**Capítulo 120: Oportunidades de Aprendizaje**
Incluso ante la ominosa advertencia de Myre, me había mantenido en un silencio casi letárgico. Intuía que las consecuencias serían graves tras mi llegada a este lugar, pero sus palabras infundían una cruda realidad a la situación.
Mi mente, agitada, buscaba argumentos para refutar el veredicto del Asura. No obstante, no hallé ninguno.
Aun con todo el maná que pudiera infundir para potenciar mi cuerpo, el Paso de Ráfaga implicaba una estimulación muscular tan extrema que, inevitablemente, destrozaría tanto mis músculos como mis huesos.
—Siempre concebí este mundo como un crisol de posibilidades ilimitadas, donde la magia residiría en su epicentro. Pero ahora comprendo que, sin importar dónde uno termine, siempre existe un límite que encadena a aquellos que anhelan aventurarse en lo ignoto –suspiré, alzando la vista hacia el rústico techo de madera que nos cobijaba.
—Reconozco el vasto tiempo que has dedicado a perfeccionar este arte del maná, y si bien es una osadía de mi parte indagar en tus secretos, me pregunto: ¿cómo funciona precisamente tu técnica de movimiento? –inquirió Myre, con un destello de interés perceptible en sus brumosos ojos verdes.
Primero, le narré el origen de la habilidad. Myre ya estaba familiarizada con los fundamentos de la Marcha del Espejismo, una técnica diseñada por el Clan Thyestes, lo cual me permitió ahorrar un valioso tiempo.
Acto seguido, detallé la mecánica fundamental de cómo había perfeccionado la Marcha del Espejismo a partir de su concepto original. La Marcha del Espejismo, en su esencia, era una habilidad pasiva destinada a enmascarar las fluctuaciones de maná del usuario.
Al rememorar los meses dedicados a dominar el Paso de Ráfaga con consistencia, una punzada de dolor me atenazó el pecho al constatar la futilidad de todo aquel esfuerzo.
Era la primera vez que había concebido un arte del maná que trascendía los confines de este mundo, una proeza factible únicamente gracias al conocimiento de mi vida anterior. Sin embargo, no pude revelarle tal verdad.
En su lugar, le expuse la génesis de mi idea…
—¡Fascinante! –articuló Myre, absorta en sus cavilaciones–. Explotar las complejidades del cuerpo hasta tal extremo… Jamás se me habría ocurrido una concepción semejante.
—Aunque al principio me sorprendió ver tu cuerpo en tal estado, después de que me explicases el funcionamiento de esta técnica de movimiento, resulta milagroso que tus piernas no hayan quedado lisiadas de forma permanente –continuó, aún absorta en su asombro.
—Ya no tiene relevancia, ¿verdad? No puedo emplear esta habilidad sin devastar mi cuerpo y desgarrar mis músculos, así que deberé concebir otro método para prepararme ante la inminente guerra –me encogí de hombros, esforzándome por mantener la amargura alejada de mi semblante–. Siéntete libre de utilizarlo, Myre. Que sirva como muestra de mi gratitud por sanar mis piernas.
—Hijo mío, debo confesar que albergo escasa confianza en mi capacidad para replicar lo que acabas de describirme. La magnitud del control y los intrincados ajustes necesarios para ejecutar correctamente esta Marcha del Espejismo exceden mis facultades actuales –confesó con una risa–. Me he vuelto complaciente con la edad. He ahondado en los misterios ocultos del vivum, abandonando los usos prácticos del maná hace ya mucho tiempo. Ten por seguro que los secretos de esta habilidad perecerán conmigo.
—Gracias. –Sus palabras apenas ofrecieron consuelo a mi apremiante dilema actual–. Myre, me siento un tanto aletargado, pues no he podido conciliar el sueño…
—Por supuesto, querido –respondió la Asura de inmediato. Con una última mirada de compasión, extinguió las velas que alumbraban la estancia y partió.
Al desvanecerse la luz del fuego, la cabaña se sumió en la oscuridad, y mis ojos solo alcanzaron a discernir los finos hilos de luz lunar que se filtraban por el techo de paja. Las partículas de polvo y las cenizas de los rescoldos de la chimenea danzaban en las suaves corrientes lumínicas, envolviendo el reducido espacio en una atmósfera enigmática.
Mentí a Myre al afirmar que deseaba dormir. Conciliar el sueño era lo último que anhelaba; ya había malgastado un tiempo precioso.
Cerré los ojos, sopesando mi situación presente.
Mi progresión a la etapa de Núcleo de Plata fue una grata revelación, pues mi núcleo se había refinado hasta un nivel intermedio. La magnitud de maná que ahora podía desplegar, gracias a este avance y asistido por la Rotación de Maná, superaba con creces la que había poseído desde mi llegada a este continente. Mis aptitudes en el combate cuerpo a cuerpo también habían experimentado un salto cualitativo significativo gracias a Kordri, lo que, sumado a mi dominio de la espada, me clasificaría con facilidad en la categoría AA como Aventurero, incluso sin recurrir a la magia elemental.
No obstante, a pesar de todo esto, poco podía exhibir en cuanto a la mejora de la magia o las artes del maná. Ansiaba aprender sobre las particularidades de la manipulación del maná por parte de los Asuras, pero hasta el momento, mis conocimientos en ese ámbito eran insignificantes.
Los Asuras me habían brindado un entorno óptimo para mi entrenamiento, garantizando que mi progresión fuera la correcta, pero su disposición a compartir los secretos de su dominio en la manipulación del maná parecía escasa.
La Marcha del Espejismo era la única técnica que había logrado asimilar, y aunque representaba un recurso valioso, su impacto en una batalla a gran escala sería limitado.
La manipulación del maná, en sí misma, portaba una intrínseca connotación de misterio y asombro, aunque no al nivel del Aether. Y si bien Dicathen ofrecía panoramas y posibilidades inconcebibles en comparación con mi mundo pretérito, debo reconocer que, frente a Epheotus o incluso Alacrya, mi continente natal era un mero infante en lo que respecta al conocimiento y la comprensión del maná.
En Alacrya residían Asuras, y es indudable que, a lo largo de los siglos, habían transmitido sus conocimientos sobre el maná a sus habitantes.
Desde la perspectiva de un estratega militar, si Agrona aspiraba a subyugar Dicathen, requería fuerzas suficientes no solo para invadir con éxito nuestro continente, sino también para resguardar a su Clan de los Asuras de Epheotus, quienes, con certeza, aguardaban con vehemencia cualquier indicio de debilidad por parte de los Vritra.
Para cumplir sus ambiciosos objetivos, precisaba que las razas menores de su continente superaran en fuerza a las de Dicathen.
Si bien las fuerzas Alacryanas estarían restringidas en número para la extensa expedición marítima, o por otros medios, mi mayor incógnita era la magnitud de su poder.
Me embargaba la curiosidad por la información precisa que Cynthia Goodsky había compartido con los Asuras y las principales figuras de Dicathen.
Estaba convencido de que se estaban implementando las medidas defensivas adecuadas, pero hasta que no se me revelara la información disponible, me vería obligado a especular a ciegas sobre las capacidades de las fuerzas enemigas.
Era desalentador, pues mis pensamientos se anclaban en las capacidades de los Scythes y sus secuaces. El informe que Windsom me había transmitido indicaba que un Retenedor era capaz de aniquilar a un equipo liderado por un Lance.
¿Sería yo capaz de abatir a un Retenedor con mi nivel de poder actual? No estaba seguro. Alea Triscan, la Lance que había sido asesinada, se encontraba en la fase blanca.
Si bien el desarrollo de su Núcleo de Maná se debía a los artefactos concedidos a cada Lance, poseía una cantidad considerable de poder bruto que podía emplear. Haberla aniquilado con tal facilidad, incluso con las habilidades que he cultivado durante mi entrenamiento aquí, me confirmaba que era imprudente subestimar a un Retenedor.
El resto de la noche transcurrió en una mezcla indistinguible de vaga lucidez y breves lapsos de sueño inquieto. Antes de percatarme, la cabaña se inundó con la cálida luz del sol matutino.
Me acerqué al balde vacío situado junto a la cama y lo coloqué en mi regazo. Utilizando maná para recoger un poco de agua en las palmas de mis manos, me salpiqué el rostro, con la esperanza de despabilarme.
—¿Asumo que has tenido una noche ardua? –resonó la voz de Myre desde el umbral de la cabaña.
—¿Es tan evidente? –bromeé, sintiéndome ligeramente más revitalizado por el agua fresca.
—Las sombras bajo tus ojos casi alcanzan tu mentón –rio, aproximándose a mí.
Retiró la sábana que me cubría y comenzó a desenvolver con meticulosidad las vendas de mi pierna. Percibí que sus ojos habían adquirido el mismo tono lavanda que cuando utilizó el Corazón del Reino, mientras me examinaba con esmero.
—Excelente, los huesos de tus piernas se han realineado lo suficiente como para que pueda aplicar el tratamiento completo ahora. Debí proceder por fases, no fuera a ser que los huesos y músculos comenzaran a sanar de forma incorrecta. –Las manos de Myre comenzaron a brillar con el mismo tono plateado que cuando demostró el uso del Aether.
Deslizó sus manos por mis piernas, dejando tras de sí estelas de niebla plateada. Lentamente, la niebla empezó a permear mi piel y a adentrarse en mis miembros inferiores.
Al principio, solo percibí un sutil cosquilleo cuando mis piernas, antes entumecidas, comenzaron a recuperar la sensibilidad. No obstante, no tardó en intensificarse ese leve hormigueo, transformándose en un dolor abrasador e insoportable que parecía consumir cada centímetro de mis miembros.
De no haber sido consciente de que Myre estaba sanando mis piernas, me habría sentido tentado a amputármelas en aquel mismo instante.
El que hubiera estado conteniendo la imperiosa necesidad de orinar no contribuía a la incomodidad que seguía a las oleadas de dolor creciente.
No sentía que mis piernas se estuvieran sanando. Por el contrario, parecía que la Asura me estaba forjando un par de piernas nuevas de la manera más agónica concebible.
—¡Ah! –Dejé escapar un grito ahogado mientras arañaba la cama, en un vano intento de distraerme del tormento.
—Debí advertirte del dolor, pero esencialmente estoy coaccionando a tu cuerpo para que se cure a un ritmo hiperacelerado. Con tendones desgarrados y músculos pugnando por reunirse con los huesos, puedes inferir el origen de tu padecimiento. –La Asura mantuvo su concentración en mis piernas mientras gotas de sudor perlado comenzaban a formarse sobre sus finas cejas.
El dolor persistió unos diez minutos antes de comenzar a remitir gradualmente. Al finalizar el tratamiento, flexioné con cautela los dedos de mis pies.
Con el asentimiento de Myre, moví mis piernas al borde de la cama, apoyando con delicadeza un pie tras otro antes de intentar ponerme en pie. Inmediatamente, mis piernas flaquearon bajo el peso inusitado y caí de lado.
—Ten cautela. Tus piernas están completamente sanadas, pero has perdido una considerable masa muscular en la parte inferior del cuerpo debido a este tratamiento. Quizás no estés habituado a su actual debilidad. –Myre habló con serenidad.
—Al menos no hay dolor ni molestia –respondí, incapaz de disimular la emoción en mi voz. Mis piernas se sentían más débiles, mas eso solo sería algo transitorio.
El control era absoluto.
—Esto no altera el hecho de que ya no puedes emplear el Paso de Ráfaga. No podré sanarte una vez estés en Dicathen, y cada vez me resultará más arduo curarlas.
—Lo comprendo. –Volví a intentar la simple tarea de ponerme en pie; esta vez pude mantenerme erguido, aunque mis piernas comenzaron a temblar. Tras una hora de deambular cojeando por la cabaña, apoyándome en los muebles y las paredes cercanas en busca de sostén, supe lo que debía hacer. Me apresuré al exterior, a la parte trasera de la casa, para aliviar mis necesidades, y permanecí unos minutos estirándome, respirando el aire fresco matutino que olía a rocío.
—He reflexionado sobre lo que dijiste ayer, querido –comentó Myre desde el porche–. Sobre tu incapacidad para actuar con la información que te revelé.
Negando con la cabeza, respondí: —Lo siento, Myre; lo expresé por frustración. Lo que me revelaste era un conocimiento inalcanzable en cualquier otro lugar. Tan profundo fue el impacto que me percaté del atraso de Dicathen en cuanto al dominio del maná.
—En comparación con el escaso tiempo transcurrido desde que los habitantes de Dicathen comenzaron a experimentar con el maná a través de los artefactos que les concedimos, han logrado un progreso considerable. –Saliendo de la cabaña, me hizo un gesto para que la siguiera, dirigiéndose hacia un césped inmaculadamente cuidado y recortado.
—Incluso yo estoy sujeta a restricciones en lo que me está permitido revelar, pero dado que esto es algo que ya posees, mi labor se limitará a guiarte en la dirección adecuada –dijo, deteniéndose a unos metros de mí.
—No comprendo –respondí, escudriñando nuestro entorno. No había nada a la vista, salvo densos grupos de árboles que se alzaban sobre nosotros, haciendo que la cabaña y el impoluto césped delantero parecieran insólitamente fuera de lugar.
—No te inquietes. Ya he informado a Windsom de que te ‘tomaré prestado’ por un tiempo más. –El aire a nuestro alrededor se alteró y, casi al instante, Myre activó su Corazón del Reino. Runas doradas centellearon suavemente bajo sus mangas y sus ojos verdes se transfiguraron en un lavanda radiante–. Ahora, muchacho, empleando cualquier combinación de los hechizos mágicos a tu disposición, atácame con toda tu fuerza.
Observando a la frágil y esbelta Myre de pie en el campo de hierba, vacilé ante su orden. Sin embargo, de la misma Asura de apariencia delicada emanó una presión imponente que disipó cualquier inquietud que pudiera tener respecto a herirla.
Sentí, más bien, que sería yo quien estaría en grave peligro si no acataba sus instrucciones.
—De acuerdo. –Reuní maná en mis manos, pero antes de que pudieran conjurar el hechizo que pretendía, la voz de Myre resonó desde la distancia.
—En la palma de la mano derecha, prepara una esfera de agua comprimida, mientras que la izquierda disparará una ráfaga de viento incipiente. Niño, te he instado a golpearme con todo tu poder.
Había acertado de pleno.
Ignorando sus burlas, lancé mis dos hechizos e inmediatamente concentré mi atención en la zona bajo sus pies.
—Pretendes quebrar el suelo bajo mis pies, una idea ingeniosa, debo admitir, pero agradecería que no estropearas la hierba –intervino ella después de esquivar con displicencia mis dos hechizos. Myre pisó suavemente el suelo y, antes de que mi conjuro surtiera efecto, ya lo había neutralizado.
Permanecí boquiabierto antes de recobrar la compostura. Mi mente se retrotrajo al día anterior, cuando me explicó cómo el Corazón del Reino podía emplearse para agudizar la percepción, pero jamás habría anticipado tal magnitud de efecto.
—Como ya he señalado, esta es una habilidad que ya posees –rio, dándose un golpecito en la sien–. Mi propósito es meramente orientarte en la dirección adecuada.

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