista.
Después de todo, no podrían aliviar su soledad. No podía usarlos como prueba de su existencia.
No le darían órdenes.
Por lo tanto, ella lo prefería a él antes que a ellos. Ella era ese tipo de bestia salvaje.
Al final, estaba incompleta en algunos aspectos como ser humano, y si había que decirlo, era más como una máquina. Y también un monstruo que no conoció el amor.
—Eliminaré a todos tus enemigos.
No entendía que lo que Dietfried intentaba darle ahora era amor.
El Señor de la bestia se rió.
—Estamos hablando de esperanza de vida aquí.
Su mano se extendió. Acarició la cabeza de la chica de manera natural.
Era lo mismo que calmar a un animal asustado. En el pasado ni siquiera se le habría ocurrido.
La idea de acariciar a esta monstruosidad.
—Yo también lucharé por tu esperanza de vida.
—Realmente se siente como si pudieras lograrlo cuando dices eso y es aterrador.
—Puedo.
—No digas estupideces. Piensa en la esperanza de vida. Hay cosas que no se pueden evitar incluso si te esfuerzas en ellas. —Mientras ella hacía el ridículo, Dietfried arrugó los ojos, luciendo vagamente feliz—.
Pero, bueno, cuando pienso que vas a cuidar de mí, me parece bastante divertido, así que es algo que estoy esperando con ansias.
—No será divertido. —La voz de la chica tenía un matiz de temblor.
Él la estaba poniendo triste. A pesar de saber esto, Dietfried continuó hablando: —Estoy encantado.
La chica se derrumbó ante las palabras que él pronunció.
—Porque siempre estabas sacando lo mejor de mí.
La cantidad de personas e instancias que podrían perturbarla era limitada.
—Quiero hacerte llorar en mis últimos momentos y luego morir.
En resumen, poder hacer eso era en sí mismo una prueba de que era importante para ella.
Dietfried era un hombre retorcido y complicado, pero sus sentimientos eran profundos.
La mano que había estado acariciando su cabeza ahora se movía hacia los ojos que habían comenzado a desbordarse de lágrimas. Recogió las lágrimas con los dedos, pero no llegó a tiempo.
La producción de gotas fue más rápida que él.
—Si no quieres que te supere, entonces muéstrame una sonrisa al menos cuando me cuides.
Pasó un momento limpiando las lágrimas de la joven, pero al ver que aún no paraban, Dietfried sacó deliberadamente su cuaderno de su maleta. Para mostrarle el viejo cuaderno, lo abrió encima de sus rodillas.
—¿Qué es esto?
—Opciones para tu nombre.
—¿Mío?
—Lo olvidaste porque eres idiota, ¿no? No tienes un nombre.
—Tenía ‘Ondina’…
—Eso no es más que un alias para alabarte por tus logros militares.
Dietfried pasó las páginas. Había listas de nombres bien pensados en muchas, muchas de ellas.
Ver esto detuvo por completo las lágrimas de la chica. Con un raro aspecto de excitación en ella, al final empezó a pasar ella misma las páginas.
La última página tenía un único nombre con un gran círculo alrededor. Ese era el nombre de una flor.
—Capitán. —La chica miró a Dietfried.
Cuando lo hizo, Dietfried señaló al jardín, que en estos momentos se había llenado de parterres.
—Parece que hay una ahí. Tu flor.
—Mi flor…
—También plantaré buganvillas. Porque es mi flor. Al final, tras mucha indecisión, escogí esta. Cuando visité esta casa, podía imaginarte de pie entre esas flores.
Así que pensé que podría escoger esa. Suena bien incluso si le añades un apellido.
Nada mal, ¿cierto? —El atractivo rostro de Dietfried se acercó al de la chica.
Y así, murmuró desde muy cerca, como para burlarse de ella—: Linaria Bougainvillea.
El nombre pronunciado con tal hermoso tono se introdujo rápidamente dentro de la chica.
Linaria. Una hermosa flor.
Combinada con la flor de la ancestral y honorable Casa Bougainvillea, el nombre era como un ramo de flores.
Un lazo que habría sido impensable había nacido ciertamente entre ambos. Su nombre parecía dar cuerpo a eso.
—‘Linaria’…
—Horrible pronunciación; dilo de nuevo.
—‘Linaria’… Linaria Bougainvillea es mi nombre.
Las lágrimas terminaron desbordándose pesadamente de los ojos de la joven nuevamente.
Al ver esto, Dietfried se rió, luciendo encantado una vez más.
—No sé qué regalarte a cambio de concederme un hogar y un nombre.
—No me malinterpretes. Te estoy notificando sobre un empleo vitalicio sin comprobar si estás dispuesta.
—Sí, señor.
—No se te permitirá renunciar por tu cuenta.
—Sí, señor.
—Esta es una advertencia para que nunca sepas que yo soy tu Señor. ¿Entiendo? No es por bondad.
—Estoy feliz con esa advertencia.
—Así eres. Un caos de mujer.
—Seguiré a mi Señor.
—Realmente aprendiste a cómo contraatacar, ¿eh?
—Señor Dietfried, me hiciste así. Soy una bestia salvaje. Cambio según cómo actúe mi Señor.
—¿Quieres decir que tengo una fuerte influencia?
—Una tremenda influencia. Por eso, por favor, ten una larga vida y continúa siendo mi Señor. —La bestia lloró.
—Me esforzaré.
Al observar a la chica acariciar el nombre escrito en el cuaderno, Dietfried se encontró pensando. ¿Durante cuántos años podría cuidarla?, se preguntó.
Tuvo que hacer un esfuerzo para encontrar personas a quienes poder confiarla después de su muerte. Sus grilletes no desaparecerían a menos que él le proporcionara uno o dos amigos.
Quizás debería obligarla a dejar el ejército, pero ¿qué más podía hacer? Todo tipo de pensamientos cruzaron por su mente y luego desaparecieron.
Aún no.
No pudo ordenar sus pensamientos. Por ahora, quería quedarse así, consolando a la bestia que lloraba.
Saborear los momentos en los que se le necesitaba.
La forma en que Dietfried Bougainvillea expresaba el amor era tremendamente inepta.
—Linaria, incluso si por casualidad mueres sola, con esto estaremos juntos en la tumba.
Esta es la historia de un amor que tal vez pudo haber sucedido.

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