Capítulo 18: Bienvenido a la Capital Real
Dos días.
Ese era el tiempo que normalmente tomaba viajar desde el norte hasta la capital real y, justo por casualidad, también era el tiempo que le quedaba a Adrian antes de que ocurriera el capítulo que pondría a su Renelle en el camino de la villanía.
Durante el baile real anual.
Si salía un día después, se perdería el evento.
Por eso decidió partir el mismo día en que regresó a la mansión Ardent.
—¿Está seguro de que no quiere descansar un poco antes de salir?
Preguntó el cochero, un hombre que parecía rondar los veinte y tantos y que llevaba un pesado abrigo de piel.
Había estado mirando de reojo el corte en la mejilla de Adrian, uno que todavía no terminaba de sanar por completo.
Al notar su mirada, Adrian pasó un dedo por la herida, la cubrió con sombra y, en cuanto la sombra la tocó, la herida desapareció como si nunca hubiera existido.
No era exactamente una técnica curativa.
Sería más correcto llamarla una técnica de ocultamiento.
La herida seguía allí, pero estaba escondida.
Aun así, eso también aceleraba un poco su recuperación, ya que la capa de sombra atraía el maná de Adrian directamente hacia esa zona.
—Estoy bien.
Respondió después.
—Cuanto antes parta, antes estaré al lado de mi dama.
El cochero, todavía impactado porque el chico acababa de borrar la herida de su rostro —al menos desde su punto de vista—, salió de su sorpresa y asintió.
—Ya veo.
Dijo antes de abrir la puerta del carruaje para dejar pasar a Adrian.
En cuanto este tomó asiento, el cochero cerró la puerta y subió a su sitio, sujetando las riendas que iban amarradas al cuello de unos enormes Lobos de Escarcha…
Sí.
Las mismas bestias contra las que Adrian había peleado antes.
Ahora estaban domesticadas y eran utilizadas para arrastrar carruajes.
El cochero tiró ligeramente de las riendas y las bestias empezaron a moverse de inmediato, pasando por las puertas de la mansión Ardent y dejando atrás la entrada principal del norte.
Adrian se apoyó junto a la ventana y observó el paisaje pasar con expresión impasible.
Comparado con la mayoría de los territorios gobernados por las cuatro grandes familias nobles, se podía decir que la gente del norte era relativamente feliz.
Sí, había hambre.
Sí, había crimen.
Pero todo eso se mantenía al mínimo y ni un solo habitante podía dar una razón real para odiar a Boreas Ardent.
Todo eso habría cambiado cuando su esposa muriera por culpa de sus propias manos, obligándolo a volverse más un tirano que el gobernante que el norte había conocido hasta entonces.
Aunque los pensamientos de Adrian no estaban centrados en la situación actual del norte.
Tampoco en lo que habría pasado si él no hubiese intervenido.
No.
Solo había una idea repitiéndose una y otra vez dentro de su cabeza:
*“Por fin voy a conocer a mi Renelle.”*
No estaba seguro de si aquello era nerviosismo.
Pero sí tenía claro que se trataba de emoción.
La había visto en el manhwa tantas veces que sus rasgos estaban grabados para siempre en su mente.
Pero verla en unas páginas y verla de verdad eran dos cosas completamente distintas.
Y en solo unos días podría tocarla con sus propias manos.
“Borra esa sonrisa. Me está dando escalofríos.”
Dijo Noctis de pronto, cómodamente tumbado en el asiento frente a él.
Adrian ni siquiera se había dado cuenta de que estaba sonriendo hasta que el gato lo señaló.
Pero, en vez de borrar aquella expresión, soltó una pequeña risa.
—Me pregunto a qué olerá.
Añadió mientras se apoyaba otra vez en la ventana, observando distraídamente las llanuras cubiertas de nieve correr a su lado.
No podía esperar para averiguarlo.
***
[Dos días después]
El cochero, que se había presentado como Felix, tenía la mirada completamente vacía mientras tiraba suavemente de las riendas para que las bestias redujeran la velocidad.
—¿Y la razón de aquella expresión?
Bueno, no era otra que el monstruo que viajaba dentro de ese carruaje.
El mayordomo de la joven dama.
Durante las primeras horas del viaje, todo había marchado con normalidad.
Como siempre.
La manada de lobos bastaba para ahuyentar a cualquier bestia que quiera interponerse en el camino, así que Felix no estaba demasiado preocupado.
Eso, claro, hasta que las bestias se detuvieron de golpe, negándose a seguir adelante.
Al principio le pareció extraño, ya que no había nada bloqueando el camino, pero pronto entendió lo equivocado que estaba cuando miró al frente.
Al principio parecía solo un montón de nieve al borde del camino.
Pero luego esa “nieve” empezó a moverse.
Se levantó y dejó ver su verdadera forma.
Parecía una especie de ciervo, aunque muchísimo más grande que cualquier criatura natural que Felix hubiera visto jamás.
Su pelaje era completamente blanco, lo cual no tenía nada de raro tratándose de una criatura del norte.
Lo extraño eran sus cuernos.
Igual que las garras de los lobos, tenía cuernos con aspecto cristalino, retorcidos como los de un carnero.
Los ojos blancos y brillantes de la criatura estaban clavados directamente en Felix, que ni siquiera se atrevió a respirar.
Los Lobos de Escarcha gruñeron en voz baja, con el pelaje erizado, pero no avanzaron.
Sus instintos les decían que aquello no era una bestia normal.
Ya se habían topado con depredadores.
Sí.
Pero nunca con algo como eso.
—¿Por qué nos detuvimos?
La puerta del carruaje se abrió y Adrian bajó de él.
Había estado meditando cuando el carruaje se detuvo y, al ver que no volvían a ponerse en marcha, decidió bajar para comprobar qué estaba pasando.
Antes de que Felix pudiera responder, Adrian levantó una mano y giró lentamente en la dirección hacia donde los lobos gruñían.
Los ojos de Felix se abrieron de golpe cuando también miró hacia allí.
El ciervo había reducido rápidamente la distancia, pero justo antes de alcanzar a los Lobos de Escarcha se quedó inmóvil.
No.
Más que quedarse inmóvil, era más correcto decir que estaba siendo retenido…
¿Por su propia sombra?
—Tengo que llegar al lado de mi Renelle lo antes posible, así que no aprecio nada que se interponga en mi camino.
Dijo Adrian.
Y, con esas palabras, cerró el puño.
La sombra envolvió por completo al ciervo y, al instante, varias estacas atravesaron su cuerpo por el lado opuesto.
La bestia ni siquiera tuvo tiempo de emitir un sonido.
Su vida se extinguió en el acto.
Felix observó cómo Adrian volvía al carruaje con total tranquilidad y cerraba la puerta, esperando que el viaje continuara.
Y aquella no había sido ni siquiera la única vez.
Situaciones parecidas se habían repetido una y otra vez a lo largo del camino, y aun así aquel monstruo se había encargado de todas ellas como si no fueran más que pequeñas molestias.
A esas alturas, Felix ya le tenía más miedo al mayordomo que a cualquiera de las bestias del camino, así que no se había atrevió a detenerse ni una sola vez.
Ni siquiera cuando tenía sueño.
Seguía adelante por puro miedo a retrasar el encuentro del mayordomo con su dama y terminar igual que las bestias que habían osado interponerse en su camino.
Pero por fin llegaron a las puertas de la capital, donde ambos mostraron sus credenciales a los guardias y se les permitió entrar.
—Bienvenidos a la Capital Real.
Dijo uno de los guardias cuando por fin se abrieron paso.

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