Capítulo 12: La Prueba Final {3}: La Cueva
Tres días.
Eso fue lo que tardaron Adrian y Noctis en llegar al borde del bosque, un lugar que ahora sabía que se llamaba Bosque Helado.
Solo conocía el nombre por la cantidad de bestias que vivían allí.
Según el manhwa, era el bosque más peligroso del norte.
Claro, la autora solo lo había mencionado porque los dos protagonistas encontraron una oportunidad allí.
Y fue precisamente por esa oportunidad que Adrian había tomado un desvío y había alargado su viaje de uno a tres días.
—¿Había valido la pena?
Oh, definitivamente sí.
Extendió la mano cansada hacia uno de los árboles y su mano se hundió en él.
Cuando la retiró, había algo descansando sobre su palma.
Parecía una flor de loto, salvo por el hecho de que sus pétalos eran completamente transparentes y una especie de niebla salía de ella.
Incluso a través de los guantes, Adrian podía sentir el frío intenso que irradiaba aquella flor.
—El Loto Soberano de Escarcha.
Murmuró en voz baja mientras observaba la luz atravesar los pétalos.
Era un objeto que en el futuro habría resultado muy útil para la santa y para el príncipe.
Por desgracia para ellos, él había puesto las manos sobre él primero.
Y esa era solo una de las muchas oportunidades que pensaba arrebatarles.
Aunque conseguirlo había sido un fastidio, sobre todo porque antes tuvo que lidiar con su “guardián”, lo que lo dejó casi sin maná y, aunque no lo pareciera, con un par de huesos rotos.
Era el regalo perfecto para el espíritu de su dama.
Los núcleos de bestia habrían bastado, sí.
Pero su Renelle solo merecía lo mejor.
Y el Loto Soberano de Escarcha era lo mejor que el Bosque Helado podía ofrecer.
***
[Un día antes]
Adrian seguía el rastro dejado por Sebastian cuando notó algo más.
Bueno, en realidad ya lo había notado antes, pero no le había prestado atención, ya que no parecía ni un obstáculo ni algo lo bastante importante como para requerir su interés.
O eso creía.
—Qué curioso.
Murmuró Noctis.
—¿Qué ocurre?
Preguntó Adrian mientras seguía caminando.
El gato no respondió enseguida.
En cambio, la propia sombra de Adrian dejó de moverse y apuntó hacia cierta dirección.
“Hay una concentración de maná aquí.”
Adrian frunció ligeramente el ceño.
Que hubiera maná en el ambiente no era extraño.
De hecho, las zonas ricas en maná eran bastante comunes en territorios dominados por bestias.
Pero Noctis sonaba…
Intrigado.
—No es maná normal.
Aclaró el espíritu.
— Es frío.
Adrian por fin se detuvo al recordar un detalle importante del manhwa.
La frase de Noctis era exactamente la misma que había dicho el espíritu del príncipe durante uno de los arcos en un bosque helado.
—¿Coincidencia?
Probablemente.
Pero él no iba a dejar algo así en manos de la suerte.
El rastro de maná de Sebastian no iba a desaparecer pronto, así que todavía tenía tiempo suficiente para permitirse un pequeño desvío.
Dejó que las gafas se concentraran en el grupo de maná helado que se acumulaba a lo lejos y comenzó a caminar hacia allí.
Le tomó varias horas de caminata hasta que el rastro finalmente los condujo a cierto lugar.
La entrada de una cueva.
En ese punto, Adrian ya estaba seguro de que se trataba exactamente del mismo sitio que aparecía en el manhwa, porque en cuanto puso un pie frente a la entrada, una pesada presión cayó sobre sus hombros.
—¿Cómo iba la historia otra vez?
Ah, sí.
Siglos atrás, se creía que el norte era una tierra tan cálida y fértil como las otras tres regiones e incluso como la propia capital.
Eso fue así…
Hasta que un dragón de hielo llegó a ella.
Nadie sabía de dónde había salido la criatura.
Algunos registros aseguraban que había descendido desde los mares del lejano norte, mientras que otros insistían en que había surgido de las montañas que se alzaban más allí del borde del mundo.
Lo que todos sí aceptaban era la devastación que había dejado a su paso.
Por donde el dragón volaba, las ventiscas lo seguían.
Los ríos se congelaban por completo en cuestión de minutos, los bosques se convertían en campos de cristal quebradizo y asentamientos enteros desaparecían bajo tormentas que duraban semanas.
En solo un año, casi la mitad de los territorios del norte se había convertido en una tierra helada y desolada.
Al final, alguien se alzó para enfrentarlo.
El primer patriarca de la familia Ardent.
Un hombre cuyo nombre se había perdido hace mucho en la historia…
O tal vez la autora había sido demasiado perezosa para inventarle uno.
Pero su título todavía seguía grabado en incontables registros.
Según la leyenda, el patriarca luchó contra el dragón en una batalla que hizo temblar toda la región.
El enfrentamiento duró días hasta que la criatura quedó mortalmente herida.
Incapaz de seguir peleando, la bestia huyó hacia el norte, perdiéndose en lo salvaje.
El dragón había retrocedido y el patriarca de los Ardent había salido vencedor.
O, al menos, así terminaba la historia oficial.
Pero la verdad era otra.
El dragón no había escapado.
Había muerto allí.
En lo profundo de la cueva que ahora tenía delante.
En el manhwa, el príncipe y la santa habían encontrado esa cueva por pura casualidad mientras huían de un grupo de bestias.
Dentro descubrieron el [Loto Soberano de Escarcha], protegido por una bestia de hielo poderosa.
El príncipe casi había muerto en aquella batalla y la santa se había agotado por completo al curarlo.
Era una escena dramática destinada a mostrar cómo crecía el vínculo entre ambos.
Pero también era una escena que aburría profundamente a Adrian.
Lo único que quería era ver a su Renelle, no el romance barato entre esos dos hipócritas.
Por desgracia, no había tenido más remedio que leer toda la novela, movido por la curiosidad de entender por qué tanta gente pensaba que Noelle era mejor que su Renelle.
"Entremos."
Dijo, avanzando con Noctis todavía sobre su cabeza.
El gato había estado callado un buen rato, pero solo porque se había quedado dormido cómodamente y aquella presión tan débil no le importaba en lo más mínimo.
Adrian siguió caminando.
Cuanto más se adentraba, más frío hacía.
Tanto, que incluso su aliento ya se volvía visible.
Aun así, su expresión no cambió en lo más mínimo mientras seguía avanzando.
La cueva también se iba ensanchando cuanto más se internaba en ella, hasta que terminó entrando en una enorme abertura, tan amplia que parecía un salón.
En las paredes había rocas azules brillantes que iluminaban todo el lugar.
Y en el centro estaba exactamente lo que había esperado encontrar:
El Lago Congelado.

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