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Jardin de Mayo (Novela) – Capítulo 0106

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—Ahora, a Su Majestad solo le resta sentarse y relajarse… Ah, ¿entonces fue por eso? ¿Por eso la Princesa ha estado tan irritable últimamente?

No hubo respuesta a su pregunta, ni siquiera una mirada de compasión. Edgar Lowell Marlborough se llevó una mano a la frente, como si fuera a desmayarse.

—¡Santo cielo! ¿De verdad utilizaste esto como palanca para que retiraran la propuesta de matrimonio?

Theodore se recostó en el sofá, en silencio. Su mirada se fijó en la puerta firmemente cerrada. Alcanzaba a oír la incesante conversación del Conde de Essex, que discutía acaloradamente con su experto en inversiones.

Las voces se elevaban por un instante cuando no lograban un acuerdo, para luego amortiguarse con rapidez. De vez en cuando, se escapaban algunas maldiciones groseras. Edgar, que había estado atento a lo que ocurría fuera, se encogió de hombros.

—Pero, ¿por qué el Conde de Essex? —susurró.

—Ese no parece un tema apropiado para discutir aquí.

—Me muero de curiosidad, Theodore, así que desvélalo. Estás dedicando demasiado esfuerzo a esto para que sea una simple trampa.

Con la luz a su espalda, la expresión del Duque era indescifrable. Las sombras que oscurecían sus ojos de zafiro los hacían parecer más fríos de lo habitual.

—Porque el Conde de Essex y el Conde de Somerset están en esa lista. Seguramente solo actúan como subordinados, pero tendrán la autoridad suficiente para contactar directamente con el liderazgo de la red.

—Así que vas a atraerlos lentamente para luego apretar la correa.

—Desde que se intensificaron las inspecciones a los barcos con destino al Nuevo Mundo a principios de año, su ruta de comercio de licor ha quedado bloqueada. Solo les quedan dos opciones: morir con cientos de miles de galones de whisky, o encontrar una nueva ruta.

—Esperarán que este negocio de las carreras de caballos sea su nuevo salvavidas. Los dos Condes estarán prácticamente lamiéndote las botas.

—Creerán que, si aprovechan bien esta oportunidad, podrán escalar a cotas aún mayores. Y como Su Majestad no tiene interés en la gente de bajo perfil, si juegan bien sus cartas en el momento oportuno, eso podría hacerse realidad.

Tras un momento de silencio, Edgar soltó una risa incrédula.

—¿Y aun así vas a decir que no te casarás con Lady Vanessa después de todo esto? ¿Incluso después de idear un plan para que el Conde de Somerset se convierta en el hombre más rico del Sur?

Theodore alzó la vista, que había mantenido baja. Observó el rostro de su primo, en especial sus ojos, que fingían una inofensiva falta de codicia, y sus labios inocentemente fruncidos.

El único error de Edgar fue ignorar que se habían estado observando durante mucho tiempo. Theodore leyó la ambición descarada en el rostro de su primo.

Sabía desde hacía tiempo que Edgar, con permiso de la Duquesa Viuda de Batenberg, tenía gente vigilándolo. En algún momento, habían dejado de ocultar el hecho de que lo seguían.

Era como una advertencia silenciosa: _Te estamos observando, ten cuidado._

Aun así, Vanessa había quedado expuesta a ellos antes de lo que él había previsto. Quizá fue su desconocimiento de la situación lo que llevó a una conjetura tan sencilla.

Que habían sido amantes desde el principio. Que por eso él había elegido aquel viejo almacén para pasar sus vacaciones de verano. Una historia que, al fin y al cabo, sonaba más lógica así.

—Di algo.

Theodore se acarició los labios con la mano y soltó una suave risa. Incluso le complació ver a Edgar retroceder, como si acabara de presenciar algo indecoroso.

No había camino más seguro hacia la victoria que un oponente descuidado y equivocado en una partida de ajedrez. Probablemente significaba que él parecía muy distinto a su ser habitual.

Tan diferente que la mente fría y calculadora de Edgar, siempre fingiendo ingenuidad, ni siquiera podía procesarlo.

—Bueno.

Era, en efecto, una situación verdaderamente increíble. Verse envuelto en los asuntos de una mujer de forma tan inesperada, y ahora llegar a tales extremos simplemente porque no quería ver a Vanessa arrastrada…

A decir verdad, la perspicacia de Edgar era la más precisa. Los dos Condes solo tenían un papel menor en este plan.

Su posición en la red era insignificante, y los traidores podían comprarse por mucho menos dinero. Por el mismo precio, había muchos nobles que serían mucho más leales.

Solo había una razón para pasar por un proceso tan engorroso: eran ellos quienes tenían a Vanessa sujeta.

Y, sin embargo.

—Si el matrimonio fuera el objetivo, habría encontrado un método más elegante.

—¿Entonces solo la vas a mantener como tu amante?

—¿No es un buen desenlace para todos? Al Conde se le habrá otorgado una dote más que suficiente.

—Y ella podrá hacer el trabajo que ama, en el lugar que ama. Sin el miedo a tener que casarse con un hombre de menor posición.

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