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Bajo el roble – Capítulo 59

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Capítulo 59

Con la curiosidad despertada, Maxi siguió a Riftan más allá de los boxes. Los caballos aguzaron las orejas al verlos pasar. Al poco rato, llegaron al box más recóndito, donde se encontraba Talon. Intimidada por el imponente tamaño del semental, Maxi se pegó a Riftan. Él le dio una palmadita en la espalda antes de acercarse a Talon. Ella hizo lo mismo.

A medida que se acercaba, abrió mucho los ojos, sorprendida. Algo se retorcía sobre el montón de heno junto al caballo de guerra.

—Los encontré cuando vine a ver a Talon esta mañana
Susurró Riftan.

Maxi se quedó mirándolos, paralizada. Tres gatitos del tamaño de su palma yacían acurrucados sobre el heno, profundamente dormidos. Riftan se agachó frente a ellos.

—Me fijé en que Talon daba vueltas y lo encontré después de rebuscar entre el heno. Sin embargo, no había ni rastro de la gata.

—¿Crees que los abandonaron?

—Eso parece. El mozo de cuadras dijo que no había visto ningún gato por allí. Seguramente se coló un gato callejero para dar a luz. Debió de ser todo un susto para Talon llegar a casa y encontrarse con estos intrusos.

Riftan le dio unas palmaditas suaves en la espalda a Talon mientras el semental rascaba el suelo con nerviosismo. El imponente caballo de guerra negro tenía un aspecto inmensamente orgulloso y feroz, y a Maxi le sorprendía que no hubiera pisoteado a los gatitos de inmediato. Miró al caballo con recelo, preocupada por si cambiaba de opinión, antes de agacharse junto a los gatitos.

Cada uno tenía un pelaje diferente: blanco con rayas grises, negro azabache y blanco puro. Conteniendo las ganas de acunarlos entre sus brazos, levantó la vista hacia Riftan.

—¿P-puedo t-tocarlos?

—Haz lo que quieras.

Los labios de Riftan esbozaron una sonrisa tranquila mientras se recostaba contra una columna. Maxi extendió la mano para acariciar suavemente a una de las crías. Al notar sus delicados huesos bajo la fina capa de piel y el pelaje suave, frunció el ceño. Los tres gatitos parecían desnutridos.

—D-Deben de haber e-estado sin comer desde hace días.

—¿Los llevamos de vuelta y les damos leche?

—¿Podemos?

Maxi levantó la vista con mirada esperanzada. Riftan esbozó una sonrisa y se inclinó para darle un beso en la mejilla.

—Eres libre de hacer lo que quieras. No necesitas mi permiso.

—P-Entonces me gustaría traérselos de vuelta.

La voz de Maxi temblaba mientras cogía con cautela a un gatito, temerosa de que la más mínima presión de sus manos aplastara los huesos de la diminuta criatura. El gatito se retorcía impotente. Maxi lo colocó con cuidado dentro de su capa, y Riftan cogió a sus dos hermanos.

—Tendremos que buscarles una cesta donde puedan dormir.

—L-Ludis nos b-encontrará uno s-si se lo pedimos.

Maxi se apretó a los gatitos contra el pecho para protegerlos del viento cortante al salir del establo. Al ver al gatito respirar suavemente en sus brazos, sintió cómo la compasión se apoderaba de su corazón.

—Nunca he tenido gatos antes.

—¿En serio?

—A mi padre no le gustaban mucho los animales. Ni siquiera a sus perros de caza les dejaba entrar en el castillo, así que a menudo me escapaba al jardín trasero para jugar con ellos.

Riftan la miró de reojo, pero ella estaba demasiado emocionada como para darse cuenta de la sutil expresión de sus ojos.

—¿Te traigo también un perro de caza?

Maxi abrió mucho los ojos. Negó con la cabeza.

—E-Estos gatitos son m-más que suficientes.

—Si hay algo que quieras, puedes decírmelo.

Había un tono de irritación en su voz. Maxi le observó el rostro, tratando de averiguar qué era lo que le había molestado.

Sin apartar la mirada, refunfuñó:

—Te dije que me aseguraría de que tu vida fuera igual de lujosa… no, más lujosa que en el castillo de Croyso. Saber que aquí te falta algo me enfurece.

Maxi se rió con incomodidad. Parecía que la animadversión de Riftan hacia su padre era mayor de lo que ella había pensado. Sentía como si le crecieran espinas en la garganta.

—De verdad que estoy contento. Si necesito algo, te lo diré sin falta.

Riftan arqueó una ceja antes de soltar un suspiro y seguir adelante a zancadas. Maxi lo siguió, acariciando suavemente al gatito, que había empezado a clavarle las garras.

Ludis soltó un grito ahogado al ver a aquellas delicadas criaturas y enseguida se puso a prepararles un nido forrando una cesta de mimbre con un trozo de tela.

Maxi dejó la cesta junto al fuego y metió a los gatitos dentro; luego observó cómo Riftan les acercaba a la boca una cucharada de leche de cabra caliente. Los gatitos empezaron a beber la leche con avidez. Con el estómago lleno y el cuerpo calentito, ronroneaban y frotaban la cabeza contra la mano de Riftan. Él empezó a hacerles cosquillas en el suave lomo a uno de los gatitos, y Maxi observaba con envidia cómo este estiraba las patas, satisfecho.

—¿Has pensado en algún nombre para ellos?

Maxi lo miró sorprendida.

—¿Crees que debería ponerles nombre?

—Vas a pasar más tiempo con ellos que nadie, así que deberías ser tú quien les ponga el nombre.

Maxi se lo pensó un rato antes de volver a hablar.

—Al atigrado lo llamaré Ron, a la blanca, Laura, y al negro, Roy.

—¿Ron, Laura y Roy?

—S-son los nombres de tres hermanos de hadas de un cuento que leí de pequeña. De repente me ha venido a la mente esa historia…

Riftan agarró a Roy por el cuello, con una leve sonrisa dibujándose en los labios.

—¿No están demasiado desaliñados como para llevar nombres de hadas?

El gatito sacó las garras y empezó a retorcerse como en señal de protesta. Riftan se rió ante su débil intento de ataque.

—Esta sí que es una luchadora.

—N-No deberías a-atormentar a unas c-criaturas tan indefensas.

—¿A esto le llamas atormentar?

Riftan dejó al gato en el suelo, refunfuñando. Maxi colocó la cesta en un lugar donde no hiciera ni demasiado calor ni demasiado frío, y luego les dio a los gatitos una bolita de lana para que jugaran. Los gatitos se tambalearon un rato, mordisqueando y arañando la lana, antes de quedarse dormidos.

Maxi observaba cómo se levantaban y bajaban sus suaves barriguitas. Extendió la mano con delicadeza para acariciar a uno en la barbilla. El gatito ronroneó y sacudió sus largos bigotes. Mientras contemplaba con cariño a la criatura, Riftan le tiró del brazo y ella giró la cabeza para mirarlo. Él estaba recostado contra un cojín y le daba palmaditas en el regazo.

—Ven, siéntate.

Maxi se sonrojó y vaciló. Sabía muy bien lo que significaba esa voz grave. Aunque le gustaba tener intimidad con él, se preguntaba si no se habían dejado llevar demasiado. Al ver que ella se detenía, Riftan esbozó una sonrisa burlona y levantó una ceja.

—No te preocupes. Solo quiero abrazarte.

Tras otro momento de vacilación, se acercó lentamente a él. Él la sentó en su regazo y le apoyó la cabeza contra el hombro. Ella se retorció los dedos de los pies al sentir la agradable sensación de sus cuerpos entrelazados.

Riftan se abrazó las rodillas con un brazo y se acarició la espalda con el otro. Sonrió, sintiéndose como un polluelo acurrucado bajo las alas de una gallina.

—Tu risa me hace cosquillas.

Su voz sonaba tranquila. Tras acariciarle suavemente la espalda, tal y como había hecho con el gatito, se llevó la mano a la nuca y empezó a frotársela con suavidad.

Maxi contuvo un gemido mientras un escalofrío le recorría el cuerpo. Riftan le puso las manos en la mejilla y se la acarició, y luego le besó la frente. Una inusual sensación de paz y tranquilidad los envolvió junto al agradable calor del fuego.

Maxi se relajó en sus brazos mientras escuchaba el latido constante de su corazón, el traqueteo de las ventanas azotadas por el viento y el crepitar del fuego. Tras contemplar el fuego en silencio durante un rato, Riftan hizo de repente una pregunta.

—¿Eres feliz en Anatol?

Al percibir la inquietud en su voz, Maxi salió de su ensimismamiento. Levantó la vista hacia él, sorprendida. Su rostro permanecía impasible, pero ella podía ver que estaba nervioso.

—¿De verdad te sientes a gusto aquí? ¿Hay algo más en lo que pueda…?

Maxi negó con la cabeza enérgicamente.

—No me falta n-nada, de verdad.

Su vida en Anatol era perfecta. Disfrutaba sabiendo que había encontrado un lugar al que pertenecer. No solo la necesitaban, sino que además estaba rodeada de gente amable que la escuchaba con paciencia. Y, sobre todo, tenía un marido que le demostraba su cariño en cada ocasión. No podía haber deseado nada más.

Maxi se acurrucó en los brazos de Riftan como un animal recién nacido y se acurrucó contra su pecho.

—E-estoy f-feliz aquí.

Riftan contuvo el aliento, luego la rodeó con los brazos y la apretó contra sí. Aunque las costillas se le aplastaban y apenas podía respirar, ni se le ocurrió quejarse. Habría dejado que la aplastara entre sus brazos con mucho gusto. Le encantaba todo de él, desde la mano que le frotaba con fervor la espalda y los latidos de su corazón acelerado hasta el aroma masculino que le llenaba los pulmones.

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