El hombre la observaba. Su mirada, fija y penetrante, no era lo que la tensaba. Era la conciencia de cada mínimo movimiento escrutado.
Un calor se extendía por su piel, allí donde sus ojos se posaban. Recorrieron su nariz, sus labios, la suave curva de su mandíbula.
Subieron hasta su frente antes de descender de nuevo. Delinearon la delicada línea de su garganta, la clavícula. El prominente contorno de sus senos, visibles bajo la túnica suelta. Sus pezones tensos.
La tersa planicie de su abdomen. Y más abajo, aún….
Vanessa tragó saliva. Quiso romper el silencio tenso. Pero al instante de cruzar su mirada con aquellos ojos azules, que la veían como a través del papel donde dibujaba, el aliento se le detuvo.
Todo parecía un sueño.
El tenue calor de la chimenea. Las motas de polvo danzando en el aire. El rasgueo del carboncillo sobre el papel. El hombre en mangas de camisa. El movimiento ágil de sus brazos, fuertes, y de sus manos.
Cada vez que inclinaba la cabeza, la luz se desplazaba. Pintaba suaves sombras sobre su rostro esculpido.
Inhaló un aliento tembloroso. De repente, él sonrió.
—Relájate.
—¿Es tan evidente?
—Sigue hablando.
—¿Hablando?
—De lo que sea.
Pestañeó, sin saber por dónde empezar. River Ross, percibiendo su vacilación, le tendió un hilo.
—Algunos marineros creen en las sirenas.
—Oh, sí, he oído eso.
—Sobre todo los pescadores del norte. Creen de verdad en esos monstruos.
—Dicen que aparecen con más frecuencia cuando el invierno da paso a la primavera.
Innumerables relatos de sirenas se habían transmitido de generación en generación. Pero Vanessa ni siquiera había creído del todo las historias de su propia madre.
Las leyendas eran solo supersticiones.
Los barcos, seguramente, chocaban contra témpanos de hielo que se derretían. O con arrecifes invisibles, envueltos en la niebla….
—Esas historias probablemente solo buscan asustar a los marineros.
—Hay muchos naufragios en esa época del año.
—Sí.
—Dicen que las sirenas atraen a los marineros a su perdición. Los arrastran a sus nidos.
—Y utilizan sus cuerpos para engendrar más monstruos.
—Alimentándose de carne y sangre humana…
—Algunos creen que es una metáfora del sexo.
—La mayoría de los marineros lo creen literalmente.
—Dicen que los que son seducidos por las sirenas ni siquiera se dan cuenta, hasta que los labios del monstruo están sobre los suyos.
—River, ¿tú crees en ellas?
—No creo en nada que no haya visto con mis propios ojos. Y procura no sonreír tanto, Vanessa.
—Cierto.
Compuso sus facciones. La diversión se desvaneció al comprender por qué él no creía en dioses. Era una razón perfectamente suya, muy de River Ross.
Sus mejillas se encendieron. Se obligó a sostener su mirada. Le encantaba observarlo cuando estaba absorto en su trabajo.
Sus dedos fuertes difuminaban el carboncillo. Su mano se movía con rápida precisión, añadiendo detalles. Su rostro elegante se ruborizaba sutilmente por la concentración.
A veces, solo estos momentos de quietud eran suficientes. No hacer nada, en absoluto, se sentía pleno.
Estar en el mismo espacio, compartiendo el mismo flujo del tiempo, la colmaba de dicha. Finalmente, él levantó la mirada.
—Aquí. Echa un vistazo.
—¿Ya has terminado?
Vanessa se levantó de la cama y se acercó a su lado. Recogiéndose un mechón rebelde de cabello tras la oreja, tomó el papel de sus manos.
Un jadeo escapó de sus labios al ver el dibujo.
Era una mujer. Su torso se apoyaba contra una roca bañada por las olas. Sus ojos, fijos en un punto lejano, parecían inocentes y límpidos.
Pero sus uñas, aferradas a la piedra, eran afiladas como cuchillas.
Escamas cubrían la parte inferior de su cuerpo. Bajo la superficie del agua, su cola aleteaba. Larga y translúcida, como la de un pez. No la de un humano.
Como una sirena de leyenda.
—Me encanta….
Vanessa contempló el dibujo con asombro. Era su rostro, pero no del todo.
La criatura en el dibujo era gentil y feroz a la vez. Inocente y elegante. Estaba segura de que, si aquellos labios cerrados se abrían, revelarían dientes afilados.
—Me alegra que te guste.

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