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—¿Estabas llorando?
Louise se secó con premura las lágrimas que habían surcado sus mejillas. Perdida en sus pensamientos, ni siquiera había notado la llegada de su esposo.
Quizás las sirvientas, indolentes como siempre, simplemente habían olvidado anunciar el regreso de su señor. Louise Winchester permaneció sentada ante su tocador, dejando que su esposo la besara.
—¿Cómo están los niños?
—Los Gemelos Winchester están tan sanos como siempre. Hermosos, igual que tú.
*Igual que tú*. Y *hermosos*.
Louise sintió las punzantes espinas ocultas en las palabras de su esposo. Él era así; ya fuera para alabar o culpar, jamás soltaba la hoja que empuñaba.
Louise se observó en el espejo, con una extraña distancia entre su reflejo y ella. Su cascada de cabello rojo, que le llegaba hasta la cintura, y sus ojos verdes aún eran cautivadores, a pesar del paso del tiempo.
Aunque últimamente, la preocupación constante había grabado tenues líneas alrededor de sus ojos. Suspiró.
—No bromees.
—¿Crees que bromeo?
El Marqués Winchester rió entre dientes, besó la nuca de su esposa una vez más y se giró hacia la consola. Sus movimientos al tomar la licorera de whisky eran precisos y económicos.
Louise observó su espalda, con una punzada de desasosiego.
—Cecily me visitó esta mañana.
—Qué bien. Deberías haber ido de compras con ella a la tienda.
—Debería. Pero por alguna razón, hoy no tenía ánimo.
Henry Winchester aflojó su corbata y soltó una carcajada repentina.
—Dicen que las mujeres se ponen melancólicas cuando sus hijos están a punto de casarse. Nunca pensé que mi esposa sería una de ellas.
—Cielos, Henry. No es eso. Me siento tan aliviada de que Blair finalmente haya sentado cabeza.
—Desde niño, siempre ha deseado una sola cosa. Siempre sospeché que al final cederías a su terquedad.
Louise intentó disimular su asombro, pero fue en vano. La palidez repentina de su rostro era inconfundible.
El Marqués tomó un lento sorbo de su whisky, una sonrisa astuta bailando en sus labios.
—No entiendo por qué detestas tanto a Vanessa.
—Tú sabes por qué. Su reputación…
—Vanessa es una buena chica. Ambos lo sabemos.
—…Ese no es el punto.
Louise mordió su labio con ansiedad, estudiando la expresión de su esposo. Una fina línea de sangre apareció en sus labios carmesí justo cuando el Marqués se movió.
Él usó su pulgar para separar sus labios apretados.
—Estás sangrando, Louise.
—Suéltame. Hoy de verdad no estoy de humor.
Antes de que pudiera terminar su negativa, sus palabras fueron ahogadas por el beso de él. Sus faldas se levantaron, sus enaguas y liguero fueron retirados.
Tras unos cuantos intentos poco entusiastas de apartarlo, Louise cedió, rodeando su cuello con los brazos. Por experiencia, sabía que en esos momentos, la cooperación era el camino más rápido hacia el final.
El sexo, en esos instantes, se asemejaba más a un castigo.
—Oh, Henry…
Sus dedos exploraron su humedad. Él entrecerró los ojos, con una cruel diversión en sus profundidades.
—Creí que habías dicho que no.
—Sí, pero por favor, date prisa…
—No estás lo bastante húmeda. Sujétate a la mesa.
Louise obedeció, aferrándose al borde de la mesa mientras sus faldas se amontonaban alrededor de su cintura. El Marqués hizo una pausa, admirándola por un momento antes de que su mano cayera con fuerza sobre su trasero desnudo.
Un agudo grito escapó de sus labios. Louise solo deseaba que todo terminara.
Henry, en esos momentos, no era el tierno esposo que ella conocía, sino un tirano. La vergüenza la invadió, impidiéndole pensar con claridad.
*¿Cómo había llegado a esto?*
Mirando atrás, el inicio de su desdicha era claro. La noche del baile de máscaras, a sus veinte años, consumida por la envidia al enterarse de que el hombre que había adorado por tanto tiempo le había propuesto matrimonio a su amiga más cercana.
Ebria y bajo los efectos de alguna sustancia, le confesó sus sentimientos ocultos, olvidando, en su estado, que ya estaba prometida con Henry.

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