Capítulo 16: Boreas Ardent
El patriarca de la familia Ardent, Boreas Ardent, era un hombre extraño…
Por decirlo de forma suave.
En el manhwa era descrito como un gran padre para sus dos hijos, pero también como un hombre que trataba incluso a sus sirvientes como si fueran, en cierto modo, parte de la familia, algo muy poco común, sobre todo en un Gran Duque.
El recuerdo más antiguo y el único que Adrian tenía de él era de cuando Renelle lo había llevado por primera vez a la mansión.
Boreas había exigido conocer al niño que su hija había recogido de la calle y Adrian estaba completamente seguro de que lo echarían.
Después de todo, así eran los nobles.
Avaros, egoístas y nacidos con un desprecio absoluto hacia quienes estaban por debajo de ellos.
O, al menos, eso era lo que él creía.
Pero, en vez de reaccionar como esperaba, el patriarca solo lo miró con una sonrisa cálida y le dijo:
—Bienvenido a la familia Ardent.
Y luego lo dejó en manos de Sebastian para que lo entrenara.
Fue así como Adrian fue llevado a la base privada de entrenamiento de los Ardent, la que estaba más allá del Bosque Helado, donde fue moldeado para convertirse en el mayordomo personal perfecto para la dama.
Según el manhwa, aquella forma de actuar se debía a su esposa, que también era una plebeya.
Más específicamente, había sido una criada de la casa Ardent.
Una cosa llevó a la otra y acabaron casándose y teniendo dos hijos, y el hecho de que ella hubiera sido una plebeya nunca fue exactamente un secreto.
Por eso muchos otros nobles miraban a esa familia por encima del hombro.
Bueno, no en público, claro.
Porque perderían la cabeza en cuanto Boreas notara el menor desprecio hacia su familia.
Y casi no había nadie en Avera capaz de detenerlo.
Después de todo, era un mago espiritual de rango SS con un espíritu primordial.
A pesar de su carácter amable, Boreas Ardent no era un hombre al que nadie en Avera se atreviera a subestimar.
La bondad y la debilidad eran dos cosas completamente distintas.
Y el patriarca de la familia Ardent poseía muy poca de la segunda.
Incluso sentado detrás del escritorio, la presión que emitía era imposible de ignorar.
Aunque estaba bien contenida y casi era invisible para un ojo inexperto, Adrian todavía podía sentirla empujando sobre él.
Aquella era la presencia de alguien que había permanecido en la cima del poder durante décadas.
—…Parece que tuviste un viaje bastante movido.
Dijo el patriarca con una sonrisa.
—Y también parece que has crecido mucho desde la última vez que te vi.
Claro que había crecido.
Solo tenía cinco años cuando conoció al patriarca y, en ese momento, tenía dieciocho.
Era lógico que trece años después se viera diferente.
Adrian miró a Boreas mientras este seguía hablando.
—También escuché que te enfrentaste a un Yeti de Escarcha y aun así lograste regresar de una pieza.
Añadió.
—Es impresionante.
Adrian se limitó a asentir en silencio ante el elogio.
No necesitaba decir nada más.
Boreas apoyó la barbilla ligeramente sobre una mano y lo estudió con expresión pensativa.
—También escuché que lograste sacar algo bastante interesante de esa cueva.
Continuó el patriarca.
En cuanto oyó esas palabras, Adrian comprendió por fin por qué lo habían llamado.
Claro.
Nada de lo que ocurría en los territorios del norte escapaba a los ojos de la familia Ardent.
Lentamente, llevó la mano hacia el interior de su uniforme, donde se reunían las sombras, introdujo la mano en ellas y sacó lo que guardaba allí.
En el momento en que el objeto apareció, la temperatura de la habitación descendió ligeramente.
Descansando sobre la palma de Adrian estaba un pequeño loto de cristal, con pétalos que brillaban como vidrio congelado y una niebla helada elevándose de él.
Incluso alguien que no conociera los tesoros espirituales sabría de inmediato que aquello era algo extraordinario.
Por un momento, la expresión calmada de Boreas cambió.
Sus ojos se entrecerraron apenas.
—El Loto Soberano de Escarcha.
Dijo, sin apartar la vista del loto durante varios segundos antes de volver a mirar a Adrian.
—…De verdad eres un niño afortunado.
Pero Adrian notó algo interesante.
Por el más breve de los instantes, cuando Boreas había mirado el loto, había aparecido otra cosa en sus ojos.
Esperanza.
Y entonces recordó algo importante del manhwa:
La razón por la que la esposa de Boreas solo aparecía una vez.
Estaba enferma.
Normalmente, no había enfermedad ni maldición demasiado difícil para los sanadores de los Ardent.
Pero aquella vez era distinto.
Ni siquiera la Iglesia, especializada en maná de luz y curación, había podido hacer nada.
Era una enfermedad conocida como Síndrome del Corazón de Escarcha, algo que la esposa del patriarca había desarrollado después de que su contrato con un espíritu de hielo incompatible saliera mal.
Según la Iglesia, tesoros especiales cargados de maná como el Loto Soberano de Escarcha debían ser capaces de reprimir esa enfermedad durante mucho tiempo.
El problema era que la familia Ardent no tenía idea de dónde estaba el loto.
Y esa era precisamente la razón de la esperanza que Boreas había mostrado al verlo en las manos de Adrian.
—Me gustaría…
Empezó a decir, solo para verse interrumpido de inmediato.
—No.
Adrian negó con la cabeza mientras retiraba el loto.
Durante unos segundos, el silencio se extendió entre ambos.
Pero Adrian pronto comprendió que el patriarca probablemente no entendía por qué se negaba, así que decidió explicarlo.
—Conseguí el loto como regalo para el espíritu de mi dama, y no tengo intención de cederlo.
Empezó a decir.
El ceño de Boreas se oscureció un poco más.
Hasta que Adrian añadió de repente:
—Además, el Loto Soberano de Escarcha no haría más que acelerar la enfermedad de su esposa.
Recordaba la explicación del manhwa con total claridad.
La enfermedad se alimentaba del maná de hielo.
Y precisamente por eso el Loto Soberano de Escarcha era a la vez un tesoro…
Y un veneno.
Si Boreas lo usaba con ella, el resultado solo aceleraría aquello que la estaba matando.
Durante unos segundos más, la habitación volvió a quedar en silencio.
Boreas siguió mirando al joven que tenía delante.
No le molestaba la forma en la que Adrian le había hablado.
Lo que realmente lo inquietaba era la implicación de sus palabras.
Si lo que Adrian decía era cierto, y el loto de verdad aceleraría la enfermedad de su esposa…
Entonces, ¿por qué la Iglesia se lo habría recomendado en primer lugar?

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