—Estoy bien. Cielos, señorita, le sangra la nariz… Tome esto.
—¿Qué ha pasado?
—Un demente se nos echó encima. Iré a ver. Usted quédese aquí.
—No… Necesito verlo por mí misma.
Vanessa se limpió la sangre con un pañuelo de encaje. Apresurada, descendió del coche. Si no se equivocaba, el hombre había bloqueado su camino a propósito. Parecía haber reconocido el coche.
Mary gritó algo a sus espaldas, pero Vanessa no la escuchó. ¿Era una ilusión, o una premonición?
Vanessa estaba segura de que el vagabundo intentaba comunicarle algo. Se acercó a él. Alman, que por fin había emergido del asiento del conductor, se apresuró, interponiéndose en su camino.
—Señorita, por favor, quédese atrás. Es peligroso.
—El accidente ya ha ocurrido. ¿Qué peligro hay ahora?
—No creo que esté en sus cabales. Si usted se queda dentro…
—¡Cielos, Alman! ¡Está herido!
El vagabundo seguía tendido en el suelo. La gente se arremolinaba, observando en silencio. Nadie ofreció su ayuda.
Los vagabundos solían terminar sus días en peleas callejeras o, como ahora, provocando altercados. Era mejor no acercarse a ellos, pensaba la multitud.
Vanessa empujó al chófer y se aproximó al vagabundo. El hombre, vestido con un harapiento uniforme de soldado, gemía. Estaba consciente, aunque el dolor era evidente en cada contracción.
La sangre manaba de una herida en su frente. Por suerte, el rápido volantazo de Alman había evitado lesiones mayores.
Sin importarle la sangre que manchaba su vestido, Vanessa se inclinó. Intentó ayudarle a incorporarse.
—¿Se encuentra bien? ¿Puede moverse?
—Ah… ugh…
El hombre se agarró la pierna herida. Emitió un gemido, como un animal herido. Sus ojos oscuros, vacíos y sin foco, revelaban un profundo estado de <i>shock</i>.
—Alman, necesitamos un médico. Está peor de lo que parece.
—¿Un médico? Pero…
—¿Y si le sucede algo? No hay tiempo. Deprisa. Dale esto si pide dinero.
Vanessa se desprendió de uno de sus pendientes de diamantes. Lo apretó en la mano de Alman.
—Señorita, esto es…
—Era de mi madre.
—Cielos.
—Es del Conde de Somerset. Dile que es solo una garantía, que bajo ningún concepto debe venderse. Prométele que volveré con el dinero en unos días.
Ella sabía que aquello era una locura. Sin embargo, no había otra alternativa. En estas ciudades de provincias, los médicos solían ser lentos. El nombre de Somerset, en cambio, poseía un peso incalculable.
—Me quedaré con él hasta que llegue el médico.
—Muy bien. Sígale hablando para que no pierda el conocimiento.
—¡Mary, trae agua caliente de esa tienda de ahí! Y una toalla limpia si tienen… ¡Deprisa!
Mary, que hasta entonces había permanecido aturdida, reaccionó al tono tajante de Vanessa. Cruzó la calle a toda prisa. Desapareció en el interior de la tienda.
Mientras tanto, el vagabundo se aferraba a la falda de Vanessa. Lo hacía como si fuera su último salvavidas.
El rostro ensangrentado del vagabundo casi la hizo desfallecer. Vanessa se armó de valor. Tomó su mano con firmeza.
—No pierdas el conocimiento. Espera un poco más. Pronto llegará alguien.
—«E…na…Tha…»
—Todo va a salir bien. Solo es un poco de sangre, pero…
—«No… Tha… No…»
—¿Qué?
Vanessa se inclinó, intentando descifrar sus murmullos. De repente, el vagabundo le agarró la muñeca. Su fuerza era dolorosa, inesperada en un hombre tan incapacitado.
Vanessa se encogió. Su rostro, mugriento y con dientes amarillentos y torcidos, se acercó al suyo. Un hedor nauseabundo emanaba de su cuerpo sucio.
—«Yo… lo sé…»
Su voz, apenas un susurro al principio, cobró fuerza.
—«En cuanto… lo oí… corrí… El sonido del motor de tu coche…»
—¿Lo sabes?
—«Sí… Ese es… el de hace siete años… Tengo… buenos oídos… Identifico los sonidos… Incluso gané una medalla por ello… Como tu amo… atrapé… a un cobarde espía Tran…»
El vagabundo jadeó. Continuó, atropellando las palabras.
—«Si… quieres que me calle… dame… más dinero… Mi hijo… está enfermo… Entonces… me iré… como desees…»

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