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El mayordomo de la dama – Capítulo 53

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Capítulo 53: La Verdad de su Mayordomo [2]: Aparece el Fundador [Capítulo Extra]

Renelle permaneció inmóvil mientras diferentes escenas se desarrollaban ante sus ojos.

—¿Cuánto tiempo llevaba allí?

No tenía idea.

Lo único que sabía era que había visto al joven Adrian, frío y sin emociones, crecer hasta convertirse en el mismo Adrian que conocía ahora.

Y a esas alturas ya había comprendido algo:

Su mayordomo, a diferencia de ella, no era un regresor.

Lo había entendido al observarlo durante todos aquellos «años».

Lo vio siendo expulsado por sus «guardianes» en cuanto legalmente pudieron hacerlo, recibiendo de ellos lo mínimo indispensable hasta que al final dejaron de darle incluso eso.

Lo vio intentar comportarse como una persona normal solo para encajar en la sociedad.

Lo vio sonreír aunque sus ojos siguieran vacíos.

Había llegado a ser tan bueno fingiendo emociones que cualquiera creería que eran reales.

Y sin embargo, de alguna manera, Renelle podía distinguirlo.

El único momento en que no necesitaba fingir de verdad era cuando estaba solo en su apartamento leyendo cierto manhwa:

La Santa y la Corona de Plata.

Y esa era la verdadera razón por la que Renelle seguía tan quieta ante todo aquello.

No era por la expresión de Adrian.

Era por el propio manhwa.

O mejor dicho, por los personajes que aparecían en él.

Adrian estaba sentado en una silla, ya algo mayor, quizá un adolescente, con una postura relajada, una pierna ligeramente estirada y un dispositivo rectangular brillante en la mano.

—Qué cliché.

Murmuró mientras volvía a leer la historia.

Para ese momento la obra ya estaba terminada, y aun así él seguía leyéndola una y otra vez.

Ella, igual que él, ya había visto esas páginas múltiples veces, pero su mente seguía luchando por aceptar que su mundo no era más que un libro ilustrado en el de Adrian.

Renelle siguió preguntándose si todo eso no sería simplemente una ilusión creada por la mazmorra, hasta que Adrian habló de repente y le interrumpió el pensamiento.

—Si hubiera tenido a alguien que no la abandonara.

Dijo de pronto, deteniéndose en la página donde el príncipe la apuñalaba.

—¿Habría cambiado algo?

—¿Habría acabado así de todos modos?

Se quedó un rato más observando esa página antes de añadir:

—Quiero verlo.

La expresión en su rostro era una que Renelle había visto demasiadas veces en la cara de su mayordomo.

Su obsesión había empezado allí.

En ese mismo momento.

Renelle observó cómo el mundo a su alrededor volvía a deshacerse, algo a lo que ya empezaba a acostumbrarse.

Cuando volvió a abrir los ojos, estaba otra vez en las calles, pero esta vez no en medio de donde pasaban aquellas carrozas de metal, sino a un lado, entre personas que no podían verla.

Al otro lado estaba Adrian, con un aspecto que dejaba claro que no había dormido en horas, si se tenían en cuenta las ojeras bajo sus ojos.

Esperaba con calma algo.

—¿Quizá una de esas grandes carrozas que transportaban a mucha gente?

Pero al segundo siguiente ocurrió algo inesperado.

Un momento estaba quieto en la acera y al siguiente apareció justo en medio de la calle, con una gran carroza de metal yendo directamente hacia él.

Sin pensarlo, sus piernas se movieron para correr hacia él…

O al menos lo intentaron.

Pero justo antes de alcanzarlo…

¡BAM!

***

—¡Adrian!

Gritó Renelle, abriendo los ojos de golpe, claramente sacudida por la imagen de su mayordomo siendo atropellado por aquel vehículo.

Le tomó unos segundos tranquilizarse lo suficiente como para notar que el entorno había vuelto a cambiar.

Ahora parecía estar dentro de un lugar similar a un templo de piedra, y en cada pared había textos parecidos a los que habían visto en la puerta de la mazmorra.

—¿Y-Ya volvió?

Murmuró, porque aquello no se parecía en nada a la arquitectura moderna que, de alguna forma, ya había empezado a reconocer.

—Supongo que ya lo descubriste.

Una voz familiar sonó a su lado, haciendo que girara la cabeza de inmediato.

Allí estaba su mayordomo, que también parecía haber despertado hacía apenas un instante de la prueba que la mazmorra les había impuesto.

Renelle tenía un sinfín de preguntas.

Pero en el momento en que lo vio de pie, vivo, todo lo demás dejó de importar.

Sin siquiera decidirlo conscientemente, su cuerpo se movió y antes de que Adrian pudiera reaccionar, sus brazos quedaron firmemente rodeando su cuello.

Escondió el rostro en la curva entre su hombro y su cuello y, sin decir una sola palabra, se quedó así.

Él se sorprendió bastante por el abrazo repentino.

Por los recuerdos que la mazmorra le había mostrado de Renelle, había concluido que ella había visto lo mismo que él.

Lo más probable era que hubiera visto sus recuerdos reales y no los del antiguo Adrian, lo que significaba que ya sabía que él venía de la Tierra, y no que era un regresor, como había dicho.

Un abrazo era lo último que esperaba.

Adrian no se dio cuenta, pero sintió una especie de alivio.

Como si por fin se hubiera quitado un peso de encima.

Renelle, por su parte, siguió abrazándolo durante un buen rato, hasta que finalmente se calmó y se aseguró de que él realmente seguía vivo.

Y justo entonces apareció la vergüenza.

Tanta, que hasta le resultó difícil soltarlo, porque estaba segura de que si lo miraba a la cara en ese momento solo se avergonzaría aún más.

Por desgracia para ambos, ese momento no podía durar para siempre, porque una voz los interrumpió de golpe.

—Ah, el amor joven… lo que daría por volver a sentirlo.

Renelle lo soltó al instante, para gran decepción de Adrian.

Los dos se volvieron hacia la voz y allí vieron lo que parecía ser un anciano holográfico.

Era translúcido, estaba rodeado por un brillo dorado y sonreía.

Adrian frunció el ceño al verlo.

Bueno, llamarlo anciano era quizá exagerar un poco, porque aparentaba tener poco más de cuarenta años.

Le resultaba extrañamente familiar, aunque no tuvo que pensar demasiado para darse cuenta de por qué.

Al notar las miradas sobre él, el hombre se irguió y los miró con una sonrisa, exactamente en la misma pose que la estatua dorada situada en el centro de la academia.

Y eso solo podía significar una cosa.

Ese hombre era…

—¿El fundador?

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