Una tensión pálida se asentó en sus labios. La mirada penetrante del anciano dificultaba cualquier palabra. Vanessa intuyó su propósito: buscar el instante de su flaqueza, el resquicio de su inocencia, para observar su reacción.
Las ideas y explicaciones que había organizado con tanto esmero se enredaron en el silencio ansioso. Necesitaba un momento para recomponerse, para recuperar el hilo perdido.
—Antes de explicar… ¿podría pedir un vaso de agua con gas?
—Por supuesto.
Con un leve gesto de su mano, un camarero llegó al instante con un vaso de agua con gas adornado con limón. Vanessa ofreció al camarero una pequeña sonrisa de gratitud, y notó al instante cómo ojos cercanos se dirigían a su mesa, para luego dispersarse discretamente.
La curiosidad que rodeaba el encuentro entre dos personas sin conexión aparente era intensa. Cuántos de esos ojos pertenecerían a los hombres de su tío, se preguntó…
Pero ya era tarde para preocuparse. Además, las mesas estaban lo suficientemente separadas como para que nadie pudiera escucharlos.
—Me gustaría que viera esto primero.
Vanessa depositó con cuidado el guardapelo sobre la mesa, envuelto con delicadeza en un pañuelo.
—¿Y qué es esto?
—Creo que… era algo que mi padre llevaba consigo. En el momento del accidente.
—…
—Lo encontré hace poco. He estado buscando a alguien que pudiera decirme si de verdad perteneció a mis padres.
Benjamin levantó el borde del pañuelo y observó el guardapelo desgastado, antes de soltar un suspiro quedo.
—…Ya veo.
La cautela rígida, tan propia de los ancianos, se suavizó lentamente de su rostro.
Para él, Vanessa era en última instancia solo una muchacha, de la misma edad que sus nietos. En verdad, más cercana a una niña que a una mujer adulta.
Los niños que perdían a sus padres a temprana edad solían aferrarse con desesperación a las pertenencias. Su aparición repentina, y con su sobrino nieto, lo había sobresaltado al principio. Pero, ¿cómo ignorar tales sentimientos? ¿Cómo tacharlos de mero sentimentalismo infantil?
Sobre todo cuando Lady Vanessa había sido sumamente cortés y digna desde el momento en que se sentó frente a él.
—Me preguntaba si quizás recordaba haberlo visto antes.
—Bueno… quizás. Y quizás no.
Benjamin examinó el guardapelo con incertidumbre antes de notar el cierre semirroto. Miró a Vanessa, preguntándole en silencio si podía abrirlo.
Cuando ella asintió, el anciano desabrochó el cierre con dedos suaves. Vanessa apretó los puños con fuerza en su regazo, con la mirada fija en él.
_Clic_.
¿Alguna vez el sonido de metal al abrirse había resonado con tanta fuerza en su vida?
—Oh.
Ante la suave exclamación del anciano, Vanessa contuvo el aliento y lo miró.
—Sí. Ver esta fotografía me lo trae todo de vuelta. Cielos… Lo vi muchas veces.
El profundo pliegue entre las cejas de Benjamin se suavizó, mientras una risa cálida escapaba de sus labios.
—El joven conde solía sacarlo a la menor oportunidad. Aquel hombre, tan severo y reservado, se transformaba al presumir de su hija.
En cuanto abría la boca, todo era sobre lo adorable y preciosa que era su pequeña. Como un hombre que solo tenía dos hijos, recuerdo la terrible envidia que sentía por él.
Era un fragmento inesperado del pasado.
Por un instante fugaz, Vanessa sintió haber vislumbrado la sombra de su padre a través de las palabras del anciano. Cómo habría sonreído, cómo abriría el guardapelo para mostrarlo, con qué orgullo y sin cesar la habría consentido.
Porque en sus propios recuerdos borrosos, aún quedaban rastros de aquello.
Vanessa luchó por suprimir las emociones que se agitaban en su pecho, antes de sonreír finalmente con los ojos humedecidos.
—¿De verdad?
Así que había sido un hombre severo.
Los pocos recuerdos que conservaba de su padre solo estaban llenos de calidez y ternura.
Recordaba cómo se rió de su barba sin afeitar cuando él regresó a casa, demasiado ocupado. Y cómo, obstinado, la mantuvo durante todo un año después.
Cómo la levantaba en brazos sin importar las apariencias, cada vez que ella se aferraba a sus pantalones. Las promesas ridículas de que le daría el mundo entero.
Incluso entonces, la gente se burlaba de él sin piedad, diciendo que cualquier hombre que adoraba tanto a su hija estaba, sin duda, aterrorizado de su esposa.
—Ver tu fotografía así me recuerda esos días, de verdad creciste hermosamente.
Los ojos de Vanessa se abrieron. Entonces, incapaz de soportarlo más, bajó la mirada al instante.
_De verdad creciste hermosamente._ En toda su vida, nadie le había dicho jamás esas palabras.

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