Era un murmullo pausado, casi un suspiro de admiración. River Ross poseía una forma singular de pronunciar su nombre.
Una súbita ola de euforia la golpeó. Vanessa parpadeó, aturdida, y apretó los labios con firmeza.
—¿Qué haces aquí a estas horas?
Un dejo de diversión teñía su voz. Vanessa mantuvo los ojos fijos en el suelo.
Temía que, al cruzar su mirada, olvidaría toda ira. Lo recibiría, mansamente, como un perro que espera.
Permaneció en un silencio terco. Luego, se levantó de la silla con brusquedad y pasó a su lado, apresurando el paso.
Apenas había dado unos pasos cuando su mano se cerró sobre la muñeca de Vanessa.
—…Suéltame.
Murmuró Vanessa, con las orejas enrojecidas. No quería verlo en ese instante.
No así. Estaba completamente desprevenida, indefensa, en cuerpo y alma.
¿Quién podría haber imaginado que aparecería a esa hora? Ni un solo automóvil transitaba el camino, y él caminaba a pie, abriéndose paso entre la niebla.
La idea de que no fuera él había sido apenas un mecanismo de defensa.
La verja de hierro abriéndose. El sonido de unos zapatos masculinos en el sendero. Una presencia que se acercaba.
Mentiría si dijera que no lo había esperado. Pero, en cuanto escuchó su voz, toda su armadura se desmoronó en polvo.
No quería verse patética frente a él.
—¿Adónde vas?
—A mi habitación… Olvidé algo.
—Has esperado todo este tiempo, ¿y ahora te marchas sin siquiera mirarme?
—Es que… bueno, sí, pero por ahora… luego…
Vanessa miró con nerviosismo hacia la entrada del jardín. Se sentía dolorosamente desaliñada con su chal fino y raído, echado sin cuidado sobre la camisola.
Su cabello estaba recogido de cualquier manera, y llevaba puestas sus gafas de gruesa montura.
Cuanto más espléndido, más caballeroso lo veía, peor se sentía ella.
—Pensé que sería bueno verte.
……
—Es incluso mejor de lo que imaginaba.
Vanessa dejó de intentar zafarse. La tensión abandonó su cuerpo, antes rígido.
Todo por una frase sencilla. Implicaba que no la había olvidado, que había pensado en ella en su ausencia.
En una última defensa de su orgullo, giró la cabeza, esquivando su contacto.
—…¿Por qué tenías que volver precisamente hoy? Deberías haber regresado mucho más tarde.
Si hubiera llegado ayer, ella habría sido feliz. Si hubiese llegado mañana, lo habría olvidado para siempre.
River Ross reflexionó sobre sus palabras. Una risa corta escapó de él, percibiendo el agudo resentimiento que Vanessa no había logrado ocultar del todo.
—Entonces, me alegra no haber llegado demasiado tarde.
Su respuesta, «Me alegro de no haber llegado tan tarde», contenía un encanto devastador. En ese instante, la tensión en sus ojos, hasta entonces tercamente fijos en el suelo, se relajó apenas un poco.
Una mano grande le ahuecó la mejilla, ladeando su cabeza para que lo mirara.
Reacia a someterse con tanta facilidad, Vanessa apretó los ojos. Con una risa suave, una calidez rozó su frente, para luego retirarse.
Rozó sus párpados, adoloridos por la falta de sueño. El pequeño puente de su nariz. Y, por último, sus labios, que se habían entreabierto en un aturdimiento.
……
El beso terminó en un instante. Ni siquiera había sido profundo. River Ross la soltó con naturalidad.
—Tus labios están fríos, Vanessa.
Lo dijo como una simple observación.
—No te quedes así aquí afuera. La próxima vez, espera dentro.
Incluso en verano, la temperatura es baja antes del amanecer.
—…¿Y si acabo rompiendo algo importante tuyo?
—No me importa. Puedes hacer lo que quieras con cualquier cosa que haya dentro.
Tomó la llave del buzón, abrió el candado y entró. Vanessa, congelada en un feroz conflicto interno, finalmente lo siguió.
River Ross dejó el maletín que había traído sobre el escritorio. Se movió por el largo cobertizo, abriendo cortinas y ventanas.
El sol, ya plenamente en lo alto, derramó una luz cálida en el fresco espacio.
……
Partículas de polvo danzaban en el aire, atrapando la luz. Brillaban como oro molido.
Vanessa se sentó en una silla de madera y observó su espalda mientras se movía.
Parecía que, en la semana o más que habían estado separados, el destino lo había esculpido de una manera aún más perfecta.
Belleza, una dignidad serena y la vibrante singularidad de la juventud coexistían armoniosamente en sus elegantes facciones.
Las líneas de su cuerpo, con muslos torneados y músculos bien desarrollados, apenas se disimulaban bajo su impecable traje. Sus movimientos más sutiles poseían una cualidad casi salvaje.
Era un plebeyo más aristocrático que cualquier noble. Mientras contemplaba aquella figura improbable, recordó de pronto los rumores que las doncellas susurraban a sus espaldas.

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