Capítulo 000 – Inicio
El vasto continente de Dicathen se asienta en torno a tres poderosos reinos. Al norte, entre las profundidades de sus florestas, se halla Elenoir; al sur, próximo a la frontera meridional, el reino subterráneo de Darv; y en la franja oriental, el extenso Reino de Sapin. Más allá de estos dominios civilizados se extienden los enigmáticos Claros de las Bestias, una vasta y salvaje extensión que permanece en su mayoría inexplorada, pues la indómita hostilidad de sus habitantes desanima a cualquier viajero, y entre ellos mismos. No obstante, la promesa de riquezas incalculables atrae anualmente a innumerables expediciones.
La cuna ancestral de los elfos es el Reino de Elenoir, enclavado en las entrañas del Bosque de Elshire. Una niebla tan densa envuelve sus dominios que desanima a cualquier intruso, salvo a los elfos, quienes logran orientarse gracias a la agudeza de sus sentidos.
El Reino de Darv es la morada subterránea de la raza enana, una intrincada red de pasajes y cavernas colosales que se extienden por incontables kilómetros bajo la superficie.
El Reino de Sapin, por su parte, se erige como la más extensa y poblada de las regiones continentales. Aunque su población es predominantemente humana, también acoge a diligentes comerciantes enanos que intercambian productos esenciales.
Los Claros de las Bestias son un santuario salvaje para una miríada de bestias y criaturas. Sus entrañas ocultan tesoros maravillosos, cuyos orígenes se han perdido en las brumas del tiempo, accesibles únicamente para los osados que se aventuran en sus profundidades. Crónicas de aventureros y mercenarios atestiguan la existencia en sus mazmorras y guaridas de seres tan perniciosos que pueden corromper la virtud del sacerdote más piadoso, transformándolo en un ser avaro y ambicioso.
Entre el Bosque de Elshire y el Reino de Sapin, se alza la imponente Cordillera de la Gran Montaña. Esta cadena montañosa, abarcando casi el noventa por ciento del continente, actúa como una colosal barrera natural, dividiendo el septentrión y el oriente del occidente y el sur.
Mientras el Reino de Darv y el Reino de Sapin forjan una interdependencia cimentada en el comercio de sus recursos, los elfos, por su parte, han optado por un férreo aislamiento, manifestando una palpable hostilidad hacia las demás razas.
Tras cerrar las ajadas cubiertas de lo que a todas luces era una enciclopedia de aquel mundo, Arthur, cabizbajo, se frotó el puente de la nariz con sus pequeños dedos. De él emanaba un aura de melancolía tan densa que resultaba casi tangible. Un profundo suspiro escapó de sus labios, un "Phuuuuk" que resonó con una tristeza impropia de una criatura tan desdentada y joven.

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