Capítulo 75: La discípula de la directora
—¿No deberían estar ustedes dos en clases?
Adrian, Renelle e Isla por fin habían decidido volver a la mansión cuando una voz desde arriba hizo que se detuvieran.
Al alzar la vista, encontraron un rostro muy familiar mirándolos desde arriba.
La directora.
—Ah, ¿estoy interrumpiendo algo?
La directora Evelina descendió poco a poco frente a ellos, pero se detuvo apenas sus ojos cayeron sobre Isla.
—Oh.
—Directora Evelina.
Reconoció Adrian su presencia, pero a ella no parecía interesarle él en ese momento.
En vez de eso, miró directamente a Isla, que ya se estaba escondiendo detrás de Renelle, y dijo.
—Qué niña tan fascinante.
Luego miró a sus dos alumnos y preguntó:
—¿Quién es ella?
Por más que lo intentara, los ojos de Evelina no podían ver nada de la niña, como si toda la información sobre ella estuviera cubierta por un velo.
En lugar de responder, Renelle puso la mano con suavidad sobre la cabeza de Isla casi por instinto, como protegiéndola sin hacerlo demasiado obvio.
—Alguien bajo mi protección.
Dijo al fin, antes de volver la vista hacia Adrian con un suspiro.
—Y, al parecer, tu nueva discípula.
La directora miró a Renelle, luego volvió la vista hacia Adrian y sonrió.
—Entonces, ¿esta es la discípula interesante?
—Sí.
Asintió Adrian.
—¿Cumple sus expectativas?
La directora Evelina soltó una pequeña risa.
Ese estudiante suyo era, sin duda, alguien muy tramposo.
Sospechaba que él ya sabía cuál sería su respuesta desde el mismo momento en que hicieron el trato.
Aun así, eso solo aumentaba su interés en él, aunque por ahora se conformaría con la otra anomalía que tenía delante.
—Muchísimo.
Respondió.
—Supongo que eso significa que te debo un favor. ¿Qué quieres pedir?
—A su debido tiempo, directora.
Respondió Adrian con simpleza.
Ya tenía una idea clara de qué favor pediría.
Pero aquel no era el momento.
Renelle, de pie a su lado, observó la interacción con un leve tic en la ceja.
—Vaya, vaya. Si no supiera más, pensaría que estoy hablando con tu amante.
Dijo de pronto la directora, al notar esa mirada.
—Por la forma en que me estás mirando.
—No la estoy mirando así.
Negó Renelle, aunque su expresión no cambió.
La directora empezó a palparse los bolsillos antes de decir:
—Juraría que traje un espejo conmigo.
…
—Olvídalo.
Dijo tras fingir buscar un poco más.
—Me iré pronto, así que no hace falta que sigas con esa cara.
Luego volvió a mirar a Isla antes de dirigir la atención a Adrian.
—Bien, entonces.
Dio unas palmadas suaves.
—Supongo que los dejaré volver a su… día bastante movido.
Estaba lista para marcharse, pero se detuvo y se volvió otra vez hacia los tres.
—Ahora bien, por la verdadera razón por la que estaba aquí…
Empezó Evelina.
—¿Por casualidad no habrán notado algo de maná corrupto por la zona?
La sombra de Adrian se extendió hacia adelante y empujó hacia arriba una escultura de hielo mientras él preguntaba:
—¿Se refiere a ellos?
—Ya veo, ya se encargaron de eso.
Murmuró ella, asintiendo.
—Entonces, si no les molesta, ¿puedo llevarme los cuerpos a los laboratorios de la academia?
Antes de que Adrian pudiera aceptar o rechazar, ella ya estaba flotando lejos, dejando atrás a los tres y dando su trabajo por casi terminado.
Bueno, no era como si Adrian tuviera mucho más que hacer con todos aquellos cadáveres.
Uno solo bastaría para Alviss. El resto podía ir a parar al laboratorio.
Su sombra volvió a hundirse en el suelo, llevándose con ella la escultura de hielo como si nunca hubiera estado allí.
Pero en cuanto volvió la cabeza, notó la mirada de Renelle sobre él.
Bueno, la había notado desde antes.
Y ella estaba realmente molesta.
—Creo recordar que a alguien se le prohibió hablar con cualquier mujer.
Dijo en cuanto sus miradas se cruzaron.
—O acaso me equivoco?
Por dentro, Adrian se rió.
Su dama era linda incluso cuando estaba celosa, pero no dejó que la sonrisa se notara cuando respondió:
—Asumí que mi dama haría una excepción, ya que se trata de la directora.
Dijo.
—Y todavía no estamos en la academia.
Bueno, ella sí había dicho cualquier mujer que se le acercara en la academia, así que técnicamente no estaba del todo equivocado.
Pero su dama seguía insatisfecha.
—No se te permite interactuar demasiado con la directora.
Añadió una nueva regla al castigo.
—A menos que sea necesario.
—¿Así mi dama quedará satisfecha?
Preguntó Adrian.
…
Renelle lo pensó un momento antes de asentir.
—Sí. Tu obsesión solo debe estar dirigida hacia mí, hacia nadie más.
—Como usted desee, mi dama.
Ahora sí, Adrian sonrió.
Mi dama de verdad es muy linda cuando está celosa.
Las verdades absolutas siempre merecían ser repetidas varias veces.
Mientras tanto, Isla, que había estado observando en silencio aquel intercambio, ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Ustedes dos están peleando?
Preguntó en voz baja.
Renelle se volvió hacia ella sorprendida, antes de negar con la cabeza.
—No.
Adrian respondió al mismo tiempo con una ligera sonrisa:
—Para nada.
Isla asintió y se aferró a la mano de Renelle sin decir nada más.
Renelle se aclaró un poco la garganta y volvió a echar a andar con la pequeña mano de Isla aún en la suya.
—Vamos.
Su molestia de antes había desaparecido por completo, derretida por la presencia de Isla.
Eso hizo sonreír incluso a Adrian.
Si este era el resultado de alterar la trama, entonces bien podía hacerlo más a menudo.
Quizá así llegaría a ver todavía más del lado adorable de su dama.
Por desgracia para él, su actual interferencia con la trama lo había puesto en el radar de cierto individuo.
Y las consecuencias no tardarían en llegar.
***
—¿Qué fue lo que dije?
Murmuró la figura que lo observaba antes, conocida por su culto como el Maestro.
—Eso es.
—Creemos una existencia singular nacida del exceso. Una nacida de la corrupción acumulada, de un umbral que jamás debería alcanzarse.
—Si se la deja sin control, lo devorará todo.
Miró a su alrededor y notó que sus científicos seguían moviéndose, cumpliendo sus órdenes sin que ninguno fuera consciente de su presencia.
Bueno, eso era de esperarse.
Después de todo, él se encontraba en un espacio completamente diferente, uno que le permitía ver cualquier lugar que quisiera sin abandonar jamás la capital real.
El laboratorio a su alrededor estaba lleno de herramientas mágicas de todo tipo, pero eso no era lo que más llamaba la atención.
En el centro había un gran tubo, y flotando dentro del líquido verde que contenía había una masa informe no más grande que el puño de un bebé.
Pero la enorme cantidad de maná que desprendía dejaba claro el peligro que representaba.
El hombre sonrió al contemplar su creación.
—Parece que vamos adelantados.
Murmuró el Maestro.
—¿No es así…?
—¿Rey Espiritual Corrupto?

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