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El mayordomo de la dama – Capítulo 10

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Capítulo 10: La Prueba Final {1}: Abandonado en un Bosque

—¿Por qué demonios estamos corriendo?

Preguntó el gato.

Aunque, en realidad, él no estaba corriendo en absoluto.

Seguía sentado cómodamente sobre la cabeza de Adrian.

El que sí corría con calma por el bosque nevado, sin cambiar en lo más mínimo su expresión, era Adrian.

Al oír la pregunta de Noctis, respondió:

—¿Preferirías que lo peleáramos de frente?

— ¡¡ROAR!!

Como si quisiera recordarles a ambos que seguía detrás de ellos, un rugido ensordecedor sacudió todo el bosque justo después de que Adrian hablara.

“Creí que habías dicho que querías cazarlo”

Comentó Noctis mientras seguían avanzando.

—Y así es.

Respondió Adrian.

En ese mismo instante, las sombras lo envolvieron por completo y, cuando se dispersaron, él ya no estaba allí.

¡BOOM!!

Solo unos instantes después de que desapareciera, algo gigantesco se estrelló exactamente en el punto donde él había estado antes.

La nieve y la tierra congelada estallaron hacia afuera mientras dos enormes cuernos abrían profundos cráteres en el suelo, haciendo temblar todo el bosque.

A varios metros de distancia, las sombras volvieron a reunirse y Adrian salió de ellas como si hubiera cruzado una puerta.

No mostraba ni una sola señal de pánico.

Sobre su cabeza, Noctis se balanceó un poco por el repentino cambio de posición, antes de recuperar el equilibrio.

“Sabes”

Mmuró el gato con sequedad.

“la mayoría de la gente avisa a sus pasajeros antes de teletransportarse de golpe.”

Adrian ignoró la queja y dirigió la vista hacia la criatura que acababa de atacarlo.

La nube de nieve empezó a despejarse y la enorme bestia levantó lentamente la cabeza del cráter que había creado.

Parecía un carnero.

Bueno, si uno ignoraba sus proporciones monstruosas.

Era casi el doble de alto que Adrian y todo su cuerpo estaba cubierto por una lana blanca como la nieve que parecía más dura que el acero.

Dos cuernos gigantes, en espiral y de aspecto cristalino, se enroscaban alrededor de su cabeza, y cada uno de ellos parecía lo bastante grande como para partir una roca.

Una niebla fría salía de sus fosas nasales mientras sus ojos azules brillantes se clavaban en Adrian con tanta furia que parecía como si él lo hubiera provocado.

Lo cual, siendo honestos, sí había hecho.

Ahora tal vez te estás preguntando por qué estaba en medio de un bosque o qué demonios le había hecho a ese carnero para enfurecerlo tanto.

***

[Unas horas antes]

—Mmm…

Adrian soltó un leve gemido al abrir lentamente los ojos.

Sus ojos grises se encontraron con un cielo nublado y con las puntas de enormes árboles que se alzaban sobre él.

Espera.

¿Árboles?

—¿Por fin despertaste?

Adrian sintió entonces el peso sobre el pecho y bajó la vista, encontrando a Noctis descansando cómodamente allí mientras lo miraba con sus ojos plateados.

También notó que estaba tirado sobre un suelo cubierto de nieve y que la temperatura de su cuerpo estaba bajando con rapidez.

Pero aquello no lo hizo entrar en pánico.

Había una solución muy simple.

Solo tenía que hacer circular libremente su maná por el cuerpo.

Adrian se incorporó despacio, quitándose la nieve del abrigo, mientras sus ojos recorrían el entorno.

Altos pinos se extendían en todas direcciones, con sus ramas cargadas de nieve, y el cielo nublado arrojaba una luz gris apagada sobre el bosque silencioso.

—¿Dónde estamos?

Preguntó.

Lo único que recordaba del día anterior era haber anotado algunos puntos importantes, haber recuperado algo más de maná y haberse ido a dormir.

Entonces, ¿Cómo demonios había despertado de pronto en un bosque nevado?

A menos que…

*“No tengo idea”* —respondió Noctis—. *“El viejo entró en tu habitación esta mañana, te subió a un carruaje y luego te dejó tirado a mitad de camino.”*

—Ya veo.

Asintió Adrian, apoyando una mano en la barbilla.

— Entonces esto debe de ser otra prueba. Tal vez encontrar el camino de regreso a la mansión principal.

*“…..”*

*“De verdad estás mal de la cabeza”* —soltó el gato tras un momento de silencio—. *“Nadie normal estaría tan tranquilo en una situación como esta.”*

Adrian lo miró con expresión vacía, pero decidió no responder.

En lugar de eso, vertió más maná en las gafas que aún llevaba puestas.

El bosque se iluminó de golpe con corrientes de maná de distintos colores, pero él las filtró todas.

Solo buscaba una en concreto.

—Te encontré.

Murmuró.

Conociendo la personalidad de Sebastian, Adrian esperaba que hubiera dejado algún tipo de marca.

Y, efectivamente, así era.

Sebastian había dejado a propósito su firma de maná, seguro de que Adrian la descubriría usando su herramienta mágica…

Y, efectivamente, así había sido.

Pero eso no significaba que fuera a ser fácil.

Como seguía siendo una prueba, estaba seguro de que aquel bosque estaba lleno de bestias.

Eso significaba que probablemente tendrá que pelear con varias antes de llegar a la mansión principal.

Y aunque Sebastian no le había dado un límite de tiempo, Adrian prefería terminar con aquello cuanto antes y ponerse al lado de Renelle.

Después de todo, le quedaban poco más de cinco días antes del baile real.

Adrian se acomodó ligeramente las gafas mientras volvía a mirar el rastro de maná que flotaba entre los árboles.

Se movía perezosamente por el bosque como una cinta arrastrada por el viento, discreta pero lo bastante clara como para seguirla.

Y empezó a caminar.

La nieve crujía bajo sus botas mientras avanzaba más adentro del bosque, levantando la vista de vez en cuando hacia el rastro de maná para asegurarse de que seguía el camino correcto.

Durante un buen rato, ninguno de los dos habló.

Hasta que, de repente, Adrian se detuvo.

Noctis levantó la cabeza.

—¿Y ahora qué?

Adrian se llevó una mano al estámago.

—Tengo hambre.

El gato se quedó ligeramente sorprendido por sus palabras.

*“…¿Eso es todo?”*

—No he desayunado.

Añadió Adrian.

—Voy a tener que cazar algo.

—¿No podías esperar a volver a la mansión?

—No.

Respondió él, mientras comenzaba a examinar el entorno.

El gato suspiró.

—Claro que no.

Igual que los espíritus, las bestias dejaban un rastro particular de maná en su entorno, y eso era exactamente lo que Adrian empezó a buscar.

Varios minutos después, se detuvo detrás del tronco grueso de un árbol.

Delante de él se extendía un pequeño claro.

Y en medio de ese claro había tres pequeñas criaturas parecidas a carneros, cada una del tamaño de una oveja.

—Solo espero que sean comestibles.

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