Capítulo 199
Capítulo 199: Capítulo paralelo
Riftan volvió a mirar y vio cómo brillaban los ojos de la chica, parecidos a cuentas de cristal.
¿Ha venido a darme esto?
Rozó una de las flores con el dedo. Justo en ese momento, alguien gritó desde el otro lado de la puerta.
—¿Qué demonios estás haciendo? ¡Estamos hasta arriba de trabajo aquí!
Sobresaltada por la voz airada, la niña se quedó paralizada por un instante antes de dar media vuelta y adentrarse corriendo en el bosque.
Riftan le lanzó al herrero una mirada de enfado.
—Nos hemos quedado sin carbón. Iba de camino a por más.
Con un suspiro, empujó el carrito por el sendero del bosque por el que se había ido la chica. No creía que pudiera estar tranquilo hasta estar seguro de que ella había llegado sana y salva al anexo.
Tras alcanzarla, la siguió a cierta distancia mientras ella saltaba entre los frondosos árboles. Bajó la mirada hacia la corona que colgaba del tirador del carrito. ¿La habría hecho ella para él? Una sonrisa se dibujó en sus labios al imaginar a la niña tejándola con sus manitas.
Riftan empujó el carro con una fuerza renovada. Sus pasos parecían posarse con ligereza sobre el suelo del bosque. Cuando regresó al taller tras ver a la chica entrar en el anexo, los herreros seguían ocupados martilleando. Uno de ellos le lanzó una mirada fulminante, como advertencia para que dejara de holgazanear. Riftan contuvo un suspiro.
Aunque quería correr a casa para poder guardar el regalo de la niña, aún quedaban muchas horas para que terminara la jornada. Al final, lo escondió en el almacén antes de volver al horno a manejar el fuelle. Al final del día, tenía todo el cuerpo empapado en sudor.
Riftan se lavó la cara a toda prisa en un cubo de agua y fue a buscar la corona al almacén. Solo había pasado medio día, pero las flores ya se estaban marchitando. Las miró con tristeza. Luego, sosteniendo la corona con cuidado en una mano para no dañar los pétalos, salió de la herrería.
El bosque estaba bañado por el resplandor rojizo del atardecer. Rodeó el anexo para llegar a la parte delantera, donde un frondoso jardín de flores de verano se abría paso entre los árboles. Sin embargo, la niña no aparecía por ninguna parte. Era posible que la hubieran regañado por haberse escapado sola.
Riftan se quedó mirando en silencio el lugar donde ella solía sentarse antes de sacar la corona en forma de herradura del bolsillo. Pensó en dejársela allí, pero decidió que era un gesto demasiado insignificante. Tras pasar los dedos por la superficie de hierro mate, Riftan volvió a guardarse la corona en el bolsillo.
Quizá no quede tan cutre si le pongo unas cuantas cuentas. Podría comprar algunas en el pueblo.
Riftan se escabulló por el anexo y salió por la puerta del castillo, como para sacarse de la cabeza aquella idea descabellada. Se sentía ligero como una pluma a pesar de lo agotador que había sido el día. Temiendo que las flores pudieran volar con la brisa, bajó la colina con todo el cuidado del mundo.
La choza estaba en silencio cuando llegó. Probablemente su madre estaría esperando otra vez en lo alto de la colina. Reprimió un suspiro amargo mientras contemplaba la chimenea sin humo. No podía evitar sentirse oprimido al pensar en su madre, que siempre subía a la colina para mirar hacia el horizonte; en su padrastro, que la ignoraba; y en el aire frío e incómodo que reinaba dentro de su mísera casa.
Mirando la corona como si buscara consuelo, empujó la puerta para abrirla. En el interior, un olor extraño le invadió las fosas nasales. Se preguntó si algún animal salvaje se habría colado dentro para hacer sus necesidades.
Con el ceño fruncido, se dirigió a abrir la ventana. Al volverse para encender el brasero, vio una silueta que se balanceaba en el aire.
Tropezó y cayó hacia atrás. Su pie se enganchó en la pata de una silla tirada, y se estrelló contra el suelo. La corona que había llevado con tanto cuidado yacía aplastada debajo de él, pero eso era lo último en lo que pensaba. Riftan parpadeó, desconcertado. Su mente no lograba asimilar lo que estaba viendo.
El cabello negro, que en otro tiempo había brillado de forma envidiable como si lo hubieran tratado con aceite, se pegaba como una telaraña a un rostro pálido. Le llevó un rato darse cuenta de que aquel rostro era el de su madre.
Riftan retrocedió lentamente. Alrededor de su cuello tenía atada una cuerda tensa que parecía que pudiera romperse en cualquier momento. Sus piernas, blancas como el yeso, colgaban por debajo del dobladillo de su vestido deshilachado.
Por fin, recobró el sentido. Salió corriendo de la cabaña mientras unos violentos sollozos sacudían su cuerpo y el corazón le latía con fuerza, presa del terror. No tenía ni idea de cuánto tiempo había corrido. La colina que tenía ante sí estaba iluminada por la luz rojiza del atardecer.
Por pura casualidad, vio a su padrastro arrastrando a una vaca desde el campo. No encontraba palabras para describir lo que había visto. Solo pudo agarrar a su padrastro por el brazo y empezar a tirar de él.
Sorprendido por aquella reacción repentina, su padrastro empezó a soltar improperios, pero se calló en cuanto se fijó en el rostro ceniciento de Riftan. Lo siguió sin protestar más, como si intuyera que algo no iba bien.
Riftan respiraba entre jadeos mientras corría de vuelta a la cabaña. Cuando por fin llegaron a la puerta, se vio incapaz de seguir adelante. Se quedó allí de pie, temblando, con una mirada aterrorizada. Su padrastro lo había estado observando con el ceño fruncido. Ahora lo apartó de un empujón y le preguntó, malhumorado, qué le pasaba.
Aún clavado en el mismo sitio, a unos pasos de la puerta, Riftan rezaba desesperadamente para que todo hubiera sido fruto de su imaginación. En cualquier momento, su padrastro empezaría a regañarle por armar un escándalo por nada.
Sus esperanzas se desvanecieron rápidamente. Su padrastro salió precipitadamente de la choza y arrastró a Riftan al interior, con el rostro pálido como la muerte. Cerró de un portazo la puerta tras ellos y encendió una lámpara.
—¡Cierra la ventana!
Riftan obedeció mecánicamente la orden de su padrastro. Cuando la ventana quedó bien cerrada, su padrastro le entregó la lámpara a Riftan y se perdió entre las sombras. Regresó con una escalera.
—Sostén la luz en alto.
Riftan miró a su padrastro con horror antes de dirigir lentamente la mirada hacia el cadáver que colgaba del techo. No podía imaginar una pesadilla peor que aquella. Sostuvo la lámpara mientras su padrastro bajaba el cuerpo de su madre.
Un terror helado le hacía temblar las manos sin cesar. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando el cuerpo cayó al suelo con un golpe sordo. Empezó a retroceder cuando su padrastro se acercó a grandes zancadas y lo agarró por el hombro.
—Reacciona y escúchame. ¿Te acuerdas de lo que le pasó a la chica que vivía al otro lado de la calle, verdad?
Riftan se quedó mirando atónito a su padrastro. No era capaz de asimilar nada. Se quedó pálido como un cadáver.
—¡La hija menor del molinero!
—gritó su padrastro, sacudiendo a Riftan para despertarlo
—¡Se ahorcó después de que esos mineros la violaran! No le permitieron tener un funeral digno porque se quitó la vida. Esos cabrones de la Iglesia Ortodoxa condenan el suicidio como un pecado imperdonable.
Suicidio. Se quitó la vida. El funeral…
Las palabras que brotaban de la boca de su padrastro apenas llegaban a la mente de Riftan. Echó un vistazo al cadáver oscuro que yacía inerte en el suelo antes de darse la vuelta para vomitar. El hedor pútrido de la descomposición que impregnaba la habitación se mezclaba con el olor acre de la bilis. Su padrastro le ayudó a levantarse mientras él jadeaba en busca de aire.
—Si los clérigos no le celebran la ceremonia de purificación, se convertirá en un espíritu errante y, con el tiempo, en un ghoul. No querrás que tu madre se convierta en un monstruo, ¿verdad? Entonces no debes contárselo a nadie. ¿Me has oído?
Cuando Riftan se mordió el labio y asintió con la cabeza, su padrastro le soltó el brazo y se acercó a la cama. Riftan observó cómo envolvía el cadáver en una manta, metía una hoz y una vela dentro de una bolsa de cuero y se ataba la bolsa a la cintura.
¿Cómo demonios podía estar tan tranquilo ese hombre? Por mucho que lo intentara, Riftan no conseguía recuperar la compostura. A pesar de haberlo visto con sus propios ojos, le costaba creerlo.
Riftan estaba acurrucado en un rincón, preguntándose qué estaría tramando aquel hombre. Su padrastro se secó el sudor frío de la frente y abrió una botella de licor con dedos temblorosos. Le dio un trago.
—Cuando oscurezca, la llevaremos al bosque y haremos que parezca que la ha atacado una bestia. Debemos movernos lo más silenciosamente posible para que nadie nos vea.
Intentó tapar la botella, pero se le resbaló de las manos y se le cayó, derramando el contenido por el suelo. Aunque su padrastro era un hombre que valoraba el alcohol más que a su propia familia, no hizo ningún gesto por recoger la botella. Se quedó simplemente paralizado ante el licor derramado.
Esperaron en un silencio infernal. Cuando la noche se volvió por fin completamente oscura, cada uno se puso el único abrigo que tenía.
Su padrastro se echó el cadáver a la espalda, pero solo consiguió dar unos pocos pasos antes de que le fallaran las piernas. Estaba claro que no estaba tan tranquilo como parecía. Intentó levantarse con dificultad varias veces más, pero fue en vano. Al final, se rindió y se quedó sentado, encorvado, durante un buen rato, con la cabeza entre las manos.
Por fin se volvió hacia Riftan con mirada cansada.
—Tendrás que llevarla tú. ¿Crees que podrás hacerlo?
Riftan tragó saliva con la garganta reseca. En silencio, cogió el cadáver envuelto de su madre y se lo echó a la espalda. Cuando logró ponerse en pie con dificultad, su padrastro levantó una lámpara y le abrió el camino.
Riftan se arrastró tras él. Aunque cada día cargaba con sacos más pesados de carbón y hierro, sentía el cuerpo tan pesado que temía que le aplastara la columna. Su respiración se volvió entrecortada mientras intentaba ignorar la sensación del barro frío que se le pegaba a la espalda.
A medida que la manta se deslizaba hacia abajo, algunos mechones del pelo de su madre empezaron a pegarse de forma desagradable a su nuca. Al poco rato notó la carne flácida contra su piel. No sabía decir si lo que le abrumaba era el horror o el dolor.
¿Por qué? ¿Qué demonios la llevó a hacer algo así?
Entre jadeos entrecortados, le escapaban unos sollozos. Siguieron caminando en la oscuridad durante un rato hasta que su padrastro se detuvo para examinar los alrededores. Señaló un árbol enorme.
—Aquí debería estar bien. Déjala aquí abajo.
Riftan se acercó tambaleándose y dejó caer el cuerpo al suelo. Su padrastro retiró la manta e hizo un gesto con la cabeza a Riftan.
…
—Quédate por ahí.
A continuación, sacó con mano temblorosa la hoz de la bolsa.
Agachándose detrás de un árbol, Riftan escuchó el graznido lejano de un pájaro. El susurro de las hojas casi parecía un llanto. Riftan se cubrió la cara con las manos.
***
Al día siguiente, un cazador descubrió el cadáver de su madre. Su padrastro lo recogió y se dirigió de inmediato al templo para solicitar un funeral. No era ningún secreto que la Iglesia Ortodoxa veía con malos ojos a los extranjeros, y su padrastro tuvo que entregar toda la plata que les quedaba antes de que los clérigos permitieran, a regañadientes, que su madre fuera enterrada en el cementerio del templo.
El funeral se celebró esa misma tarde. Retrasarlo aunque fuera un solo día habría sido inviable, ya que el calor del verano aceleraba la descomposición.
Riftan observaba impasible cómo echaban tierra sobre el ataúd, excesivamente caro, que apenas habían logrado conseguir. Cuando la clériga recitó una larga oración por la salvación de su alma, Riftan se preguntó si su alma realmente podría salvarse.
Observó en silencio, desde atrás, los hombros encorvados de su padrastro. ¿Estaba dispuesto aquel hombre a llegar tan lejos solo para redimir su alma? Riftan apretó el puño hasta que las uñas se le clavaron en la carne. Probablemente, su padrastro sufriría pesadillas durante el resto de su vida. Y él también.
Por extraño que parezca, Riftan no derramó ni una sola lágrima. Se quedó paralizado, y solo ante la insistencia de su padrastro depositó por fin una flor ante la precaria lápida. Cuando terminó la sencilla ceremonia, los asistentes se turnaron para dar el pésame.
En total solo eran cuatro: dos criadas del castillo de Croyso que habían sido amigas de su madre, su anciana vecina y un hombre de unos treinta y cinco años al que Riftan no reconoció.
Desconcertado, Riftan observó al imponente desconocido. Era de complexión robusta y llevaba una barba de color marrón oscuro. Ya a primera vista, se notaba que era de cuna noble. ¿Qué hacía un hombre así en el funeral de su madre?
…
Riftan lo miraba con curiosidad cuando el hombre se acercó.
—Te pareces muchísimo a él
Dijo el desconocido
—Mucho más de lo que esperaba.
Riftan se puso tenso al oír ese tono extraño. El hombre rebuscó en el bolsillo y luego le tendió algo.
—Tómalo. Es un recuerdo de tu padre. Aunque la costumbre dicta que se lo entregue a sus familiares… te lo doy a ti porque él no tiene otros parientes consanguíneos vivos.
Era una daga de poco más de un kevette de largo. Al ver que Riftan no hacía ademán de cogerla, el hombre le agarró la mano con impaciencia y le obligó a aceptarla. A continuación, una vez cumplido su deber, el hombre se alejó marchando.
Riftan corrió tras él.
—¿Qué quieres decir con que esto es un recuerdo de mi padre?
—¿No te lo ha dicho tu madre?
—El hombre frunció el ceño y suspiró
—Tu padre biológico murió hace poco en combate. Esa daga era su favorita.
Riftan frunció el ceño.
—¿Por qué me lo das a mí? Ese hombre no tenía nada que ver con…
—Estoy de acuerdo
Murmuró el desconocido con sequedad
—, pero aquel pícaro nunca formó una familia propia, ni estaba comprometido. Tú eras la única a quien se lo podía dar. Por eso vine aquí… incluso antes de enterarme de la desafortunada noticia.
Negó con la cabeza.
—Te doy mi más sentido pésame.
Tras pronunciar esas palabras como una mera formalidad de despedida, el hombre se alejó apresuradamente del chico abatido.
Riftan soltó una risa desanimada. Por fin, comprendió el motivo de las acciones de su madre. La ira y la sensación de traición comenzaron a bullir en lo más profundo de su estómago.

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