Capítulo 43: Bienvenido a la Academia [Capítulo Extra]
—¿Qué?
Preguntó Renelle al notar la mirada de Adrian, que llevaba un buen rato fija en ella.
Los dos iban en ese momento dentro de un carruaje rumbo a la academia, donde Adrian iba a formalizar su admisión.
Renelle, en cambio, no tenía que preocuparse por eso, ya que era alumna de segundo año y llevaba estudiando allí desde el primero.
—Se ve hermosa.
Respondió Adrian con calma.
Renelle llevaba el uniforme estándar de la academia:
Un blazer blanco con líneas negras a lo largo del cuello y de los bordes.
Debajo, una camisa blanca y una cinta.
Su falda era negra, plisada, con dos líneas blancas paralelas en el borde inferior.
Y completando el conjunto llevaba medias largas negras de estudiante, algo que estuvo a punto de hacer que Adrian apreciara la escritura del autor…
Casi.
Él, por su parte, iba vestido de forma similar, con corbata en lugar de cinta y pantalones negros largos en vez de falda, mientras sus gafas seguían descansando sobre su rostro.
—Eso ya lo dijiste antes.
Respondió ella, claramente poco impresionada por lo que asumió que era un comentario superficial.
O al menos eso era lo que quería que él creerá.
—¿Preferiría un elogio detallado?
Preguntó Adrian, con una sonrisa asomando en el rostro.
Renelle cruzó las piernas y se reclinó ligeramente contra el asiento.
—… Adelante.
Probablemente debería haber pensado mejor esa decisión.
Y sin duda se arrepentiría unos segundos después.
—Su uniforme está diseñado para suprimir la individualidad —empezó Adrian con calma—. Y crear una sensación de igualdad entre los estudiantes.
Su mirada bajó un instante antes de volver a su rostro.
—Y aun así, fracasa.
Renelle lo escuchó con expresión tranquila, haciendo todo lo posible por no sonrojarse mientras concentaba maná frío en sus mejillas.
—Porque incluso con algo tan estándar —continuó—. Usted destaca.
Adrian estaba lejos de haber terminado.
—Su postura, su presencia, la forma en que se mueve —dijo, mirándola directamente a los ojos—. Hacen que todo lo demás parezca inferior.
—Da la impresión de que es el uniforme el que está siendo…
—Adrian.
Lo llamó Renelle en voz baja, interrumpiéndolo.
—¿Sí, mi dama?
Respondió él con una pequeña sonrisa.
—… Basta.
Ordenó.
—Como desee, mi dama.
Respondió sin perder la sonrisa, porque sabía perfectamente por qué le estaba pidiendo que se detuviera.
Renelle no lo detuvo porque estuviera molesta ni nada parecido.
La razón real era que cada segundo le costaba más mantener la expresión calmada, y si él seguía hablando, estaba segura de que su cara se pondría roja.
Y eso sería vergonzoso.
El silencio volvió al carruaje, pero Adrian seguía mirándola sin disimulo, y Renelle era muy consciente de ello.
—¿Qué pasó con la criada?
Preguntó, intentando desviar la atención de sí misma, aunque fuera por un momento.
Adrian se llevó una mano al mentón, recordando los eventos de la noche anterior, antes de responder:
—La hice entregar como regalo, para ellos.
Ella entendió perfectamente a quién se refería con ese «ellos», así que no se molestó en preguntar más.
Solo asintió.
—Ya veo.
Dijo antes de volver a preguntar.
—¿Viva?
Él la miró a los ojos, curioso de si acaso no había adivinado ya la respuesta, pero aun así contestó:
—Era un peligro para mi dama tanto en la vida pasada como en esta —dijo con calma—. Así que eliminé ese peligro.
Ella observó su expresión un momento antes de volver la vista a la ventana del carruaje, mirando los edificios que pasaban mientras murmuraba:
—Eso imaginé.
—¿Sentía lástima por la criada?
Ni un poco.
Además, si Adrian no se hubiera ocupado de ella, lo habría hecho ella misma.
Quitar aquella espina que había crecido dentro de su mansión era necesario.
El silencio volvió a instalarse, pero esta vez Renelle se sentía bastante menos avergonzada.
—¿Hm?
Dejó escapar Adrian cuando un pequeño zorro flotó hasta él y volvió a descansar sobre su cabeza, aparentemente su lugar favorito ahora.
Renelle observó la escena, preguntándose por qué su espíritu se había encariñado tan rápido con Adrian.
Probablemente porque fue él quien le dio el loto la «primera» vez que se encontraron.
Y hablando de esa primera vez…
—¿Cómo pudiste verla?
Preguntó de pronto, atrayendo otra vez su atención.
—¿Hm?
Respondió Adrian.
—A Crystal.
Aclaró Renelle.
—Pudiste verla la primera vez, incluso aunque su presencia estaba oculta.
Si un espíritu ocultaba su presencia, aunque siguiera ocupando más o menos el mismo espacio físico, se volvía completamente invisible.
Salvo si uno tenía ojos especiales como la Santa, como Isla o…
—Mis gafas.
Respondió él mientras se las acomodaba con suavidad.
—Son una herramienta mágica.
Renelle hizo una pausa y volvió a fijarse en las gafas sobre su rostro.
Si había algo de lo que estaba segura, era de que todo lo que él hacía tenía alguna relación con ella.
Pero todavía no podía estar segura de que esas fueran exactamente las mismas herramientas.
—¿Dónde las conseguiste?
Preguntó con voz más baja que antes.
—En la tesorería secundaria de la familia Ardent.
Respondió.
—Fueron una recompensa que me concedió el Patriarca después de terminar mi entrenamiento.
Ya no tenía dudas.
Eran las mismas herramientas mágicas que en su vida pasada ella le había regalado al príncipe.
Las mismas que él había desechado delante de ella.
—Ya veo.
Murmuró antes de volver la vista a la ventana y añadir, casi en un susurro.
—Te quedan mejor a ti.
—¿Hm?
Preguntó Adrian, que no había alcanzado a oír lo último.
—Nada.
Respondió Renelle.
Entonces Adrian volvió su atención hacia el pequeño zorro que tenía sobre la cabeza y levantó una mano para acariciarlo, cosa que el espíritu aceptó encantado, a diferencia de cierto gato que en ese momento seguía dentro de su bóveda.
—Yo no soy una mascota.
Resonó la voz de Noctis directamente en su mente, pero Adrian la ignoró por completo y siguió acariciando al zorro de hielo de tres colas.
El trayecto en carruaje duró un poco más antes de detenerse de pronto frente a un imponente conjunto de puertas.
Más allá se alzaba un edificio igualmente grandioso, con estudiantes entrando y saliendo por las puertas abiertas, todos con uniformes similares a los de Adrian y Renelle.
El cochero abrió poco después la puerta del carruaje y permitió que ambos bajaran.
Entonces Renelle se volvió un poco hacia él.
—Bienvenido a la academia.

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