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Bajo el roble – Capítulo 97

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Capítulo 97

Maxi se sintió desconcertada. Su mirada iba de un lado a otro, de Riftan a la princesa, y hasta los caballeros que los rodeaban sacudían la cabeza con exasperación.

—¿Es necesario que luches hasta el final? ¿No podemos separarnos en buenos términos?

—¡Esta vez fue él quien me provocó!

—¿Estás esperando a que se ponga el sol para partir?

Los hombros de la princesa se agitaron como si estuviera a punto de dar rienda suelta a su indignación, pero el suspiro que se le escapó de los labios fue de resignación.

—Está bien. Esta invitada no deseada se marchará.

—Le estoy muy agradecido, Alteza.

—¡R-Riftan!

Al ver que la impertinencia de Riftan iba demasiado lejos, Maxi le tiró del dobladillo de la túnica. Riftan la miró brevemente y esbozó una sonrisa forzada.

—Le deseo un buen viaje, Alteza.

—Qué amable de tu parte
Respondió la princesa con tono seco antes de dirigir la mirada hacia Maxi. Sus labios esbozaron una sonrisa amistosa

—Te deseo lo mejor, Maximilian.

—Por favor… tenga cuidado en el viaje, Alteza. Rezo para que no le ocurra ningún mal… por el camino.

—Yo también te deseo mucha suerte.

Con un guiño pícaro, la princesa dio media vuelta con su caballo y se dirigió al trote hacia las carretas.

Al poco rato, el sonido de una kopel resonó en el aire. La comitiva real comenzó a cruzar el puente levadizo, dejando tras de sí una nube de polvo. En lo que pareció el silencio que sigue a la tormenta, Maxi siguió saludando con la mano hasta que la princesa dejó de verse. Se preguntó por qué se sentía extrañamente vacía mientras veía desaparecer en la lejanía a la persona que le había llenado la cabeza de tantos pensamientos desagradables.

—Volvamos a nuestras habitaciones.

Maxi estaba mirando fijamente hacia fuera de las puertas del castillo, sumida en sus pensamientos, cuando Riftan la rodeó con los brazos. Sus brazos parecían tan robustos como troncos de árbol, y Maxi se retorció en su abrazo para mirarlo a la cara.

***

Tras la partida de la comitiva real, la paz y la rutina volvieron a la vida de Maxi. Con los trabajos de jardinería ya terminados y la energía de la primavera impregnando el ambiente, el Castillo de Calypse parecía haberse transformado en un lugar hermoso y lleno de vida. Es más, pronto cobró más animación gracias a la vuelta de los vendedores ambulantes a la finca.

Riftan seguía trabajando sin descanso en la construcción de la carretera, mientras que los caballeros patrullaban los alrededores de la muralla desde el amanecer hasta bien entrada la noche.

Maxi era la única que pasaba los días en la más absoluta ociosidad. Desde que había llegado al Castillo de Calypse, se había esforzado por cambiar todos los muebles antiguos y renovar cada rincón. Como resultado, ya no había nada en el castillo que requiriera su atención. Gracias a la diligencia de los sirvientes, Maxi no tenía que pasar todo el día supervisándolos.

En cuanto a sus estudios de magia, ya no se dedicaba a ellos. La verdad era que no podía concentrarse en resolver ecuaciones complejas cuando ni siquiera tenía claro si debía seguir aprendiendo magia.

Sentada junto a la ventana, Maxi suspiró mientras echaba un vistazo distraídamente a la estantería. La princesa le había dicho que tenía talento, pero Maxi no acababa de creérselo del todo. Si su potencial no estaba asegurado, ¿merecía realmente la pena estudiar magia sabiendo que eso disgustaría a Riftan?

Riftan le había dejado claro que no necesitaba su ayuda, y su rotundo rechazo había minado su confianza.

Maxi miró por la ventana mientras la luz del sol, con su brillo nacarado, se colaba en la habitación. Se sentía dividida. Aunque se sentía atraída por un libro sobre magia, acababa mirando al vacío hacia los jardines antes de que pasara siquiera una hora. Tampoco le apetecía practicar la tabla de entrenamiento fonético que Ruth le había preparado. ¿Qué se suponía que debía hacer ahora?

Apoyando la cabeza en el alféizar de la ventana, Maxi dejó escapar un suspiro.

—¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien?

Sobresaltada por aquella voz inesperada, Maxi se giró y vio a Riftan de pie en la puerta. Se levantó de su asiento y corrió hacia él.

—¿Qué te trae de vuelta… tan pronto?

Como de costumbre, se había marchado antes del amanecer. Maxi le observó el rostro, preguntándose si habría pasado algo en la obra. Su cabello revuelto brillaba como jade negro mientras permanecía allí, tan imponente como siempre.

Mirándola con ternura, se quitó el guante de cuero y le acarició la frente.

—Me he pasado a verte porque tenía que hacer algo en la forja. ¿Tienes fiebre?

—N-No. Solo estaba… mirando por la ventana.

—Estabas suspirando. ¿Se te ha vuelto aburrida la vida aquí?

—Su voz denotaba cierta inquietud

—¿Quieres que invite a los nobles vecinos a un banquete?

Maxi abrió mucho los ojos, sorprendida. Sabía perfectamente que no era el mejor momento para celebrar un banquete. Aunque el coste no suponía un problema, ni Riftan ni los caballeros tenían tiempo para atender a los invitados.

A pesar de eso, Riftan tenía el mismo rostro serio que cuando había insistido en celebrar un festival durante todo el año en su honor. Maxi agitó rápidamente las manos.

Riftan frunció el ceño y bajó la cabeza, como si intentara leerle el pensamiento.

—Llevas de mal humor desde que se marcharon los invitados. Si es porque te has cansado de la vida en el campo…

—¡No es eso! Es solo que… me sentía un poco apática porque… hacía mucho calor. La verdad es que no me gustan… ni los banquetes ni los bailes.

Riftan pareció reflexionar sobre sus palabras.

—Ahora que lo pienso, rara vez asistías a los banquetes del castillo de Croyso. Y cuando lo hacías, te quedabas callada y no te quedabas mucho rato.

Maxi percibió un tono de desaprobación en su voz. ¿Acaso quería una esposa alegre y sociable?

Su rostro se tensó mientras murmuraba una excusa.

—C-Cuando tengamos invitados… haré todo lo p-posible para que se sientan como en casa, pero… nunca me han gustado… las reuniones ruidosas.

—No parecía ser así durante el festival. Quiero verte así…

Riftan se estremeció y apretó los labios con fuerza, poniendo fin de golpe a su impaciente arrebato. Una extraña tensión le tensaba los anchos hombros.

—¿Te apetece dar un pequeño paseo conmigo?

—No hace falta que hagas eso. Sé que estás ocupado.

—No estoy tan ocupado como para no poder encontrar un momento para recuperar el aliento
Dijo Riftan con fastidio, mientras cogía la capa de Maxi del gancho

—¿No puedes aguantar un rato caminando conmigo?

—No es que no quiera… Es solo que… me preocupa que apenas tengas tiempo para dormir. Si tienes tiempo para dar un paseo… ¿no sería mejor… que te echases una siesta en su lugar?

—Una siesta contigo también me parece una buena idea.

Echó un vistazo rápido a la cama y frunció los labios.

—Pero no creo que pueda quitarte las manos de encima una vez que estemos en esa cama.

Maxi sintió cómo se le subían los colores a la cara. Con aire sereno, Riftan la tomó del hombro y le echó la capa por encima.

—Creo que dar un paseo sería la mejor opción. Todavía no he tenido ocasión de admirar el jardín que has transformado tan maravillosamente.

Maxi lo siguió al salir de la habitación. Una brisa refrescante que traía consigo el aroma de las flores entró por las ventanas abiertas. Riftan olfateó el aire con una extraña expresión en el rostro.

—Todo el castillo huele a flores.

—¿Es que… no te gusta?

—No, es solo que… no estoy acostumbrado.
Dijo con tono seco.

—Estoy más acostumbrado al barro, a los caballos, al sudor y a la sangre.

De repente, a Maxi se le ocurrió que, al igual que ella, quizá Riftan tampoco estuviera acostumbrado a los aspectos más apacibles y cálidos de la vida.

No. No se parecían en absoluto. Él tenía la fuerza necesaria para superar el dolor y las penurias, mientras que ella no tenía nada de eso.

—Llevemos algo ligero para picar. Tengo un poco de hambre.
Dijo Riftan, con un tono desenfadado, como si percibiera el sutil cambio en el ambiente.

Maxi sonrió para ocultar su tristeza.

—Compré… fruta fresca hace unos días, junto con algunas especias de primera calidad. Debería haber… mucho donde elegir.

—Bueno, sin duda es algo que me hace ilusión. Hace mucho tiempo que no como fruta que no sea seca o macerada en vino.

Riftan se humedeció los labios, en un gesto dirigido a ella, y se dirigió con paso enérgico hacia la cocina. Metieron en una cesta de mimbre manzanas verdes del tamaño de un puño, frambuesas, vino caliente y pan recién horneado antes de salir del gran salón.

Afuera, Maxi entrecerró los ojos ante la luz cegadora. Una alfombra de césped verde brillaba a ambos lados del patio de piedra, que los sirvientes barrían y fregaban a diario. Los delicados brotes de los arbustos resplandecían como joyas bajo el sol primaveral.

—¿Tienes frío?

—No. Tengo calor.

Maxi tomó a Riftan de la mano y se dirigió lentamente hacia el jardín. El roble, que tenía un aspecto tan espantoso junto al pabellón, ahora estaba cubierto de hojitas. Una sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro de Maxi. La magia de Ruth había surtido efecto, y una nueva vida había brotado del árbol muerto.

—¿Qué te hace sonreír así?

—Ese… á-árbol de ahí… Tiene hojas nuevas.

Miró en la dirección que ella señalaba y arqueó una ceja.

—Creía que estaba muerto…

—Ruth dijo que… algunos árboles siguen teniendo vida incluso cuando parecen muertos. Él los imbuía de magia el invierno pasado, y…

Maxi se calló al ver que el rostro de Riftan se endurecía visiblemente.

—¿P-pasa algo?

—No es nada
Dijo él con brusquedad, tirándole del brazo

—Es solo que no entiendo qué tiene de entretenido ver hojas brotar de árboles feos. Vamos a algún sitio con mejores vistas. Me he fijado en que has plantado un jardín de flores debajo de la terraza.

—Hay un surtido de flores… que les pedí a los comerciantes que me consiguieran. E-espero que sean de tu agrado…

Pasaron junto al pabellón y recorrieron todo el camino del jardín. La luz del sol que se filtraba entre las hojas hacía brillar la suave piel de Riftan. Maxi lo contemplaba, embelesada, mientras caminaba.

Le había llegado a gustar tanto mirar a su marido que le parecía absurdo haberle tenido miedo en algún momento. Sus ojos intensos y su imponente complexión ya no la asustaban. Incluso su impresionante aspecto, que al principio la había intimidado, ahora simplemente la maravillaba.

No lograba entender por qué un hombre tan guapo sentía tanta pasión por una mujer como ella. Fuera cual fuera la razón, cada día se enamoraba más de él.

Por fin llegaron al jardín de flores. Riftan contempló las exuberantes flores que florecían en una brillante gama de colores.

—Es aún más bonito de cerca.

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