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Bajo el roble – Capítulo 224

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Riftan se dio la vuelta, maldiciéndose furiosamente. Tenía la intención de hablar con el duque de Croyso sobre el costo exorbitante de prolongar el conflicto, antes de que las discusiones con los mensajeros de Dristan comenzaran en serio.

Sin embargo, el duque se negó rotundamente a concederle una audiencia, dando la excusa de que estaba demasiado ocupado. El rostro de Riftan se endureció ante el desaire. Incluso siendo un duque, aquel hombre no tenía derecho a menospreciar a un vasallo del rey. Consideró la idea de expresar su descontento, pero luego decidió no hacerlo para no causar un alboroto.

El duque continuó postergando la reunión con los mensajeros, citando su ocupada agenda de recorridos por el ducado. No fue sino hasta el tercer día de su llegada al Castillo de Croyso que finalmente lograron estar frente a él.

Como era de esperarse, los mensajeros no esconideron su indignación. Adoptaron una actitud imperiosa, mientras que el duque avivó aún más su ira al argumentar que las demandas de Dristan violaban sus derechos como señor feudal. Continuó revelando que tenía la intención de buscar reparaciones por el conflicto actual, ante lo cual los mensajeros se enfurecieron. Parecía que cualquier posibilidad de una negociación exitosa se estaba yendo a la borda.

Riftan registró cada detalle en su informe para el comandante. Las negociaciones, que se esperaba concluyeran en unos pocos días, se prolongaron por más de una semana. Mientras enviaba al ave mensajera a volar en el azulado amanecer, Riftan se sintió claramente harto de todo aquello. Dudaba que el duque tuviera la menor intención de aceptar los términos de Dristan. Si la situación empeoraba, el conflicto podría escalar hasta convertirse en una guerra total.

Una batalla futura sería encarnizada. Si el ejército real de Dristan llegaba a involucrarse, Wedon también enviaría tropas adicionales. Riftan sería incapaz de regresar a Anatol por al menos un año.

"O puede que nunca sea capaz de regresar."

Una sonrisa irónica torció sus labios mientras descendía de la muralla del castillo. Un solo error en el campo de batalla podía costarle la cabeza a un hombre. Incontables veces había sido testigo de cómo hombres formidables encontraban un repentino final en el combate. No pensaba ni por un segundo que él fuera el guerrero más hábil del mundo. Así como él había arrebatado la vida de tantos, era plenamente consciente de que la suya propia podía ser tomada en cualquier momento.

Decidido a enviar un mensaje a Anatol por si acaso, Riftan cruzó el sendero del bosque, apenas iluminado por la luz del alba. Se detuvo en seco al divisar a una mujer corriendo más adelante. A juzgar por la falda larga que se arrastraba por la tierra, no se trataba de una sirvienta. ¿Qué hacía una dama noble en el bosque a estas horas?

Mientras observaba con cuidado desde la distancia, la silueta se dio la vuelta, dejando caer una cascada de cabello rojo sobre sus ropas negras. Riftan se congeló. Solo podía ser Maximilian Croyso.

No había nadie más que tuviera exactamente ese mismo tono de rojo. Sus exuberantes rizos castaños rojizos, casi amatistas en la oscuridad, se transformaban en llamas veteadas de oro bajo el sol. Su corazón empezó a latir con fuerza contra sus costillas. Este era su primer encuentro desde su llegada al Castillo de Croyso, y se debatía entre el deseo de hablarle y las ganas de evitarla.

Su indecisión no duró mucho. Dejando escapar un gruñido bajo, se puso en acción. Aunque todavía estaban dentro de los terrenos del castillo, no podía marcharse mientras ella deambulaba sola por el lúgubre bosque. No después de que una vez ya hubiera resultado gravemente herida allí.

Al recordar su cuerpo rígido y frío mientras el veneno del monstruo corría por sus venas, sintió que una leve ira surgía en su pecho. ¿Es que no había aprendido nada? Decidido a darle una buena reprimenda, caminó a grandes zancadas tras ella con la mandíbula apretada.

Casi la había alcanzado cuando ella se detuvo abruptamente y miró a su alrededor. Riftan entrecerró los ojos. No parecía que se hubiera percatado de su presencia al acecho en la sombra. Ella sacó algo de su bolsillo y comenzó a leer en voz alta.

"¿Qué demonios está haciendo?"

Riftan frunció el ceño mientras escuchaba su voz temblorosa. El débil sonido se mezclaba con el crujido de las hojas otoñales, el canto de las aves y las ramas agitándose con el viento.

Aunque hablaba demasiado bajo como para que él pudiera distinguir cada palabra, sonaba como un poema. Desconcertado, Riftan se quedó escuchándola desde las sombras mientras ella repetía el mismo verso múltiples veces. Había frustración en su voz. Un segundo después, cayó en la cuenta de que estaba presenciando algo que no debía ser visto. Ella tenía un impedimento del habla.

Riftan se frotó la boca con una mano temblorosa. Aunque había escuchado el tartamudeo de Maximilian en numerosas ocasiones, lo había atribuido a su melancolía o a los nervios. Agitado, comenzó a dar vueltas como una bestia enjaulada. Seguir de largo sería lo correcto, pero no se atrevía a dejarla sola en el bosque.

Atrapado por la indecisión, continuó caminando cuando sus hombros se tensaron ante un crujido. Inadvertidamente había pisado una rama seca. Maximilian, que en ese punto había estado tropezando con la misma palabra como si tuviera la lengua paralizada, giró la cabeza de golpe en dirección al sonido. Sus ojos se agrandaron por el horror.

Superado por la consternación, el rostro de Riftan decayó. Aunque estaba a cierta distancia, vio que el rostro de ella se ponía blanco antes de encenderse en un rojo carmesí. Sus hombros se tensaron por la humillación, y Riftan reconoció un orgullo destrozado en la forma en que ella miró a su alrededor.

Riftan se apresuró a decir algo, pero no pudo pensar en las palabras adecuadas. Retrocediendo lejos de él, la boca de Maximilian se abrió y se cerró.

—Y-Yo…

Su vergüenza había quedado al descubierto. Riftan vislumbró su rostro angustiado antes de que ella diera media vuelta y corriera a toda velocidad hacia el castillo. Luchó contra el impulso de perseguirla. Que otra persona descubriera tus debilidades era algo que él entendía mejor que nadie.

Tras quedarse mirando el sendero del bosque que ella había usado para huir, Riftan maldijo y se dio la vuelta. Ya tendría otra oportunidad para disculparse por espiarla. Por ahora, lo mejor era darle tiempo para que se compusiera. Con ese pensamiento en mente, Riftan se dirigió con desgano hacia el ala de invitados.

Para su desgracia, no logró vislumbrar a Maximilian ni una sola vez durante el resto de las negociaciones. Aunque aprovechó cada oportunidad para merodear por el anexo con la esperanza de tropezar con ella, finalmente tuvo que partir hacia la frontera sin haber sido capaz de enmendar las cosas.

Se sentía terrible. No solo las negociaciones no habían dado frutos, sino que le había dejado la peor impresión posible de sí mismo a Maximilian Croyso. Con ese humor tan miserable recibió a Paxias.

A pesar de las crecientes tensiones por la guerra que se avecinaba, no podía borrar de su mente la expresión herida de la joven. ¿Cómo era posible que el dolor de ella pareciera ser lo único capaz de afectarlo de una manera tan profunda? Había cosas mucho más desgarradoras en el mundo y, aun así, el impulso de consolarla era absorbente.

Si pudiera, colocaría una mano reconfortante sobre su pequeña espalda y le diría que un impedimento en el habla no era más que un defecto menor. Con gusto entregaría sacos de oro solo para escucharla hablar.

Riftan se burló de sus propios pensamientos tontos. Por la forma en que el rostro de ella se había desmoronado por la mortificación, estaba claro que detrás de la delicada apariencia de Maximilian había un fuerte sentido del orgullo. Incluso podría sentirse ofendida si alguien tan bajo como él le ofreciera palabras de consuelo.

Su intento de expulsarla de su mente burlándose de sí mismo funcionó, a medida que la vana fantasía de adolescente se desvanecía. Una vez que llegó la ola de frío, los agobiados asaltantes invadieron la frontera en masa, desatando una batalla a gran escala. Todos los pensamientos inútiles desaparecieron cuando comenzaron las brutales escaramuzas.

El enemigo demostró ser astuto. Utilizaban tácticas de ataque y retirada, agotando rápidamente al ejército de Wedon en hombres y recursos. A pesar de que los caballeros querían perseguir al enemigo en retirada hasta el último hombre, eran incapaces de cruzar la frontera por temor a provocar a las fuerzas reales de Dristan.

Amenazado por el deterioro de la situación, Wedon envió a otro grupo de mensajeros para persuadir al duque. En solo dos meses y quince días, Riftan se encontró partiendo hacia el Castillo de Croyso una vez más. Esta vez no iba meramente escoltando a los mensajeros, sino que iba como enviado del propio rey Reuben.

Al recordar sus órdenes de persuadir al duque para poner fin al conflicto, Riftan frunció el ceño. El señor al que servía tenía un don para endosar tareas tediosas a sus vasallos.

"Todo esto podría solucionarse mucho más rápido si yo interviniera personalmente."

Exhalando un suspiro de descontento, Riftan cruzó las puertas. El Castillo de Croyso emanaba un aire diferente en pleno invierno. Azotada por los vientos secos, la vasta estructura de alguna manera se sentía lúgubre. Un frío húmedo fluía desde el denso bosque de abetos que lo rodeaba.

Riftan pasó a caballo junto al jardín y estuvo ante el gran salón antes de darse cuenta. Confió su caballo a los sirvientes y se adentró en el lugar, con el rostro sombrío. El conflicto empezaba a afectarle. Esta vez estaba decidido a poner fin a la disputa sin sentido de una vez por todas, incluso si eso significaba arrastrar al duque a la mesa de negociaciones. El orgullo del noble le había costado la vida a docenas de sus hombres.

—Vengo con un mensaje de Su Majestad.

Declaró Riftan con frialdad al mayordomo principal, quien corrió a su encuentro.

El mayordomo se sobresaltó, como si se hubiera quedado desconcertado por el aire imponente de Riftan. Realizó una reverencia respetuosa antes de mostrar al grupo la sala de recepción. Riftan guió a su grupo de caballeros escaleras arriba.

Sus ojos se agrandaron cuando llegó al descanso. De pie, en silencio a un lado del pasillo, estaba Maximilian Croyso, rodeada por sus sirvientas. Sintió que la cabeza le daba vueltas como si hubiera sido emboscado.

—Qué belleza.

Riftan miró hacia la inesperada voz. Gabel Lachzion contemplaba a Maximilian con asombro. Tensándose de inmediato, Riftan se descubrió mirando con furia al joven caballero.

—Escuché que la hija menor del duque era deslumbrante.

Dijo Gabel, ajeno al descontento de Riftan.

—Pero debo decir que sigo sorprendido. Sin duda será considerada la mayor belleza del Continente Occidental en unos pocos años.

Después de pasar un momento parpadeando ante el comentario de Gabel, Riftan volvió a mirar a Maximilian. Solo entonces se dio cuenta de que su camarada estaba contemplando boquiabierto a la chica de cabello rubio platinado que estaba al lado de ella. Como si estuviera esculpida en hielo, la joven emanaba un aire gélido. Riftan encontró desconcertante cómo alguien podía tener ojos para otra persona en presencia de Maximilian Croyso.

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