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Bajo el roble – Capítulo 67

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Capítulo 67

A partir de ese día, Riftan dejó por completo de hablar de sus estudios con Ruth. Incluso dejó de irrumpir en la biblioteca. Sin embargo, este cambio no hizo más que aumentar la inquietud de Maxi, pues parecía que él estaba haciendo todo lo posible por ignorar el hecho de que ella estaba aprendiendo magia.

Aunque no lograba entender por qué él encontraba el asunto tan desagradable, tenía la esperanza de que cambiara de opinión en cuanto ella lograra dominar un hechizo útil. Ningún señor se opondría a tener más magos a sus órdenes. Incluso la princesa de Wedon se había convertido en hechicera cuando se dieron a conocer sus dotes.

Aunque no llegara a ser tan hábil como la princesa Agnes, sería de gran ayuda para Anatol que dominara la magia curativa. Y Riftan sin duda reconocería sus habilidades cuando eso ocurriera.

Maxi hojeó el libro con impaciencia y frunció el ceño. Quería aprender magia lo antes posible, y la falta de progresos la tenía inquieta. Ruth, que había estado garabateando algo en un mapa, levantó la vista desde el otro lado de la mesa.

—No debes precipitarte. Aprender magia lleva tiempo, y tú apenas acabas de aprender lo básico.

Maxi lo miró con aire avergonzado. Ruth debía de tener un par de ojos invisibles en la coronilla, porque siempre la reprendía en cuanto perdía la concentración. Se señó el pelo detrás de las orejas y empezó a refunfuñar.

—P-pero yo a-aún no me s-sé ni un s-solo hechizo.

—Es de esperar. No se puede hacer magia solo con conocimientos teóricos. Hay que absorber una cantidad adecuada de maná en el cuerpo.

Maxi se quedó callada. La verdad de sus palabras le dolió. Tal y como él había señalado, era incapaz de acumular suficiente maná y le costaba mucho avanzar en sus sesiones de entrenamiento con la piedra mágica. Dudaba de que alguna vez fuera capaz de usar la magia. Bajó los hombros mientras su confianza se desvanecía.

—P-practicó c-con la piedra t-todos los días, p-pero no p-parece que m-me esté m-mejorando.

—Puede que no seas compatible con la piedra del elemento fuego.

Ruth jugueteaba con la pluma, frunciendo el ceño. Parecía estar sumido en sus pensamientos. Maxi lo observaba expectante, esperando que se le ocurriera una solución. Hubo un largo silencio antes de que volviera a hablar.

—¿Por qué no probamos a cambiar de sitio? La concentración de maná varía según el lugar, así que practicar en otro sitio podría sernos de ayuda.

A Maxi no le pareció convincente la sugerencia. Entrecerró los ojos.

—¿D-dónde me r-recomendarías?

—No hay una diferencia significativa entre unos lugares y otros, pero la concentración de maná es mayor en las zonas ricas en elementos naturales como las plantas, el viento, el suelo y el agua.

Maxi giró la cabeza para mirar por la ventana, que traqueteaba. En medio del marco de caoba, podía ver el sombrío cielo invernal. Solo con verlo ya le daban escalofríos.

—¿De verdad esperas que salga con este frío?

—No te vas a morir de frío por pasar unos minutos fuera. Piensa en ello como un breve paseo por los jardines. Llevas demasiado tiempo encerrado en el castillo.

—E-Eres la ú-última persona q-que debería a-acusarme de eso.

La única persona que pasaba más tiempo en la biblioteca que ella era Ruth. Ella, al menos, inspeccionaba el castillo una vez al día para supervisar a los sirvientes, pero el hechicero nunca ponía un pie fuera de la biblioteca. Probablemente daba menos de veinte pasos al día.

Ella se quedó mirándole fijamente los brazos y las piernas flacuchos. Ruth frunció el ceño y cruzó los brazos en actitud defensiva.

—No puedo salir de la biblioteca aunque quisiera. No solo estoy investigando la migración de los monstruos, sino que también me estoy matando a trabajar para diseñar runas para un dispositivo de detección de monstruos que se instalará en las murallas. ¡Me dividiría en dos con mucho gusto para hacer el doble de trabajo!

—¿Estás trabajando en otro artilugio mágico?

—Efectivamente. Como recordarás, los monstruos aprovecharon la espesa niebla para colarse por nuestras murallas en plena noche. Para asegurarme de que eso no vuelva a suceder, tengo pensado instalar el dispositivo en los lugares donde suelen aparecer los monstruos. Pero eso aún está en fase de planificación.

Ruth se frotó la nuca y bostezó ruidosamente. Solo entonces Maxi se fijó en las oscuras ojeras que tenía bajo los ojos. Se sintió culpable. En su prisa por aprender magia, no se había dado cuenta de lo cansado que estaba.

—¿Q-¿Necesitas ayuda? Podría echarte una mano a la hora de o-organizar las e-ecuaciones…

—Sería estupendo, pero debo negarme. El señor Riftan me lanza miradas asesinas cada vez que nos cruzamos por haberte enseñado magia sin su permiso. No quiero ni imaginar lo que haría si se enterara de que te estoy haciendo trabajar como mi ayudante.

Ruth se estremeció. Su reacción exagerada avivó la ansiedad de Maxi. ¿Era tan evidente para los demás que a Riftan le molestaba que ella aprendiera magia? Desanimada, bajó la mirada. Ruth continuó hablando en un tono más distendido.

—Es muy amable por su parte ofrecerse, mi señora, pero prefiero que, por el momento, se centre en sus estudios. Eso me sería de mayor ayuda.

—Lo… lo entiendo.

Maxi cogió el libro que estaba leyendo y se levantó. Ludis, que había estado cosiendo en silencio a poca distancia, también recogió rápidamente sus cosas. Cuando Maxi llegó a la puerta, se giró para mirar a Ruth.

—P-pues te dejo con tu trabajo.

Ruth saludó con la mano sin mucho entusiasmo.

—Gracias. Disfruta del aire fresco por los dos.

—Solo… solo voy a recoger maná

—refunfuñó Maxi.

Al salir de la biblioteca, Ludis la siguió apresuradamente y le echó una capa por los hombros.

—G-Gracias.

—¿Te apetece pasar por tu habitación a por una capa más abrigada?

—N-No, e-esto me vale. ¿P-podrías llevarme e-este libro a mi habitación? M-me gustaría ir d-directamente al j-jardín.

—Permítame llevárselo, mi señora. No puedo dejarla sola.

—N-no hace falta. S-solo voy a dar un paseo.

—Pero…

—Y… y me doy cuenta de que puedo concentrarme mejor cuando estoy solo.

Al ver que Maxi había tomado una decisión, Ludis cogió el libro con obediencia e hizo una reverencia.

Maxi se dio la vuelta y se dirigió hacia el pasillo. Las contraventanas se habían abierto por primera vez en mucho tiempo, y la luz del sol inundaba las escaleras alfombradas. Entrecerró los ojos al mirar hacia la ventana antes de bajar rápidamente las escaleras. Los sirvientes debían de haber ventilado el castillo, pues dentro hacía más frío de lo habitual.

Se dirigió hacia la cocina, pensando que primero se calentaría junto al fuego para que el frío le resultara menos intenso. Atravesó el pasillo a paso rápido, ajustándose la capa al cuerpo.

Sin embargo, en cuanto llegó a la cocina, cualquier ganas de descansar allí se esfumaron rápidamente. Se quedó de pie junto a la puerta observando a los sirvientes, que se afanaban en sus tareas. Había más gente de lo habitual preparando ingredientes, encendiendo el fuego y llevando cubos de agua de un lado a otro.

—¡Necios! ¿Queréis quemar el pan? ¡Sacad las hogazas del horno ahora mismo!

¡Lo siento!

Dos muchachos cogieron una espátula de madera para sacar del horno unas hogazas de pan del tamaño de una calabaza. Tenían la cara enrojecida por los regaños del cocinero. Mientras los jóvenes se afanaban en apilar las hogazas sobre una tabla de madera limpia, ocho criadas, sentadas alrededor de una mesa, rellenaban unas empanadas con forma de media luna con cebolla picada, salchicha cortada en dados y diversas especias.

Cinco calderos hervían a fuego lento en las chimeneas que se alineaban a lo largo de las paredes. La cocina resonaba con el murmullo de los sirvientes, cuyas manos se afanaban en asar carne, machacar nabos para la ensalada y hervir patatas y huevos, que luego colocaban en cuencos de madera.

La cocina siempre estaba a rebosar a la hora de comer, pero parecía bullir de actividad aún más de lo habitual. Maxi se acercó tímidamente al cocinero.

—¿Acaso su señoría ha pedido algo de lo que yo no tenga conocimiento?

—¡Mi señora! Por favor, perdóneme por no haberme dado cuenta de su presencia.

La cocinera hizo una reverencia apresurada. Maxi hizo un gesto con la mano para indicar que no se había ofendido.

—No pasa nada. Es que… parece que la cocina está más ajetreada de lo habitual.

—Sí. Su señoría nos ha comunicado que hoy llevará a cabo un entrenamiento de caballería y nos ha pedido que preparemos más comida de lo habitual.

—¿Entrenamiento de caballería?

—Los caballeros celebran combates simulados a caballo en los campos de entrenamiento. Es un espectáculo impresionante.

El cocinero le dedicó una amplia sonrisa. Entonces, al darse cuenta de que se había olvidado de la sartén con aceite, dio un grito y se apresuró a sacar los pasteles, que estaban bien crujientes. Tras espolvorearles canela en polvo y rociarlos con sirope, le lanzó a Maxi una mirada de disculpa.

—Le pido disculpas, señora. Se queman tan rápido que temía que acabáramos desperdiciando unos ingredientes que estaban en perfectas condiciones.

—Es culpa mía por haberte interrumpido. Por favor, sigue.

—¿No está aquí porque necesita algo, mi señora?

—N-No, solo estaba de paso.

Para no molestarles más en su trabajo, Maxi salió rápidamente de la cocina por la puerta trasera. En el patio abierto, unos peones cortaban leña y la cargaban en un carro. Los hombres se quitaron el sombrero a modo de saludo. Maxi les devolvió el saludo con la mano antes de alejarse a paso ligero por el sendero que conducía al jardín.

Todo volvió a la calma en cuanto se alejó unos pasos del gran salón. Tras echar un vistazo a los alrededores, Maxi echó la cabeza hacia atrás y respiró hondo. La pálida luz del sol invernal se filtraba entre las ramas desnudas, que parecían huesos carbonizados. El viento era cortante, pero era un día soleado, algo poco habitual. Después de pasar varias semanas en la biblioteca, un lugar viciado y en penumbra donde olía a madera quemada, el aire fresco del invierno le resultó revitalizante.

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